Demasiados años llevaba el mundo envuelto en esa guerra. Tantos, que las personas ya no recordaban como era vivir en tiempos de paz. Varias generaciones habían nacido desde su inicio y casi no quedaban personas que supieran lo que era vivir sin pensar en ella todo el tiempo. Desde pequeños, niños y niñas, recibían instrucción militar en la escuela y una vez que terminaban la educación secundaria, eran obligados a servir durante diez años en el campo de batalla. Al volver, si es que lograban hacerlo, recibían una autorización para continuar con sus vidas normalmente. Muchos no regresaban y los pocos que lo hacían, sufrían serias dificultades físicas y psicológicas. Pero había un grupo, que a pesar de haber cumplido los diez años de servicio obligatorio en las fuerzas armadas, preferían quedarse en el ejército junto a las personas que durante esa década, habían constituido su única familia.

El viejo suponía que ese había sido el destino de su hijo. 25 años habían pasado desde que lo vio partir y nunca más tuvo noticias sobre él. Cada dos días caminaba hasta el ayuntamiento, esperando encontrarse con alguna novedad, pero nunca nadie sabia nada. Cada noche, su esposa, preparaba tres platos de comida y mientras ellos dos cenaban en silencio, el tercer plato se enfriaba sin que nadie lo tocara. Esperaban que, algún día, su hijo cruzara la puerta y pudiera sentarse directamente a compartir la mesa con ellos. Y fue después de cocinar, y antes de comer, que la señora pensó en su hijo por última vez y murió.

El viejo quedó solo y durante meses se dedicó a llorar a su esposa y a esperar el regreso de su hijo. Desde la puerta de su casa, vio acercarse a un amigo de este, que regresaba de la guerra con una enfermedad mortal, para pasar sus últimos días con su familia. Lo abrazó y lloró durante horas, sintiendo que al hacerlo, estaba abrazando al hijo que tanto extrañaba. El hombre le contó que su hijo no había muerto en batalla, pero que hacía diez años que nadie sabía su paradero. Había desaparecido mientras escapaban de un ataque sorpresa y se creía que podría haber sido capturado por el enemigo. Se despidieron y el viejo le deseó una buena vida. Su esposa muerta y una tristeza demasiado grande como para soportarla durante el resto de su vida, lo hicieron tomar la decisión de alistarse él también en el ejército.

El primer año fue el más duro. Recibió un disparo en la pierna, pero se recuperó rápidamente; se contagió una enfermedad, pero no aceptó regresar a su hogar y cuando se curó, volvió al campo de batalla: pero lo peor, fue ver morir a niños que tenían la misma edad de su hijo la última vez que lo había visto. Hacía todo lo posible por salvarlos, pero muchas veces no lo lograba. Durante el segundo año, cuando ya se había convertido en un verdadero soldado y comenzaba a sentir que sus compañeros eran su familia, recibió un disparo en el pecho y cayó, casi inconsciente, al río. Nadie lo vio, o se hicieron los que no lo vieron. Flotó en el río sin poder moverse, usando las pocas fuerzas que le quedaban para no sumergirse. Escuchó los disparos sonando cada vez mas lejos y notó la tranquilidad del agua. Sintió que de a poco, la guerra se iba alejando tanto, como jamas había estado y sintió paz. Luego de muchos años, creyó ser feliz flotando de espaldas en el río. Sonrió y consideró que si iba a morir, era ese un buen lugar y momento para hacerlo. Luego se desvaneció.

Tardó en descubrir que su plan se había frustrado. Estaba vivo, recostado sobre la tierra, sintiendo unas manos que trabajaban sobre su herida. Con rudimentarios elementos le extrajeron la bala, luego le aplicaron ungüentos para que cicatrizara la herida . Intentaban bajarle la fiebre aplicándole paños húmedos y le acariciaban la frente pidiéndole que aguantara, le aseguraban que todo estaría bien. La temperatura lo hacia alucinar. Soñaba con su esposa y la voz de su hijo le hablaba todo el tiempo. Se sentía tan bien al escucharlo que deseaba no despertar.

Pero un día despertó. Se sentó lentamente y tocó su herida. Estaba cicatrizando, pero aún le dolía. La persona que lo había salvado estaba a su lado y le habló. Lo escuchó claramente, pero no dio crédito a sus oídos. Creyó haber enloquecido, o quizás estar muerto. Pero no, la persona le hablo de nuevo y ya no tuvo dudas. Se emocionó, sintió que se moría de alegría y finalmente, dejó de perder el tiempo y lo abrazó. “Te extrañe”, “Yo también”, le respondió su hijo.

La isla era chiquita. Estaba completamente deshabitada y repleta de vegetación. Allí se reencontraron padre e hijo, cuando ninguno de los dos creía que sería posible hacerlo. Durante las primeras horas casi no se hablaron. El viejo estaba muy débil y dosificaba sus energías para asegurarse de no morir. La vida nunca había tenido tanto sentido como en ese momento. El hijo, recolectaba alimentos y se los traía para asegurarse de que su padre sanara. Ambos se miraban, no podían creer volver a estar juntos, pero lo que mas les costaba asimilar, era el paso del tiempo que en sus rostros, se hacía evidente. El hijo, ahora era un hombre mayor. De pelo canoso y largo, barbudo y como consecuencia de haber pasado tantos años bajo el sol. El viejo, en cambio, ya casi no tenía cabello y los años de tristeza que había atravesado, lo habían avejentado aún más. Cuando se sintió bien, se pusieron al día: el viejo le narró todo lo que había pasado en su ciudad desde que él se había ido. Le contó de los vecinos que también habían marchado a la guerra y de la muerte de su madre. El hijo, aprovecho para contarle a su padre todo lo vivido durante esos años: Lo duro de la guerra, perder amigos, estar lejos de su familia y como había logrado sobrevivir a ese ataque sorpresa, arrojándose al río y nadando hasta esa pequeña isla, en donde espero a que vinieran a rescatarlo. Nunca nadie vino y cuando se convenció de que jamas vendrían por él, dudó si nadar hasta el continente o no, ya que si lo hacía, volvería a involucrarse en la guerra. Así que se decidió por quedarse allí, en soledad. Dijo que cada noche, rezaba mirando a las estrellas para que Dios, encontrara la forma de reunirlo nuevamente con su familia y que aunque este se había tomado su tiempo, finalmente había cumplido. Ambos lloraron con la historia.

Así pasaron los años siguientes. Solos, los dos. Comiendo lo que los arboles les daban y durmiendo en improvisados refugios. En ocasiones, eran sorprendidos por alguna lluvia y debían correr hasta las cuevas, en donde permanecían hasta que el sol volvía a salir. Por la noche, se sentaban frente al río en silencio, debajo de un enorme cielo estrellado y veían, al otro lado del río, el resplandor de los disparos de una lejana guerra que aunque siempre los tuvo como protagonistas, nunca sintieron como propia. Desde allí, escuchaban los gritos de los soldados y las ráfagas de las ametralladoras que quebraban el silencio de una noche que debía ser tranquila. Ambos eran felices de no ser ellos, los que combatían al otro lado del río.

Varios años pasaron hasta que un día el viejo se despertó escuchando la voz de su hijo llamándolo. Con mucha dificultad se levantó y caminó hacia la costa. Había envejecido y le costaba caminar descalzo sobre las piedras. Al borde del río, mirando hacia el otro lado, lo esperaba su hijo. Cuando vio venir a su padre, caminando lento, con todo el peso de los años sobre sus espaldas, se enterneció. Era un placer para él, haberlo acompañado mientras envejecía. Pasó un brazo sobre sus hombros y juntos, observaron hacia el río. Ninguno dijo nada. Se limitaron a ver lo que pasaba en el agua y a sentirse, uno al lado del otro.

Así, vieron durante horas a los botes de los soldados partiendo desde la orilla contraria, hacia allí. Vieron a los soldados remar hacia la costa en donde ellos estaban. Ninguno habló, pero ambos se entristecieron al ver que la guerra nuevamente se acercaba a ellos. A esa distancia, era imposible saber si eran soldados amigos o enemigos, pero no les importaba. Si eran del bando contrario, seguramente los matarían ni bien los vieran. Si eran de su propio bando, los reclutarían nuevamente y les darían un arma para matar a los enemigos; sin entender, sin importarles, sin comprender, que si alguna vez esa guerra había sido de ellos, ya no lo era.

Padre e hijo observaron con resignación a los soldados acercarse a la costa y antes de ser vistos, se refugiaron en una de las cuevas. Desde allí, juntos, esperaron narrándose viejas anécdotas. Recordaban algunos de los pocos momentos que pudieron compartir cuando el hijo era chico y el padre joven. Hablaron de la madre y esposa que ambos habían perdido y se sintieron felices, una vez mas, de haber vuelto a verse las caras, a tocarse y a escuchar esas voces que creían olvidadas. Y así, felices y juntos, esperaron el día en que esa guerra que no era suya, finalmente volviera a alcanzarlos.

 

al otro lado del rio

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