Ahí lo tenés al pibe ese…

Messi

Parece que fuera algo normal, pero a esta altura del mundial de Corea-Japón 2002, habíamos quedado eliminados en primera ronda. En cambio, ahora, jugando mal pero ganando tres de tres, ya estamos clasificados para los octavos de final y para todos los que madrugamos aquella mañana del partido contra Suecia, este logro es muy importante.

Minutos después de finalizado el partido contra Nigeria, la mejor pregunta de la conferencia de prensa que dio Sabella fue la que hizo el autodefinido “comunicador” de La Garganta Poderosa. A pesar de la andanada de críticas que la pregunta generó en Twitter, a mi me pareció romántica, bastante original y con posibilidades de romper con la habitual monotonía de las conferencias de prensa, en las que los mismos periodistas que cuestionan el cassette que los futbolistas usan para responder, siempre realizan las mismas preguntas. La pregunta que le hicieron al director técnico de la selección nacional fue “¿Por qué quiere salir campeóndel mundo?”. La respuesta debería ser sencilla ya que un deportista compite para ganar, pero yo esperaba una respuesta un poco más creativa por parte del entrevistado, el cual por el contrario,  se limitó a responder utilizando una mezcla de respuestas sin sentido que posiblemente hayan sido cargadas en su subconsciente durante la noche anterior. Lo peor fue que la desacartonada pregunta, incentivó a otros periodistas a romper el molde a punto tal de que uno de ellos, llegó a preguntarle a Messi, si se sentía de otro planeta. ¡Como hubiera disfrutado si el diez hubiera respondido —Si, me siento de Venus!

Más allá de las preguntas interplanetarias y de sus correspondientes respuestas terrenales, me imagino que el deseo de ganar está incorporado en el deportista desde pequeño. El deportista de alta competencia quiere ganar en cualquier juego y son aquellos que tienen mayor ambición ganadora, los que logran convertirse en atletas de Elite, a los cuales ni siquiera el dinero puede hacerles apaciguar su hambre de gloria. Otros, quizás con otras ambiciones, se dan por satisfechos mucho antes de alcanzar la cima y se retiran a competir a países árabes u orientales en donde faltan pelotas pero sobran los dólares.

Pero algunas personalidades del deporte parecen no tener limites en su obsesión por ganar. El caso de Manu Ginobili es uno de los más claros ejemplos: cuatro veces campeón de la NBA y entre otros títulos, medalla dorada y campeón mundial con la selección argentina de básquet, que decide resignar vacaciones para competir una vez más, junto a sus amigos de la juventud, en un nuevo campeonato mundial.

Otro ejemplo es Lionel Messi: múltiple campeón con el Barcelona, medalla de oro en los juegos olímpicos y varias veces ganador del Balón de Oro. Messi deja claro que no tiene nada que demostrarle a nadie y que con la cantidad de euros que debe tener guardados debajo del colchón, podría comprarse las mejores orejeras del mundo y de esa manera ignorar la lluvia de críticas que acostumbraba recibir desde Argentina, a pesar de haber elegido jugar para nuestro país aquel día en que le dijo que si a la convocatoria de José Pekerman para la selección juvenil con la que —por supuesto— también salió campeón. Podría haber jugado para España, el país que lo cobijó cuando era un pequeño pequeño (sustantivo y adjetivo), que le dio todo y que jamás lo cuestionó u de haber optado por competir para la madre patria, sería campeón desde el mundial de Sudáfrica y quizás hoy, España aún estaría en carrera.

Pero Messi quiso competir para Argentina y se debe haber arrepentido de eso, miles de veces hasta el día de hoy. Demoró años en conseguir que todo un estadio lo ovacione, demoró años para que el periodismo no lo cuestione y que los directores técnicos y compañeros asuman que si cuentan con el mejor del mundo en sus filas, deberán derribar todos los paradigmas conocidos y jugar para él. Solo para él.

Messi llegó a este mundial sin cuestionamientos, rodeado de sus amigos y con un hijo por detrás. Nos dimos el lujo de dejar afuera del equipo a Tevez, para que Messi por primera vez, se sienta cómodo en la selección de su país. Para que se sienta amo y señor del equipo, incluso más que el propio director técnico. ¿Y cómo responde Messi? Siendo amo y señor. Responde con goles, siendo líder y figura del equipo. Responde apagando los incendios cuando parece que todo está perdido.

Messi está dispuesto a romper cualquier número o estadística que pueda hacerle un poco de sombra. Desde Francia 98 que ningún jugador argentino con el número diez en la espalda metía un gol. Messi ya metió cuatro. Desde España 82 que la selección argentina no metía un gol de tiro libre. Messi le metió un golazo maradoniano de pelota parada al mismo arquero nigeriano que en el mundial pasado, se las había atajado todas.

En Sudáfrica 2010 Messi fue uno de los futbolistas que más veces pateó al arco, pero no metió ningún gol. En este lleva cuatro goles, en tres partidos. Se lo ve tranquilo, seguro, contento. Cuando el equipo juega bien Messi disfruta y cuando Messi disfruta, los rivales tiemblan porque en cuestión de segundos Messi puede hacer posible lo imposible y definir o dar vuelta un partido. Lo sufrió Sabella con estudiantes en Japón.

 

Messi es un millonario que ganó todo lo que podía ganar, menos está copa que lo obsesiona y que se le viene negando desde hace tres mundiales. La pregunta de La Garganta Poderosa, como bien explicó uno de los twits que la cuestionaba por simplona, es fácil de responder: “Quiero salir campeón porque es mucho mejor salir primero que segundo”.

Que hermosa respuesta hubiera sido.

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