La primera vez que mi nombre salió publicado en un libro, fue cuando iba a la escuela primaria y las maestras del gabinete psicopedagógico (sitio en donde yo pasaba bastante tiempo) publicaron uno. El argumento del mismo no lo recuerdo bien pero estaba relacionado al juego y a lo que este representaba para los niños. Reuniendo diferentes testimonios, intercalaban algunas observaciones, supongo que muy profundas de ellas, con las limitadas opiniones de los entrevistados, entre los cuales me encontraba yo.

“A mí me gusta jugar porque es como ser el director de una película”, dije cuando fui consultado y de esa manera, quedó inmortalizado en una de las páginas del libro.

Esa misma razón, es la que me lleva hoy en día, a intentar pasar la mayor cantidad de mi tiempo libre escribiendo.

Disfruto de manipular a mi antojo los acontecimientos de las historias, elegir quien vive, quien muere o quien será el héroe en ellas. Plantear una situación real y ficcionarla o simular que una historia inventada, en verdad sucedió.

Escribir mis propias historias también me permite conocer las motivaciones que llevan a los personajes a actuar de tal o cual forma y hasta puedo saber qué pasará con ellos después del final.

Hasta cierto punto, cumplo a la perfección esa norma que dice que un escritor, escribe para sí mismo, pero solamente hasta que decido abrir mis cuadernos para que lo lea algún familiar, un amigo o cualquier otra persona.

Abrir el cuaderno puede ser tan solo pasarle una hoja manuscrita a un conocido, imprimirlo en papel A4 para aparentar mayor seriedad o publicar los textos en un blog como este, para que cualquiera pueda toparse con ellos de casualidad. Sea en la forma que sea, una vez que el texto es leído por alguien más, deja de pertenecerle al autor para convertirse en una parte más del lector y es él, quien se involucra o no, con la historia, crea empatía o no, con los personajes y disfruta o no, del sorpresivo final.

Es imposible, para el autor, adivinar la variedad de reacciones que un solo texto puede producir, pero estoy seguro que no debe haber dos iguales. Es por eso que escribo, corrijo y público en este blog con la intención de ser leído, cada vez por mas personas aunque se, que con este “estilo” de escritura, estoy dejando afuera a un rango de lectores muy importante para mí.

Entre las múltiples limitaciones con las que me encuentro a la hora de escribir y publicar un texto (además de la feroz miopía de mi ojo izquierdo y esa infinita cuestión con los acentos), hay una que se destaca y es que mis textos, no son aptos para todo público.

Si estás leyendo esto, habrás notado en los artículos publicados, una leve tendencia a los baños de sangre, las muertes violentamente inesperadas y los serios problemas psicológicos de los protagonistas. He de confesar que no me gustaría que mis hijos leyeran mis textos por lo que no me preocupa que otros lectores tampoco lo permitan. Sin embargo, considero esto como una limitación.

Como todo padre, creo que la lectura es un habito saludable y digno de desarrollar en los niños y no poder compartir un texto de mi autoría con mis hijos, no me agrada demasiado. Pero la verdad es que ni siquiera cuando era chico, escribía para niños.

Es por esto que aprovechando estas vacaciones de invierno, intentare terminar de escribir un muy corto cuento infantil y juvenil (cuyo primer capítulo ya fue publicado en este blog), manteniendo dos premisas fundamentales:

1- Seguir escribiendo para mí mismo, sin modificar “mi estilo” y comprometiéndome con ser yo, el primero (y quizás el único) al que le guste el texto.

2- Escribir con plena consciencia de que las palabras que fluyan de mis dedos (a diferencia de otras) serán leídas, ese mismo día por mi hijo mayor.

Una enorme responsabilidad, que seguramente traiga consigo una gran satisfacción.

El primer capítulo del cuento puede leerse desde aquí y durante algunas noches consecutivas, iré agregando los siguientes; y lo invito a usted señor lector, en caso de que tenga hijos mayores de ocho años, a tomar el riesgo de recomendárselo a él, o quizás de leerlo juntos.

Me comprometo con usted a que no encontrara en esos párrafos, nada desagradable. Aunque quizás incluya en él, algo de sangre. Pero solo un poco y recién al final de la historia.

Leer el primer capítulo del cuento