En el preciso momento en el que sus amigos y familiares lo rodearon, lo tomaron de la ropa y extremidades y lo levantaron en andas para arrojarlo hacia arriba, supo que su vida estaba llegando al punto máximo de felicidad y que, paradójicamente, solo quedaba caer. Tanto de manera literal como figurativa.

Entre el agolpamiento de personas a su alrededor pudo ver la cara de su madre, un tanto feliz pero preocupada por lo que estaba por suceder. Por todo lo que estaba por suceder. Tanto por su inminente viaje hacia las proximidades del durlock que hacía las veces de cielorraso en el centro de jubilados alquilado con parte de un pequeño préstamo personal que ella misma tuvo que pedir, como por el resto de la vida de su hijo con esa mujer.

La expresión en el rostro de su suegra, en cambio, era violenta. La señora se abría paso a los empujones entre los que intentaban tomar una parte de su cuerpo para participar de la catapulta humana que prometía volver a sujetarlo antes de chocar contra el piso. Sintió revancha en su actitud e imaginó que si pudiera, lo dejaría caer para cobrarse venganza por haberle quitado a su hija. A diferencia de su madre, que aún tenía dudas con respecto a la mujer que había elegido para casarse, su suegra estaba convencida de que ese matrimonio era un error.

Cuando su cuerpo descendió algunos centímetros y volvió a subir tomando impulso para desafiar las leyes de la física, imaginó a su suegra cada domingo esperando a que le sirvieran las clásicas pastas de su esposa o su tradicional asado. Tal vez hubiera sido un error construir su hogar sobre la casa de su suegra pero no les había quedado otra opción. A pesar de  lo malo que conllevaba vivir allí, el enorme terreno sobre el que podrían seguir construyendo y la falta de hermanos de su esposa que la convertían en única heredera de la vivienda, lo había inclinado a decidirse por los “pro” aunque los “contra” tuvieran más peso.

Su cuerpo apenas había ganado algunos centímetros de altura cuando escuchó la voz de su amigo El Gordo quien, debido a su tamaño, en todas las fiestas era el encargado de sujetar en sus brazos la mayor parte de masa corporal del agasajado. El Gordo le ordenaba a los gritos que disfrutara mientras, por sobre el pantalón, intentaba meterle un dedo en el culo. Aún no lo hacía y no era seguro que consiguiera hacerlo, pero su  amigo disfrutaba de hacer que la persona en cuestión, además de volar por los aires, se sacudiera como pez fuera del agua al intentar conservar su virginidad anal.

El Gordo supo ser el más alegre de todos sus amigos. Para él, cualquier momento era bueno para hacer una broma y  no tenía reparos en cuanto a acidez o crueldad en pos de divertir a sus afectos. “Supo ser” porque ya no lo era. Luego de su separación y de las instancias legales que tuvo que atravesar para lograr ver a sus dos hijos, su sentido del humor se había erosionado.

Intentó imaginar como serían sus hijos. ¿Sería capaz de hacerse cargo de ellos? Verse a si mismo como jefe de familia le planteaba interrogantes que no era capaz de responder. El aspecto económico no le preocupaba demasiado. Tenía un trabajo seguro en el que podía seguir ascendiendo tan solo con capacitarse, pero había aprendido de la experiencia del Gordo que, en ocasiones, ninguna suma de dinero es suficiente. Lo que realmente le preocupaba de ser padre eran las pequeñas cosas de cada día: cambiar pañales, levantar a sus hijos temprano para ir a la escuela, limpiarles los mocos, enseñarle a atarse los cordones y otras cosas cotidianas que hasta el día de hoy le resultaban muy lejanas.

Pero había algo que  le daba más miedo: ¿Y si nunca lograba tener hijos con su esposa como su tío Alberto? ¿Y si, al igual que él, luego de intentarlo durante años se resignaban a jamás tener descendencia y sumergirse en una vida de aburrimiento y depresión? Ahí estaba también su tío, a pesar de su edad, intentando ganar un lugar para sujetarlo aunque más no fuera de la botamanga del pantalón, depositando en él, su único sobrino, todas sus esperanzas de inmortalizar su apellido. No había dudas de que sin su apoyo emocional y económico, tanto la fiesta, como la mudanza y la luna de miel, se hubieran postergado durante algunos años más.

Cuando estaba a punto de alcanzar la máxima altura hizo contacto visual con su flamante esposa, también volando hacia arriba, arrojada por algunas mujeres y mayoría de hombres. Sin necesidad de buscarlo supo que entre los masculinos que sujetaban a su esposa estaría su amigo Quico, aprovechando el revuelo para tocar su culo parado y contárselo más tarde con lujo de detalles.

Su esposa lucía asustada por el vuelo, desalineada a pesar de haberse preparado tanto para ese día, intentando sujetarse el peinado para que no se le arruinara del todo y con los pies sucios de tanto bailar descalza. Se la veía plena, feliz, disfrutando del momento que había imaginado y planificado. La organización de la fiesta los había expuesto a discusiones y situaciones tensas que por momentos amenazaron con cancelar o suspender la boda. Sin embargo ahí estaban, consolidando sus cinco años de noviazgo con la fiesta de sus sueños —los de ella— y comenzando la nueva etapa tal como los libros lo indicaban.

Todo estaba resultando tal como ella lo había imaginado. Por cuestiones económicas y organizativas, su idea de la banda de rock de sus amigos tocando en la mitad de la fiesta había sido descartada y la canción de metal sinfónico con la que toda su vida había dicho que entraría al salón en su casamiento, fue remplazada por la canción de la película de Ghost para evitar más discusiones. A él no le molestaba. De hecho, se sentía conforme con hacer feliz a su esposa incluso en esos pequeños detalles aunque también se preguntaba si, a partir de ese momento, su vida se basaría más en la conformidad que en la felicidad.

La casa había quedado hermosa con los muebles y paredes de colores pastel que ella le había indicado los albañiles. El cuarto en el que él pensaba dedicar a sus hobbies se había convertido en el cuartito de la ropa para planchar y el espacio en el que imaginaba ubicar las botellas y vasos para los tragos que preparaba cada viernes a la noche, quedó ocupado por una pecera con tres peces, uno de color blanco, otro naranja  y otro crema, que su señora había seleccionado especialmente en el enorme acuario al que fueron a comprarla.

En el pico máximo de altura, casi rozando su nariz contra el techo, su cuerpo quedó suspendido durante una milésima de segundo que pareció eterna. Desde el aire, sin percibir si el resto de los asistentes a su casamiento se seguían moviendo o también se habían paralizado, escuchó una voz hablando desde algún punto que no lograba divisar. Una voz rara, diferente a cualquier otra y que, aunque llegaba desde afuera, parecía rebotar en cada punto de su cabeza.

Aprovechando las dudas que había experimentado durante el pequeño viaje desde los brazos de sus amigos hasta el techo, la voz le hizo una oferta muy difícil de rechazar: la posibilidad de desaparecer de ahí. De nunca bajar. Según le dijo, si elegía no bajar se encargaría de que ninguno de los asistentes a la fiesta recordaran algo. Ni siquiera su esposa sufriría porque jamás recordaría haberse enamorado de él. Su madre, su suegra, su tío, el Gordo, todos aparecerían en sus casas sin tener idea de haber sido invitados a esta fiesta.

En cuanto a él, tendría una larga vida de salud para vivir cualquier cosa que se le cruzara por la cabeza sin importar cuan difícil, costosa o inmoral fuera. “Mujeres, dinero, amigos y hasta amor, si en algún momento creés que lo necesitás para ser feliz”, le dijo. El precio, el mismo de siempre: una calurosa eternidad.

No le dio tiempo de pensarlo.De manera inmediata, le dijo, comenzaría a caer y la oferta expiraría.

Sin mover la cabeza observó la enorme sonrisa en el bello rostro de su mujer y recordó lo mucho que anhelaba pasar el resto de su vida junto a ella. Intentó imaginar como sería envejecer en pareja, recordar su joven rostro cuando éste comenzara a arrugarse, su largo pelo negro cuando se volviera gris y su exquisita silueta cuando sus caderas y abdomen tuvieran mayor voluptuosidad que la que su culo y pechos tenían ahora.

Finalmente, sabiendo que abajo, como para recordarle lo que le esperaba durante el resto de su vida, estaba el dedo de su amigo el Gordo, decidió caer.