Comunión

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Es temprano. Muy temprano. Demasiado temprano.

Temprano porque hace algunos minutos que acaba de amanecer y si aún fuera invierno, todavía seguiría oscuro. Muy temprano porque tengo mucho sueño. La noche se unió con el día de manera inesperada y ni bien pude relajarme y conciliar el sueño me tuve que levantar. Demasiado temprano porque es sábado, es verano y es mi primer día de vacaciones, lo único que quiero es dormir durante quince días seguidos pero estoy de pie, a punto de hacer una de las peores tareas que me ha asignado la paternidad: despertar a mis hijos.

No quieren abrir los ojos. No pueden hacerlo y yo los entiendo porque si tuviera opción tampoco lo haría. Hubo un día en el que pude elegir pero se me ocurrió decir que si, que estaba de acuerdo, que iría y ahora estoy luchando por despertar a mis hijos para que también vengan.

Se niegan. Se revuelven en la cama para no dejarse despertar y mientras despierto a uno el otro se vuelve a dormir. ¡Ingratos! No saben que acepté participar de esto nada más que por ellos; que llevo toda una vida evitándolo pero que soy consciente de que es necesario; que tengo la suerte de saber que no me gusta hacerlo porque alguna vez lo hice y que ahora es su momento de vivirlo para decidir si algún día lo volverán a hacer.

Parecían entusiasmados con la idea. Apenas si pudieron dormirse pensando e imaginando como resultaría esta nueva aventura pero ahora todo se ha disipado. Hay que levantarse temprano y todos, incluyéndome a mí, estamos arrepentidos. Pero existe un compromiso adquirido y debe cumplirse. Es demasiado tarde para echarse atrás. En unos minutos la camioneta se estacionará en la puerta y todos los hombres de la casa nos iremos a pescar.

No tengo la menor idea de cuándo fue la última vez que lo hice, pero estoy seguro de que me había prometido a mí mismo no hacerlo nunca más. No creo jamás haberme aburrido tanto como las veces que estuve parado frente a la caña de mi papá, esperando a que la boya se hunda y teniendo que hacer silencio para no espantar a los peces.

Puedo confirmarlo: jamás me aburrí tanto.

La idea no fue mía. Mi cuñado, ansioso por compartir esta (para él) sagrada experiencia con mis hijos, insistió por años para convencerme de llevarlos. El más grande tenía la edad del más chico cuando comenzó con la propuesta y fue por el entusiasmo que los chicos mostraron que me vi en la obligación de aceptar. No me gusta y nunca me gustará pero me siento en la obligación de permitirles vivir la experiencia para que puedan decidir si algún día lo volverán a hacer o no. Me inclino, y usare mi influencia para que así sea, por la segunda opción.

La primera decepción del día la tengo ni bien ingresamos al camping y seleccionamos el sector que se convertirá en nuestro hogar durante las próximas 48 horas, al bajar todo nuestro equipo de campamento entre lo que veo un alargue que mi cuñado toma y conecta a un enchufe ubicado al costado de cada una de las parrillas. ¿Qué tipo de campamento al aire libre vamos a hacer si contamos con electricidad? Es una decepción y un alivio al mismo tiempo, ya que traje dos baterías de celular y un cargador portátil para asegurarme de poder usar mi teléfono sin problemas.

Esa es la segunda decepción: no hay señal de celular y no la habrá. No importa de qué lado del camping estemos, el teléfono no recibirá ni enviará ningún mensaje durante las próximas horas. Mucho menos se conectará a internet para twittear en tiempo real sobre  la terrible experiencia que estoy viviendo. No queda otra opción que vincularse con la naturaleza, acercarse a la orilla del río y pescar.

Siento muchas ganas de hacer un berrinche, de convertirme en una pesadilla para los que están conmigo, de arruinar su día tanto como se arruinó el mío, de quejarme por todo y de hacerles saber que la estoy pasando pésimo. Si mi señora estuviese con nosotros seguramente lo haría, pero soy un adulto responsable y debo contenerme. Me cuesta mucho porque lo llevo en la sangre. Está en mis genes. Es un mandato divino castigar a quienes me están exponiendo a esta situación pero por mis hijos no lo hago.

El sol nos castiga sin piedad con sus rayos ultravioleta, recordándonos cuánto daño le ha hecho la humanidad al IMG_20170114_153938planeta. Siento que mi piel comienza a curtirse y me refugio, al igual que Jonás, debajo de la sombra de una pequeña rama de un árbol. ¿La pesca? Parece que bien. Mientras preparo mate veo a mi cuñado enseñando a los chicos a poner la carnada, a tirar la caña y a esperar a que algún pez caiga en la trampa. Parecen felices. Es bueno que alguien lo esté.

El camping es muy lindo. Igual a cualquiera de esos a los que iba con mi padre cuando era niño. Un lugar ideal para pasar el día al aire libre siempre y cuando, por la noche, me pueda acostar en una cama con sabanas. No es este el caso. Quedamos en que, para que la experiencia sea completa dormiríamos los cuatro en una carpa, adentro de nuestras respectivas bolsas de dormir, compradas exclusivamente para esta salida. Soy como esos hijos de padres con plata que van por primera vez a jugar a la pelota con la camiseta de Boca o River nuevita y los botines relucientes. No las pedimos prestadas, no las teníamos de antes. Las tuvimos que comprar.

Los niños se ven felices al igual que las decenas de familias que nos rodean. Hay carpas de todos los tamaños. Algunas parecen mansiones, otras son tan pequeñas que imagino a su propietario durmiendo con los pies fuera de ella. A mi cuñado se lo ve pleno. Observa a los niños y les enseña con una paciencia infinita. No importa las veces que pierdan la carnada o enganchen la línea con una caña cercana, se acerca a ellos sonriente y les indica lo que deben hacer con amor y tranquilidad. Me resulta inevitable recordar a mi viejo y su malhumor ante mis errores.

Métodos distintos, resultados diferentes. Mientras yo sigo odiando la pesca, mis hijos mejoran a cada minuto. Cada lanzamiento es mejor que el otro y la asistencia que necesitan de mi cuñado es cada vez menor.

A mi padre lo veo en cada rincón. Lo huelo en el aroma de los árboles y lo siento en la brisa que comienza a correr al atardecer. Lo imagino de joven, en ese lugar, rodeado de amigos y conocidos que compartían su pasión por la vida al aire libre y lo recuerdo feliz. Me aterra pensar en su frustración por no haber logrado transmitirme ese sentimiento.

Las horas se suceden, las comidas también. La pesca se alterna con alguna caminata, el almuerzo, la merienda, un pequeño baño en la laguna, algo de lectura para el más grande y tablet para el más chico. El mate, viejo iniciador de conversaciones, es testigo de horas y horas de charla entre mi cuñado y yo. Las palabras se suceden unas a otras y a medida que el agua va lavando la yerba, los problemas de nuestras vidas parecen encontrar solución. De hecho, al aire libre y con el mate en la mano, ningún inconveniente parece demasiado importante. Siento algo de pena por los que se quedaron en casa acompañados por los dramas de la vida real.

No puedo negar que la noche fue bastante mágica. El fuego sobre las parrillas, el olor a carbón en el aire y el aroma de la carne asándose invaden nuestros sentidos. Las ramas, recogidas por los niños, ardiendo para encender el fuego le dan un sonido particular a una noche que se volvió extremadamente fresca en relación al resto del día. La electricidad del camping se convierte en maldición cuando algunos campistas deciden musicalizar el ambiente con parlantes demasiado grandes como para ser trasladados en una salida como esta.

Está claro que ninguno escucha rock o música clásica. La banda de sonido del camping se divide entre cumbia y reggaetón.

El cansancio es tal que no importan las condiciones. Todos caemos dormidos a pesar de lo duro del piso, pero alguien despierta bastante más temprano que los demás. “No estoy cómodo” dice mi hijo de cinco en la mitad de la noche. Quiero decirle que yo tampoco, que los huesos me duelen tanto como aquella vez que un auto chocó mi bicicleta pero me limito a indicarle que se apoye en mí y  logro que duerma un par de horas más. La segunda vez que despierta su demanda es peor. Esta vez, además de no estar cómodo tiene sed y me pide por favor que le sirva agua.

Con solo pensar en salir de la carpa me siento aterrado. Estamos a mitad de la noche, en el medio de la nada y en un maldito campamento. ¿Es que acaso este chico no mira películas de terror? ¡Claro que no! No lo dejamos hacerlo.

Al salir de la carpa la imagen es imponente. Decenas de carpas, una al lado de la otra, oscuridad casi total, silencio absoluto y paz. Somos un centenar de desconocidos, durmiendo al aire libre, a solo metros de nuestros vecinos, con nuestras pertenencias sueltas en cada lugar del camping y con una tranquilidad que hace mucho que no experimento.

Me doy cuenta de que ya no podré volver a dormirme y acuesto al pequeño en la camioneta para que pueda dormir un rato más y así, tal vez yo, sentado en el asiento del conductor, pueda relajar un poco mi castigada espalda por dormir sobre el suelo. Mi cuñado también se despierta decidido a tirar la caña para intentar pescar algo. Omito hacer cualquier juicio de valor sobre esa desquiciada idea y veo a lo lejos los primeros rayos de sol que comienzan a asomarse. Falta poco para el amanecer y mis hijos jamás vieron salir el sol en un lugar como ese.

Contra su voluntad, vuelvo a despertarlos temprano para que vean el espectáculo del sol saliendo sobre el agua desde el muelle. Hace mucho frío y el más chico me acusa de no haber querido ir hasta allí a congelarse mientras podría estar durmiendo plácidamente en la camioneta. Nos tomamos algunas fotos para recordar el momento y volvemos a nuestra carpa para que los niños sigan durmiendo y mi cuñado pueda ir a pescar. Yo termino mi libro y dormito sobre la reposera intentando descifrar si mi descompostura tiene que ver con la acumulación de comida que llevo adentro de mi estómago desde las fiestas o simplemente con el malestar de estar en ese lugar.

Por primera vez para mí, el universo se alinea y las nubes amenazan con hacer llover sobre el camping. Mi estómago y el clima precipitan nuestro regreso unas doce horas antes de lo previsto y no podemos avisarles a nuestras mujeres porque aún no tenemos señal de celular. Partimos del camping con las primeras gotas, justo a tiempo para evitar que la lluvia bañe de épica nuestra jornada, pero el cansancio acumulado en el rostro de mis hijos me deja en claro que no ha sido un fin de semana más.

Tomo consciencia de que su infancia ha quedado marcada por algunas de las últimas horas. Su mente y quizás su sueños, proyecten imágenes de este día durante el resto de su vida. En algún momento, un aroma, un sonido, una imagen, les disparará el recuerdo de esta jornada al aire libre. Se verán a ellos mismos junto a su padrino (el más chico) y su tío (el más grande), observando una boya flotando en el mar, parados bajo sol esperando el pique, o durmiendo en la carpa sin paredes ni techo a su alrededor y con todo eso podrán decidir por ellos mismos si es algo que volverán a hacer o, al igual que yo, que desearán no repetir en toda su vida. Si les gustó, tal vez algún día, siendo adultos, ellos mismos decidan juntos irse de pesca a algún lugar y resolver problemas de la vida hablando como hicimos mi cuñado y yo.

Yo me siento satisfecho. No solo porque regresamos antes de lo planeado sino por haber formado parte de esta experiencia. La postergué cuanto pude, pero seguir haciéndolo era impedirles a mi cuñado y a mis hijos, desarrollar  su vínculo en este contexto tan especial y en él que se siente tan cómodo. Estoy conforme de haber accedido y aunque me duelan el cuerpo y el estómago, me doy cuenta de que era completamente necesario ofrecerles esta chance de experimentar algo que jamás podrán hacer conmigo. Me siento en comunión con la vida, con mis hijos y con mi padre.

Lo imagino a él, en algún punto distante, riéndose de mi por conservar aún aquellos viejos caprichos que le hice padecer cuando era niño pero orgulloso de verme vencerlos para acompañar a mis hijos. De alguna manera, esta experiencia me ayudó a sentirlo cerca nuevamente, aunque sea triste no poder contárselo yo mismo.

El viaje de regreso es bastante más largo de lo esperado. Todos estamos agotados. Cansados pero felices. Algunos más, otros menos, pero todos disfrutamos —a nuestra manera— la experiencia. Por mi parte, tarea cumplida. Ya puedo tachar esta cuenta pendiente entre mis obligaciones de padre y pasar a otras bastante más estimulantes para mí, como hacerles conocer la discografía completa de Soda Stereo o ver con ellos la saga completa de Rocky desde la uno hasta Creed, pero una pregunta me descoloca. No estoy preparado para escucharla y no tengo una respuesta que pueda dar sin molestar a los niños, a mi cuñado o a mí.

Aún no llegamos a casa, apenas estamos entrando a la Capital cuando desde el asiento trasero, como si mis hijos se hubieran puesto de acuerdo para incomodar a su papá y hacerlo inquietarse en su asiento en busca de una rápida y convincente respuesta, sus dulces voces se alzan en el aire con una inocente pregunta que no soy capaz de responder. No es porque no pueda, sino porque no quiero. Porque no la esperaba y porque nunca imaginé que me preguntarían eso. Jamás estuvo en mis planes, luego de semejante experiencia, encontrarme con una pregunta así.

Es el mayor quien pregunta y el más chico el que está de acuerdo. Es la satisfacción en la cara de mi cuñado lo que confirma que lo que escuché es cierto. Es la revolución en mi estómago lo primero que responde a esa pregunta inesperada y es mi cabeza, desesperada, la que busca la respuesta a una consulta que no estoy preparado para escuchar: “¿Cuándo podemos ir a pescar de nuevo?”

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