Carlos es un albañil que tiene la suerte de trabajar en blanco para una empresa que construye edificios en la Ciudad de Buenos Aires. Los domingos se levanta temprano para ir a misa y de lunes a sábados madruga para subir al Sarmiento antes de que la estación sea un caos. Hoy tuvo que acompañar a su esposa al doctor y luego se fue a la estación. Al llegar, el andén ya estaba repleto de pasajeros que esperaban el tren que los lleve hasta la ciudad. Al verlo arribar al andén 2 de la estación de Moreno, Carlos se apura para subir y logra sentarse en el último lugar disponible del vagón dispuesto a dormir hasta Plaza Miserere.

Ana María odia viajar hasta la capital en este horario. En realidad, detesta hacerlo en cualquier momento. Si fuera por ella, no saldría del oeste que la vio crecer, pero su hijo Andrés que tiene ocho años, tiene que ir al dentista y su obra social, sólo tiene servicio en la ciudad. Por eso llegan tomados de la mano a la estación Paso del Rey, en donde esperan el tren que se dirige hasta Moreno para aprovechar el momento en que el tren se vacía, para sentarse y viajar cómodos hasta su destino.

La abuela Amelia, una vez por mes viaja hasta Once para recorrerlo y comprar telas para los arreglos de la ropa de sus vecinos de Merlo. También aprovecha el viaje y compra otras telas para hacerle algunas ropitas a sus cinco nietos. Toma el Sarmiento desde hace muchos años y se siente cómoda viajando en él. Ni el deterioro del sistema ferroviario ni el colapso de pasajeros a bordo del tren, logran hacerla desistir de su viaje mensual a la capital. Además, su vejez y el bastón que la acompaña a todas partes le garantizan un asiento por más lleno que venga el tren. Cuando este llega con más pasajeros que los de costumbre, sube con dificultad y aunque en un principio parece que nadie le cederá su lugar, un hombre se levanta y le permite sentarse en el suyo de manera gentil.

Cada mañana, al salir de su casa, Laura se lamenta de no poder llevar a su pequeña hija a la guardería. Ni bien la niñera toca su puerta, ella sale corriendo hasta la estación de Padua para llegar a horario a su trabajo. Las frecuentes demoras del tren, junto con las de la Línea A de subte, hacen que su presentismo este todos los meses en juego. Si bien sus jefes son bastante complacientes con sus llegadas tarde, a Laura no le gusta deberles nada. Sube corriendo al andén, en dónde el tren ya se encuentra detenido y con sus puertas abiertas. Da un salto para lograr subir antes de que se cierren. Cuando el tren arranca, toma la precaución  de poner su cartera delante de ella y espera poder sentarse antes de llegar a Once para así poder maquillarse.

Maldice haberse puesto de novio con una chica de Ituzaingó cada lunes que debe tomar el Sarmiento para ir a trabajar. Aunque hoy es jueves, el feriado del día de ayer hace que parezca el primer día hábil de una corta semana. El miércoles de carnaval viajó desde San Cristóbal hasta la casa de su novia y juntos fueron al corso de Ituzaingó, luego a cenar y finalmente a la casa de ella en dónde tuvieron sexo hasta altas horas de la madrugada. Ahora, con todo su cuerpo pasándole factura por la noche vivida, Andrés se sube al furgón y encuentra un hueco para sentarse en el piso y desvanecerse hasta llegar a Once.

Lo bueno de ir temprano al centro es que cuando vuelva, seguramente el tren no esté tan lleno. Lo malo, es que luego de dejar su auto a dos cuadras de la estación Castelar, tiene que apretarse entre desconocidos en el andén, empujar para subir al tren y viajar parado hasta Plaza Miserere. A pesar de la hora, llegará transpirado por la temperatura que hace dentro del vagón. Tiene decidido caminar desde Once hasta Plaza de Mayo para no tener que viajar (también apretado) en la Línea A. Espera hacer sus trámites rápido y emprender el regreso a casa antes de que “todos” comiencen a volver.

Llena de ilusiones, Ana empuja para subir al tren Sarmiento en la estación Morón. Viaja muy incómoda hasta Plaza Miserere y en más de una ocasión le parece sentir que algún pasajero que tiene que pasar por atrás de ella para subir o bajar, la roza más de lo necesario. Pero hoy nada le importa. Logró coordinar cuatro entrevistas laborales en el mismo día y con algo de suerte conseguirá el primer trabajo relacionado con su título y aunque no necesariamente, sea el trabajo perfecto, será un primer e importante paso en su carrera. Quizás, hasta le brinde los medios para mudarse a CABA y no tener que seguir soportando este interminable viaje.

Atraviesa las cuarenta cuadras que separan su casa de la estación de Haedo en bicicleta. En verano es sencillo, pero durante el invierno, cuando el viento parece cortarle la cara se vuelve mucho más complicado. Sin embargo, lo más difícil es subir al furgón del Sarmiento. Por suerte allí hay códigos y siempre hay lugar para una bici más. Cuando alguien tiene que subir o bajar, todos le hacen lugar y lo ayudan a manipular su rodado. Muy diferente es lo que sucede con los pasajeros que estando a pie, deciden viajar en el furgón: Ellos no son bienvenidos aquí.

Sabe que viajará apretada hasta Once, luego combinará con dos subtes en los cuales también viajará apretada hasta llegar a su trabajo. Allí permanecerá casi toda su jornada laboral de pie y emprenderá el regreso junto con todo el Oeste. Volverá a viajar apretada en los dos subtes y en el tren, hasta llegar a su casa en Ramos Mejía, dónde caminará 10 cuadras hasta su casa y finalmente podrá sentarse a tomar unos mates con su madre.

Es la sexta cita con el obstetra. Si todo va bien, en aproximadamente tres meses, Carolina tendrá a su primer hijo en brazos. El colectivo no es una opción para llegar a capital por el tiempo que demora y porque la descompone su andar. El Sarmiento es más rápido aunque también es mucho más caluroso. Deja pasar tres trenes hasta que llega uno en el que parece haber lugar para ella y su panza. Al subir, varios pasajeros reclaman un asiento para la embarazada y mágicamente, se abre un surco entre ellos para que pueda llegar al asiento que le cedieron. Mirando por la ventanilla y con las manos sobre su panza, viaja hasta Once, dónde la espera el padre de su hijo.

Para subir al Sarmiento en Liniers, no solo hay que luchar contra los que como ella, quieren ascender al tren, sino también con todos los que empujan para bajar. De chica le enseñaron que hay que permitir el descenso para poder subir al vagón, pero en el Sarmiento y a esta hora, no es posible cumplir esa regla. Aquí hay que empujar y permitir ser empujado para lograr subir. Agustina empuja, siente que la empujan de atrás y de adelante hasta que logra llegar a la puerta contraria por la que ascendió, la cual está abierta de par en par. El viento le pega justo en la cara cuando el tren se pone en marcha y le brinda una sensación de libertad que la ayuda a olvidar lo mal que viaja cada día de su vida.

Hay una sencilla razón para que Maxi elija subir al Sarmiento en Villa Luro y no tomar el colectivo: En el tren se puede colar. Aprovechando la confusión y la cantidad de pasajeros, aguarda hasta que los “picaboletos” se distraigan y se trepa desde la vía hacia el andén, mezclándose rápidamente con el resto de los pasajeros. En ocasiones, puede demorar varios minutos encontrar el momento adecuado para saltar, pero hoy no. Ni bien llega, logra subir a la plataforma y colarse en el Sarmiento para llegar a Once.

Podría viajar en su auto o en un taxi desde su casa hasta la oficina, pero toda su vida tomó el Sarmiento y no quiere dejar de hacerlo. Cuando era un simple empleado lo hacía y también ahora que es gerente. De impecable saco y corbata, se apretuja entre los pasajeros del primer vagón luego de haber caminado cinco cuadras hasta la estación Floresta. El viaje es corto, pero lo ayuda a recordar que no siempre fue quien es ahora.

El primer cigarrillo de marihuana lo fuma desde que sale de su casa hasta la Plaza de Flores. Allí, ingresa a la estación y espera el tren que viene desde Moreno y llega a Once. Allí bajará del tren y esperará a sus amigos con quienes fumaran un buen rato hasta que decidan que hacer durante ese día. Sube al furgón del tren, en donde algunos de los que ya vienen viajando también están fumando marihuana. Él aprovecha y enciende otro porro para disfrutar el breve viaje que tiene por delante.

Vanina y Roberto suben al Sarmiento en Caballito. Su recorrido es tan solo de una estación. El valor del boleto y la duración del viaje, justifican viajar apretados durante cinco minutos para llegar a Once de manera rápida y económica. Jamás dejan pasar un tren. Saben que deben empujar para subir y así lo hacen. Cuando el tren se detenga en la siguiente estación, cada uno tomará un subte diferente para llegar a sus trabajos. Por la tarde, nuevamente volverán a encontrarse en la Plaza y tomarán el Sarmiento para volver a su casa.

Todos ellos se preparan para bajar cuando el tren ingresa en la estación de Once. Algunos pretenderán bajar primeros para ser, también los primeros en llegar al subte o a la parada de colectivos. Otros escapan a esa locura de correr para llegar a dónde no desean y esperan a que el tren se detenga antes de comenzar a bajar. Perciben que el tren baja la velocidad, ven pasar el extremo del andén por la ventanilla y notan que algunos pasajeros están esperando que se detenga para subir a él. Finalmente, el tren se detiene, abre sus puertas y todos bajan. Cada uno continúa su camino sin saber todavía que son sobrevivientes. El azar los hizo subir a un tren que los condujo a salvo a su destino. No tienen idea aún, de que el tren que esta por arribar a la estación no se detendrá. Se enterarán por la tele o por el llamado de algún familiar preocupado que un vagón se incrustará dentro de otro dejando atrapadas a decenas de personas.

No saben tampoco, que casi un año después, uno de los maquinistas que condujo el tren de la tragedia será asesinado de cuatro balazos en la espalda y que solo se llevaran su teléfono celular.

Pero  lo que menos se imaginan, es que un año después de la tragedia que todavía no saben qué sucederá, seguirán viajando en el Sarmiento en las mismas condiciones; que los familiares de los 51 muertos por el accidentes seguirán reclamando justicia sin obtener absolutamente ninguna respuesta concreta; ni que ellos, como tantos otros, seguirán siendo sobrevivientes de un tren que no saben si llegará a destino o si logrará detenerse en él.

Día tras día, cientos de personas vuelven a subir al Sarmiento a pesar de saber que podría haberle pasado a ellos lo que le paso a otros. Ellos saben que no se hizo nada para prevenir la tragedia, pero también saben que después de ella nada cambio. Siguen viajando en los mismos trenes, las mismas vías y con los mismos frenos, solo que ahora los trenes circulan más lento para lograr frenar en las estaciones. A todos ellos está dedicado este texto y también a todas las personas que día a día siguen viajando en el deteriorado sistema ferroviario argentino, convirtiéndose cada día en anónimos sobrevivientes de la desidia de quienes deben cuidarnos.

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