Adiós a mi primer y único sueño

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Hoy cumplo sesenta días sin publicar en el blog y lo que es peor es que también cumplo sesenta días sin sentarme a escribir absolutamente nada. Ni siquiera un borrador o un apunte en el anotador que llevo siempre conmigo. Nada.

Esta noche me obligué a golpear las yemas de los dedos contra el teclado hasta lograr darle forma a algún texto, ya que si bien anteriormente he experimentado distintos períodos de tiempo sin escribir, desde que publico en este blog, nunca tuve uno tan extenso. Mi mayor preocupación al dejar de publicar no es abandonar a los cuatro o cinco lectores que me siguen, sino perder el hábito de la escritura. El placer de comenzar a trabajar sobre una idea y de ver cómo, palabra a palabra, ésta se va convirtiendo en algo que ni siquiera yo sabía que tenía adentro. No sería justo que esa costumbre, esa habilidad adquirida y mejorada durante años de publicar en el blog, fuera olvidada de un día para el otro.

Además de disfrutar mientras lo hago, escribir, para mí, es una necesidad. Es bien sabido por algunos pocos, que casi nadie me lee y a esta altura de mi vida he aprendido a aceptar que es muy probable que nunca jamás nadie lo haga. Soy capaz de admitir que la falta de éxito en mi “carrera de escritor” no se deba a la mala suerte por no ser descubierto cuando era joven, o a que las grandes editoriales estén demasiado ocupadas con los escritores comerciales como para detenerse a observar a “outsiders” como yo, ni siquiera a mi constante tendencia de ser inconstante y de abandonar cualquier esfuerzo por alcanzar el éxito. Estoy preparado para aceptar que la verdadera razón por la que no logré consagrarme como escritor es porque nací absolutamente carente de talento y porque no hago más que escribir puras mierdas que ni siquiera mi familia lee.

Sin embargo, no puedo dejar de escribir.

Me importa muy poco que nadie me lea. Está claro que adoraría que mis textos fueran leídos y compartidos en todas las redes sociales y que al pie de ellos se leyeran decenas de comentarios, tanto a favor como en contra. Sin embargo, no es ese deseo lo que me motiva a escribir. Lo que realmente me hace desear escribir cada día de mi vida es lo bien que me siento mientras lo estoy haciendo. Escribir es, quizás, la única manera que encuentro para sentirme bien conmigo mismo y sin importar como me sienta en el momento en que comienzo a escribir, sé, con toda seguridad, que al terminar de hacerlo me sentiré mejor.

Fue por eso que sentí miedo cuando observé la fecha de mi última publicación. Busqué, y después de hacerlo, no logre encontrar ningún borrador abandonado desde esa fecha hasta ahora. Ningún texto a medio escribir en la aplicación de WordPress; ningún bloc de notas guardado sin título en el escritorio de mi computadora; ningún manuscrito en mi cuaderno Rivadavia y ningún apunte en el anotador que hace rato no viene conmigo a ningún lado. Nada. El vacío. Ninguna idea en mi mente durante sesenta días y sobre todo, cero ganas de ponerme a escribir.

¿A qué viene esto? ¿Por qué dejé de escribir? ¿Por qué no sentí la necesidad de hacerlo? ¿Por qué tuve miedo de que ese texto fuera mi último texto publicado en este blog?

He dicho en uno de los párrafos anteriores que escribo para sentirme bien. Para sentirme mejor. Lo que no he dicho es que los mejores textos que he escrito, esos que a los pocos lectores que me siguen más les han gustado, los más compartidos y los que mejores comentarios tienen, son aquellos escritos durante los momentos en que peor me he sentido. Esos momentos de mierda en que la vida se me viene encima, en los que parece que nada puede empeorar y en los que no logro observar una salida adecuada para ningún problema, son los que despiertan mis mejores impulsos creativos. He logrado extraer las mejores palabras de los sentimientos más oscuros que he sentido y los textos que dichas palabras construyeron, son los que me han ayudado a sentirme mejor y a dejar atrás esas horribles situaciones.

He escrito con odio, con bronca, con depresión y siempre he logrado sacar algo bueno. No necesariamente bueno para los lectores, quienes quizás hayan escapado horrorizados al leer las violentas palabras que contienen muchos de mis textos, pero sí para mí al lograr salir fortalecido en cada ocasión en la que me he sentado a escribir con dolor. Cada uno de esos textos pertenece a una crisis, a un difícil momento que me ha tocado atravesar y al que he logrado sobrevivir gracias a mi pasión por la escritura. Entonces, ¿Por qué he abandonado a mis pocos lectores durante tantos días? ¿Por qué he dejado de ejercitar este hábito que me ayuda a sentirme bien conmigo mismo? Y, fundamentalmente, ¿Por qué he traicionado y olvidado el único sueño importante que he tenido en mi vida?

Tengo una sola respuesta para todos estos interrogantes: porque jamás en mi vida me he sentido tan bien como ahora.

Durante el último mes, mi vida ha sufrido un vuelco que ha puesto todo de cabeza. Me gustaría decir que recé para que algo así pasara, o que lo atraje inconscientemente, o que algún alma caritativa se apiado de mí, pero no lo sé. Lo cierto es que mi vida – y la de los míos – ha experimentado considerables cambios que nos ayudan a vivir de manera más sencilla, a sentirnos mejor con nosotros mismos y a vivir en una armonía mayor a la que considerábamos posible. La vida me sonríe de una vez por todas y como consecuencia, no puedo escribir.

Es un alivio que ninguna idea nazca en mi cabeza porque si apareciera alguna, me vería obligado a dejar de hacer alguna de mis placenteras actividades para volver a enfrentarme a este viejo teclado. No me quedaría otra que pelear contra esa idea hasta convertirla en un puñado de palabras que conformaran la primer oración. Luego tendría que juntar a esta oración junto a otras para desarrollar un párrafo que le diera consistencia a un texto que, con mucho esfuerzo terminaría de escribir, para luego corregir y finalmente publicar. Todo eso me quitaría tiempo, me demandaría demasiado esfuerzo y, como les conté antes, mi vida ahora es tranquila y llena de felicidad, por lo que nada que me cueste mucho trabajo tiene lugar en ella.

Es probable que, como consecuencia de este dramático pero feliz cambio en mi vida, mi carrera de escritor se haya truncado antes de comenzar. Es cierto que estoy experimentando una especie de duelo por la vocación abandonada y por este antiguo sueño truncado, pero mi tranquilidad y el bienestar de mi familia son más importantes que aquel antiguo capricho adolescente. Al menos, he logrado sacarme la duda y confirmar que ese texto del cual hablé en el primer párrafo de este artículo, no ha sido el último, aunque quizás éste si lo sea. Si es así, si ya no vuelvo a escribir en este blog y finalmente se pierde entre los miles y miles de otros escritores fracasados quienes, como yo, desperdician horas de su vida escribiendo textos que nadie leerá; si algún día dejo de pagar el hosting o me olvido de renovar el dominio y no quedan registros de que alguna vez en mi vida intenté ser escritor y de que unos pocos lectores, con los que me encuentro sumamente agradecido, me leyeron, si esto sucede, espero que sea porque finalmente y contra todo pronóstico, haya logrado alcanzar la felicidad. Aunque lo más probable es que dentro de algunas semanas, haciendo uso del único talento innato que aún conservo y que he llegado potenciar hasta la perfección, logre autosabotearme, arruinar parte de la felicidad alcanzada y volver a transformar mi vida y la de los míos en el infierno al que ya los tengo acostumbrados.

Entonces, volveré a escribir en este y en mis otros blogs y será tan grande mi frustración, tanta mi ira para conmigo y con el mundo entero, que canalizaré toda mi furia contra el teclado, haciendo saltar las teclas al son de mi violento tipeo, omitiendo la faltas de ortografía y despreocupándome del espaciado ideal entre párrafo y párrafo. Escribiré, entonces, el mejor texto de mi vida. El definitivo. Ese que las madres se mandarán por mail, que los nietos le imprimirán a sus abuelas, que los Youtubers plagiaran poniéndole su voz y sin citar la fuente, el que grandes escritores leerán pero jamás compartirán para no darle crédito a un amateur y el que Beto Casella robará impunemente y publicará como suyo en su propio blog.

Cuando eso pase, habré alcanzado el éxito, aunque probablemente mi familia ya no me hable, mi esposa me haya dejado y mis hijos se hayan cambiado el apellido, avergonzados por un padre que cuenta, gratuitamente, intimidades en un blog.

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