Antiguo club de barrio

No va demasiado seguido. No es ningún adicto. En realidad, va porque le queda de paso. Cada vez que tiene que ir hacia esa zona, aprovecha para darse una vuelta por el lugar. Además, le sirve para tener una motivación extra y obligarse a ir, al menos, una vez por semana. Siempre sigue la misma rutina: estaciona su auto en la esquina, camina una cuadra y, al entrar, saluda al recepcionista.

El lugar está casi escondido. Es un local a la calle. De esos en los que parece que viviera alguna familia porque las cortinas están siempre bajas o porque los vidrios están pintados de colores oscuros que no permiten ver hacia adentro, aunque también existen casos en los que, quienes allí viven, no tienen problemas en vivir su vida a la vista de todos, mientras ellos puedan seguir mirando hacia afuera.

En este caso, la vidriera y sus marcos están pintados de rojo oscuro, lo que permite translucir hacia afuera una leve luminosidad colorada que atrae la atención de algunos transeúntes. Pero solo de algunos, no de todos.

Es un viejo local en donde alguna vez funcionó un club de barrio al que los hombres iban a tomar Gancia y a jugar al truco o a las bochas. Tiene una entrada amplia que está vigilada, desde adentro, por un recepcionista y desde afuera, por un viejo perro callejero que siempre está echado dificultando el acceso al local.

El perro siempre está igual. No le importa que lo quieran acariciar o que le hablen con la misma voz de idiotas con la que le hablan a los recién nacidos. Él nunca levanta la cabeza para mirar a nadie. El hombre mira al perro antes de entrar y una vez que cruza la puerta, saluda al recepcionista como si lo conociera de toda la vida. El local continúa en un pasillo repleto de mesas y sillas negras protegidas por manteles rojos y decoradas con servilleteros que quedaron del viejo club. A pesar de la prohibición de fumar, sobre ellas, hay ceniceros con la marca de una cerveza nacional.

Al fondo del pasillo, sobre una especie de barra de boliche en donde seguramente debe haber funcionado algún buffet, un hombre de gran porte, barbudo y con cara de malo, aguarda la llegada de los clientes. Las repisas a su espalda están repletas de bebidas alcohólicas. Se limita a saludar con un gesto al, hasta ese momento, único cliente de la noche, quien luego de mirar al perro y saludar al recepcionista, se sienta en la mesa más cercana a la barra. El hombre de la barba, sin consultar, toma una botella, prepara un whiskey doble con hielo y se lo lleva hasta la mesa.

Al recién llegado le gusta saber que todos ahí conocen sus gustos. Toma el vaso y le da un delicado sorbo a su bebida. Sabe que es probable que tenga que esperar y no le importa porque no está apurado. Acomodó sus horarios durante toda la semana para no tener que hacer nada durante esta tarde. Se escucha una puerta que se abre y desde atrás del barbudo, aparece Gladis.

Gladis sonríe y se acerca lentamente a él. Esta vestida con prendas tres o cuatro talles menos de los que debería usar. Sus curvas se acentúan, pero también su sobrepeso. Su figura no es la ideal, pero camina con la elegancia de una mujer que sabe seducir con su cuerpo. A él, le gusta cómo se viste y su forma de hablarle. Lo trata de bebe, de lindo y de dulce, recordándole la forma en que su madre lo trataba cuando era un niño.

Mientras el barbudo le sirve a Gladis el mismo trago, ambos mantienen una conversación bastante irrelevante: Ella le dice que lo extrañó y que estaba esperando a que viniera. Él sabe que es mentira pero no le importa. Sonríe. Le responde que está más linda que la última vez y le pregunta si está usando lentes de contacto. Cuando los vasos quedan vacios, pasan por el costado de la barra y caminan por un largo pasillo hacia la parte de atrás del local. Ella entra en una habitación ubicada exactamente en la mitad mientras él, sigue caminando hasta el baño.

En la habitación, Gladis se desviste parcialmente porque sabe que a él le gusta verla en ropa interior. Cuando lo ve entrar, le pide mediante señas que se acerque a ella. Le desabrocha el cinturón y comienza a jugar con su sexo.

Veinte minutos después, sale de la habitación, cruza la barra y saluda al barbudo con el mismo gesto que cuando entró. Se despide del recepcionista y vuelve a mirar al perro que, como siempre, permanece inmóvil acostado sobre la vereda. Camina cincuenta metros hacia una casa antigua ubicada en la misma cuadra. Toca el timbre y aguarda la señal sonora que le indique que la puerta se puede abrir. Cruza un largo y antiguo pasillo en el que una recepcionista lo recibe con un beso y le pregunta como esta. Luego, le da la información de la semana y le dice que lo están esperando.

Esas palabras siempre le provocan un nudo en la garganta. Saluda a las personas que se cruza en el camino y entra en una habitación igual a todas las demás. De espaldas a la puerta, de frente a la ventana, una anciana permanece sentada sin percatarse de su presencia. Se acerca sigilosamente a ella y le besa la cabeza sin que ella parezca notarlo. Luego, con los ojos vidriosos, se sienta a su lado, saca un libro del bolsillo y como cada semana, comienza a leer.

 

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