Casi un Reality

Pocas veces vi una persona tan fea como ella. Cada vez que alguien nuevo entra a trabajar a la oficina, yo deseo que sea una mujer y una vez que eso ya está confirmado, espero que además sea linda. No necesariamente porque me la vaya a querer levantar (aunque no lo descarto), sino porque es distinto venir todos los días a laburar cuando sabes que vas a ver un buen par de tetas durante ocho horas. Es una motivación extra.

Cuando lo consulté con los chicos dijeron que a ellos les pasaba exactamente lo mismo: esperan que sea mujer y además que sea linda. La única que dijo que no fue Mónica. Pero más allá de que resulte obvio que ella no espere una mujer, lo que nos pareció extraño (a los muchachos y a mi) es que tampoco espera que sea un tipo. Yo creí que ella iba a decir que esperaba un musculoso, uno de ojos celestes, un galán… Pero no. La mina dice que a ella no le importa, que le da lo mismo. Difícil de creer, pero parece cierto. Y eso que la mina no está de novio ni nada, porque sino sería  comprensible que se hiciera la pacata. Pero la mina esta solterita.

Gabriel insinuó que podría llegar a ser torta, pero no. No hay chances. Le hemos conocido novios, sabemos que le gustan los tipos, que sale con tipos porque ella misma nos cuenta, nos muestra fotos… Así que no. No es torta. Solamente le da lo mismo que entre una mina, un tipo o un travesti. Ella se sienta, trabaja, toma mate, se caga de risa y listo. De hecho, jamás le dio calce a ninguno de los de acá adentro. Ni de este sector ni de ningún otro. Se cansó de rechazar flacos porque Mónica está realmente buena. O estaba… Me acuerdo que cuando entró, explotaba la mina. Buenas gomas, buen culo, cinturita… Era un bombón. Ahora pasaron un par de años, dos o tres y ya no es lo mismo, pero igual esta bueno llegar y verla todas las mañanas.

Lo que pasa es que estar acá es como estar en un reality. Pasamos tanto tiempo juntos que todos conocemos todo sobre todos y es casi imposible guardar un secreto. Hasta el más callado (como yo) termina confesando sus sentimientos. Amigos no somos, pero durante las ocho y a veces nueve horas que pasamos juntos, es como si nos conociéramos de toda la vida. Justamente es eso lo que hace más llevadero este trabajo. Eso y que de vez en cuando entre a trabajar una minita que este buena.

De vez en cuando se necesita una refrescadita, un cambio de aire y que entre una minita nueva es lo ideal. Cuando supimos que el lunes entraba alguien nuevo nos desesperamos para averiguar si era minita o no. Fue Moni la que nos confirmó que si lo era y se cagó de risa viendo como nos abrazábamos entre los hombres para festejar. También se nos cagó de risa cuando desde la puerta nos presentaba a Mariana, nuestra nueva compañera, y nos pedía que la hagamos sentir cómoda y que colaboráramos para que se integre lo más rápido posible al grupo. Para colmo, me dio la gran noticia de que me tocaba capacitarla a mi (la guacha de Mónica me guiñó el ojo a escondidas mientras lo decía), de modo que durante las próximas semanas, la nueva iba a estar todo el día conmigo. Escuché la risa contenida de Daniel a mis espaldas y me puse colorado. De bronca y de vergüenza de que se me hubiera escapado algún gesto y que la nueva lo hubiera notado.

Estaba vestida muy parecida a Mónica y fue muy curioso ver como casi la misma ropa, puede quedarle tan bien a alguien y tan mal a otra persona. Mariana no era gorda, pero tenía panza. Grande, fofa. Tenía gomas demasiado grandes. Una espalda gigante, pero curiosamente no era alta. Los brazos, demasiado largos con respecto al resto del cuerpo y para colmo de males, dientes torcidos con las dos paletas de abajo sobresaliendo por entre los labios, lo que como consecuencia (yo estaba a punto de descubrir) producía una leve pero molesta escupida cada vez que hablaba.

El cuchicheo a mis espaldas era molesto e incomodo. Yo estaba seguro que Mariana también lo notaba aunque parecía no importarle. Cuando se acercó a mi box intente estrechar su mano pero ella me saludo con un beso. Uno baboso, de esos que te dan algunas personas girando la cara justo en el momento del contacto en lugar de disparar el chuik al aire como hacemos la mayoría. Aguanté el impulso de limpiarme con el antebrazo y comencé a explicarle el funcionamiento del sistema, haciéndome el distraído con las minúsculas gotas de saliva que se depositaban sobre el monitor cada vez que ella hablaba. Hice una pausa en mi explicación cuando la vi tomar un pañuelito de papel de su cartera, creyendo que iba a sonarse la nariz, pero no. Me quedé helado cuando la vi hacer un bollo de papel y limpiar minuciosamente su saliva del monitor. Pareció notar mi incomodidad porque me miró y me dijo que esperaba aprender todo rápido porque sino, iba a tener que comprarme uno nuevo.

Yo sonreí incómodamente para no ser descortés. Había sido el mejor chiste de todos los que se me podrían haber ocurrido a mí y no pude reírme por miedo a que se ofenda. La segunda sorpresa del día fue durante el almuerzo, cuando un chorrito de gaseosa se le escapaba por esa abertura en los labios que parecía no cerrarse nunca y nos preguntó si alguno de nosotros había llevado un babero de más. Todos reímos a carcajadas. Todos menos Moni que solamente sonrió. Ella jamás se ríe a carcajadas. Cuando Mariana se fue al baño, nos reímos de ella, de sus defectos, de lo fea que era y también aprovecharon para reírse de mi aunque no me molestó.

Después de ese primer chiste, Mariana siguió con otros que me hicieron la mañana más llevadera. Después del almuerzo, en donde pudo relacionarse con los demás, por lo bajo me habló de los defectos que había visto en cada uno de ellos y me hizo cagar de risa. Dijo que Cristian parecía gay, que José era mujeriego y así con cada uno. No le erraba en casi nada. Cometí el error cuando antes de irnos le pregunté qué defecto había visto en mi, porque yo era al único al que no le había marcado ninguno: “Siempre te enamoras de la mujer equivocada”, dijo.

-Cualquiera-. dije yo. Pero estaba mintiendo.

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