Extraños seres descendieron del cielo en forma de luminosos rayos de luz. No se oyeron truenos, ni hubo advertencias previas.

El sol, en medio de un cielo sin nubes, brillaba de manera poco habitual para esa época del año. El mundo entero parecía funcionar con normalidad: las calles y avenidas estaban colapsadas de autos; las veredas repletas de personas yendo y viniendo; los niños estudiando en las escuelas y los adultos en sus correspondientes trabajos. Ninguno de ellos esperaba que algo sucediera. De hecho, nadie creía necesario que algo pasara y sin embargo, algo pasó.

Sin anuncio previo. Sin advertencia alguna que los pusiera sobre aviso, todos notaron cuando un pequeño punto de luz comenzó a crecer en medio del cielo hasta brillar (suponiendo que esto fuera posible) más fuerte que el propio sol. Las personas que andaban por la ciudad, dejaron de hacer lo que estaban haciendo para observar hacia arriba. Tanto los ricos como los pobres, se detuvieron y observaron con curiosidad esa luz que desde el cielo llamaba su atención. El diminuto punto blanco brillaba tanto que ni siquiera podía ser observado con lentes de sol. Su luz era lo suficientemente intensa como para traspasar los parpados de aquellos que, como acto reflejo, no podían evitar cerrar los ojos.

De manera casi imperceptible, el diminuto punto de luz creció lo suficiente como para formar una circunferencia mayor (suponiendo que esto fuera posible) a  la del propio sol  y luego, como si respondiera a una indicación, se dividió en miles de pequeños puntos que simularon una constelación de estrellas a plena luz del día.

Los de reflejos más veloces (y que contaban con la tecnología adecuada) enfocaron sus cámaras, teléfonos y tabletas hacia el cielo, intentando obtener alguna imagen del extraño evento que estaban presenciando. Lo mismo hicieron los móviles de televisión que circulaban por las calles de la ciudad en busca de alguna primicia matutina. Sin embargo, debido a la intensa luz que irradiaban las “estrellas”, ningún dispositivo logró retratarlas.

No se oyeron truenos. No hubo ninguna señal que lo anunciara, pero como respondiendo a la orden de un ser superior, cada uno de los puntos que iluminaba el cielo, comenzó a descender hacia la Tierra dejando una hermosa estela blanca por detrás. La lluvia de luces alumbró el día, encegueciendo la vista de aquellos que la observaban. Algunos, los más creyentes (quizás los menos), corrieron a refugiarse en las iglesias más cercanas.

A pesar del impedimento para compartir alguna imagen de lo que estaba pasando, tanto las redes sociales como los medios de comunicación, transmitían al instante y con lujo de detalles, el acontecimiento. Ningún auto avanzaba pero no se escuchaban bocinas. Los automovilistas y los peatones que aún no habían entrado en pánico, no se perdían detalle de lo que estaba sucediendo en el cielo. Las únicas personas que caminaban eran aquellas que salían de su casa y de sus trabajos para ver, con sus propios ojos, aquello que la televisión no podía mostrarles.

El brillo de las luces se intensificaba aún más segundos antes de que éstas hicieran contacto con el suelo, obligando a los testigos a protegerse los ojos con los antebrazos. Para cuando los hombres y las mujeres que observaban la lluvia de luces lograron tomar consciencia de lo que estaba sucediendo, éstas ya no estaban en el cielo sino a su alrededor.

Con mucho esfuerzo, Ana María salió de su casa para ver aquello que había estado escuchando por radio. Bajó el último de los tres escalones que la separaban de la vereda justo en el momento en que una de las luces hizo contacto con el asfalto. Sin dudarlo, avanzó lentamente hacia el medio de la calle, ante la atenta mirada de sus vecinos que parecían esperar a que alguien tomara la iniciativa de averiguar si lo que estaba pasando, era un milagro o una maldición.

Al llegar frente a la resplandeciente luz que, sin tomar forma alguna, flotaba a pocos centímetros del piso, no logró contener el impulso de hacer contacto con ella. Estiró su brazo con delicadeza y logró tocarla con la punta de los dedos. Al hacerlo, sintió una especie de calor que  en lugar de quemarla, le provocó placer. Percibió una enorme bondad ingresando en ella a través de su mano y un bienestar expandiéndose hacia cada una de sus células. Luego, observó con sorpresa que la luz se fundía con ella, recorría todo su cuerpo y formaba parte de su mismo ser.

Despertó sobresaltada, tomándose el abdomen con ambas manos y con la sensación de que el sueño había sido real. Notó que su panza estaba más dura que de costumbre y supo que había llegado el momento. Del ropero, tomó el bolso que llevaba meses preparado esperando ese día y salió en busca de su marido quien, despreocupado, cortaba el césped del jardín. De su brazo, bajó los tres escalones que la separaban de la vereda y con dificultad, caminó hacia el auto ante la atenta mirada de sus vecinos. Antes de subirse, miró hacia el cielo para ver al sol intentando brillar entre las nubes.

Desde el asiento trasero, Ana María intentó relajarse y tomar el tiempo que pasaba entre una contracción y la siguiente. Antes de llegar al sanatorio, le habló a su marido sobre el sueño y le describió las hermosas sensaciones que había experimentado . Le confesó que había decidido cambiar el nombre que ambos tenían elegido para su primer hija.

—¿Qué nombre?— preguntó él, sorprendido.

—Ángeles— respondió ella. —Me gustaría que se llamara Ángeles.

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