Breve Anécdota Universitaria

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Antes de que la Universidad de Lanús (UNLa) tuviera ese enorme campus en Remedios de Escalada, funcionaba en un pequeño edificio escondido en Valentín Alsina. Allí me tocó, durante un caluroso febrero, cursar el ingreso para la carrera Licenciatura en Audiovisión. Ese año, debido a la inminente mudanza al nuevo predio, habían habilitado únicamente cincuenta plazas para un total de 300 aspirantes a cursar la carrera.

Hacinados en una sala de conferencias, presenciábamos las clases en las que nos dictaban las materias que deberíamos aprobar para quedar entre los cincuenta elegidos de ese año. Para los profesores era imposible comunicarse de forma adecuada con los alumnos y para nosotros, también era difícil prestar debida atención a lo que los ellos intentaban explicarnos. 300 tipos recién salidos de la secundaria, encerrados en un salón, con un profesor al frente, era la situación ideal para estúpidas y divertidas bromas adolescentes.

Durante las cuatro pesadas horas de cursada, teníamos un receso de treinta minutos durante el cual nos desperdigábamos por cada sector del deshabitado edificio. También, debido a la mudanza, el bar de la facultad se encontraba cerrado y nos veíamos obligados a comprar nuestro refrigerio en el kiosko de la vereda de enfrente y a comerlo en cualquier lugar en donde encontráramos un poco de sombra.

La anécdota que hoy estoy recordando transcurrió durante uno de esos recesos, en un día tan caluroso como todos los de ese mes, mientras aguardábamos, desganados, a que finalizaran nuestros treinta minutos de descanso entre materia y materia. Ubicados en cada centímetro del pequeño hall de entrada, la mayoría de esos 300 alumnos conversábamos animadamente sobre cualquier tema que no tuviera que ver con la facultad. Sentados en el piso, parados, ubicados sobre alguna escalera, varios grupos de pequeños alumnos generaban el murmullo correspondiente a una multitud de ese tipo, con los eventuales gritos y carcajadas de cualquier conversación adolescente.

Por la puerta de entrada, que daba directamente a la calle República Argentina, ingresaron tres mujeres. Tres chicas que tendrían la edad promedio de todos los que estábamos allí adentro. Las tres eran rubias, jovencitas, lindas, hermosas. Era un caluroso febrero, por lo que me imagino que tendrían alguna remera ajustada, quizás musculosa, seguramente pegada al cuerpo.

Recuerdo que en cuanto cruzaron la puerta el murmullo se detuvo por completo. Quienes las vimos entrar, dejamos de hablar sorprendidos por su repentina presencia. Aquellos que no las vieron, debido al inminente silencio, buscaron a su alrededor hasta encontrarse con las tres adolescentes que, al cruzar la puerta y toparse con semejante jauría observándolas directamente, no pudieron disimular su incomodidad.

No recuerdo de donde surgió el primero, pero unos segundos después de que el tiempo se congele por la entrada de las rubias, alguno de los trescientos aspirantes dio inicio, al mejor estilo de una película norteamericana luego de un emotivo discurso, a un tímido aplauso, que poco a poco se propagó, primero entre quienes estaban a su alrededor y luego, entre todos los hombres allí presentes. La ovación se prolongó durante varios minutos. Además de los aplausos, hubo gritos de “¡Bravo!”. Recuerdo las carcajadas de quienes aplaudíamos y la vergüenza de estas tres señoritas, que se mantenían inmóviles en su lugar, sin capacidad alguna de reacción.

No hubo groserías, ni acoso. Nadie se acercó a ellas con alguna intención desagradable. Éramos universitarios (o queríamos serlo) y las aplaudimos con el mayor de los respetos (?) hasta que algún directivo de la facultad, alertado por la muy poco habitual ovación de teatro, apareció en el hall y ensayando una especie de gesto reprobatorio hacia los trescientos alumnos, rescató a las señoritas y las condujo hasta otro sector.

Las risas continuaron durante algunos minutos hasta que llegó la hora de volver al tedio habitual de la materia de turno. El curso se prolongó durante todo febrero y al final del mes publicaron las notas y el ranking según el cual, los cincuenta primeros, tendrían la posibilidad de ingresar a la carrera. Mi posición en el ranking no fue tan graciosa como esta anécdota, por lo que hago uso de mi derecho a no contarlo.

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