Luego de ocho horas juntos, mi cuerpo, la almohada, el colchón y las sabanas constituyen una sola figura que difícilmente alguien pueda distinguir por separado. El tiempo que llevo durmiendo me resulta insuficiente. Lo comprendo en el mismo momento en que el sonido del despertador comienza a entrar por mis oídos y me obliga a girar hacia uno y otro lado de la cama como si al hacerlo, pudiera liberarme de él.

El sonido es agudo, molesto y constante. Algunos amigos se despiertan con modernos radiorelojes o con agradables canciones saliendo desde su celular. Yo sigo eligiendo a mi viejo despertador. Chiquito y cuadrado. El mismo que durante los noventa se vendía en cada mesita ambulante y que al pasar a su lado y escucharlo sonar, producía en la mente la molesta sensación de estar despertando nuevamente. El reloj se activa desde una pequeña pestaña a un costado que al ser deslizada hacia arriba, levanta a su vez una parte de plástico que permite apagarlo de manera sencilla. Un mecanismo fácil y efectivo, aunque la hora deseada no puede elegirse con exactitud ya que se hace desde una cuarta aguja que debe regularse a ojo.

No hay chances de que la alarma se repita a los diez minutos. O tengo que dejarlo sonar mientras intento dormitar un poco más, o apagarlo y levantarme de un salto de la cama para no volver a dormirme. Eso es lo que hago habitualmente, pero hoy me resulta particularmente difícil. Doy vueltas y me tapo la cabeza con la almohada pero el beep llega hasta mis oídos igual de fuerte. En realidad no es un beep, sino un Pip. O mejor dicho cuatro pips juntos seguidos de un corto silencio: pipipipip- silencio-pipipip- silencio- pipipipip…

Finalmente me arrastro hacia el reloj, bajo la pestañita para que deje de sonar y sigo arrastrándome hasta el borde de la cama, donde con mucha dificultad me pongo de pie. Es extraño, pero el despertador sigue sonando. Lo tomo con ambas manos y lo acerco a mis ojos. Vuelvo a levantar la pestaña y nuevamente a bajarla. Lo activo y lo desactivo, pero sigue sonando. Pienso en arrojarlo contra la pared, pero si lo hago tendré que comprarme hoy mismo uno nuevo y además, la situación despierta mi curiosidad.

Hago girar la cuarta aguja para cambiar la hora predeterminada de la alarma, pero luego de dos vueltas completas, el despertador sigue sonando. En calzoncillos y sin detenerme a pensar en que cada minuto cuenta para llegar a horario al trabajo, me siento en la cocina y tomo un pequeño destornillador. Delicadamente y cuidándome de no cortar el cablecito que las une, extraigo el tornillo que mantiene ambas mitades del reloj juntas y lo primero que hago es mover nuevamente la pestaña de la alarma. El sonido no se detiene. Yendo a lo básico, retiro la pila doble A que alimenta el pequeño circuito eléctrico del reloj. Las agujas se detienen pero por alguna extraña razón, la alarma sigue sonando “quizás sea algo parecido a las gallinas que siguen corriendo algunos metros cuando les cortan el pescuezo”, pienso. Espero algunos segundos hasta comprender que no va a dejar de sonar. Ignorando el misterio sobre de donde obtiene la energía para seguir haciéndolo, comienzo con la cirugía. Quito uno por uno los tornillos y retiro una especie de plaqueta con varios circuitos electrónicos que está unida al resto del reloj por finos cablecitos, los cuales delicadamente, corto uno por uno para separarlos. Otro tornillo, otro más, las cuatro agujas… El pip no se detiene y el reloj se encuentra desperdigado, pieza por pieza sobre la mesa. Suelto el destornillador para rascarme la cabeza sin comprender qué demonios está pasando.

El sonido es cada vez más intenso y molesto. Me tapo los oídos con las manos y cierro los ojos para intentar al menos, dejar de escucharlo por un segundo. Abro nuevamente los ojos y me veo en la cama, tapado y refugiado debajo de las cobijas. Estiro mi brazo izquierdo y alcanzo a tocar el despertador sobre la mesa de luz. Bajo delicadamente la pestaña y por fin, el pip se detiene.

Es hora de levantarse.

 

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