Todo lo que usted ha escuchado, es cierto: asesiné a mis cinco amigos de la infancia, uno por uno. Y el primero de ellos fue Joaquín, el mas cercano de todos.

Con él nos llevabamos solamente veintitres dias, 12 horas y 53 minutos de diferencia de edad. Prácticamente nacimos juntos. Él era el mas grande, pero ya no… Ahora soy yo.

Fuímos amigos desde la panza porque nuestras madres también lo fueron. Crecímos en el mismo barrio, asistimos al mismo colegio y sufrimos la adolescencia juntos, aunque esa etapa fue mucho más dura para mi, que para él.

Disfruté haberlo matado porque mientras la sangre brotaba de su garganta, pude apreciar la confusión en su rostro y adivinar que no podía entender lo que le estaba pasando ni porque yo le estaba haciendo eso y al final, recién al final, aceptó que se estaba muriendo y lo hizo en paz.

Clavarme el cuchillo en el estómago a mi mismo fue una genialidad. Nadie creyó lo de un desconocido que entró a robar por la ventana, pero tampoco pudieron probar que lo había hecho yo, asi que me declararon inocente y a pesar de que todos intuían que estaban liberando al asesino, no tuvieron otra opción que dejarme ir.

El siguiente fue Andrés porque me quiso robar a mi novia.

La relación con Lili no fue fácil después del primer asesinato. Ella creía en mi inocencia, pero estaba desconsolada por la muerte de Joaquín y como yo no podía contenerla comenzó a acercarse a Andrés.

Desde que la vi llorar sobre su hombro, supe que eran el uno para el otro y que era un error que fuera yo, el novio de ella. Además, él había estado enamorado de ella desde la secundaria. Por eso un día, mientras los tres veíamos una película sentados en el sillón, sin decir ninguna palabra me puse de pie frente a él y lo ahorqué con mis propias manos.

Mientras lo hacía; lo miraba fijo a los ojos a centímetros de su cara. Pude sentir los músculos de su cuello intentando resistir la presión; su pecho inchánndose hasta casi explotar, hasta que por fin su cuerpo cayo inerte al piso.

Lili gritaba y me golpeaba. Intentaba separarme de él, pero no tuvo chance. Cuando solté el cuerpo de Andres, ella corrió y se arrodillo frente a él para abrazarlo. “¡Lo mataste! ¡Lo mataste!”, me gritaba mientras lloraba desconsolada. Supongo que en ese momento comprendió que yo había sido también, el asesino de Joaquín.

Mientras ella lloraba a su amigo y a su amado, caminé lentamente hacia la cocina y volví con el palo de amasar en la mano. Los peritos dijeron que fueron más de cincuenta golpes, pero puedo asegurar que bastó solo con el primero para matarla.

Una vez que estuve en la carcel me preparé para recibir a Martín. Sabía que él vendría a verme a pesar de que yo había matado a nuestros amigos. Él siempre hacía lo correcto y seguramente se sentiría en la obligacion de escuchar mi versión de los hechos.

El cuchillo lo llevé escondido durante meses en el calzoncillo. Por suerte, a mi no me revisaban. Se limitaban a garcharme y a cagarme a trompadas.

Ni bien Martin me preguntó porque lo había hecho, le clave el cuchillo en la sien. Lamentablemente fue demasiado rápido. Ni siquiera le di la chance de imaginar que era lo que estaba por pasar.

Vaya a saber como fue, pero me declararon inimputable y me mandaron a este manicomio de mierda. Lo único bueno de este  lugar es lo fácil que resulta fugarse. Por suerte, si no no hubiera podido matar al último amigo que me quedaba: A Javier.

Ni bien me vio en su casa, supo porque estaba yo ahí y luchó. Peleó por su vida y como siempre, me dio una gran páliza aunque no se imagino que yo llevaba un revólver escondido. Fue al que mas disfruté matar porque si bien aprendí a quererlo, fue con el que peor me lleve toda la vida. De hecho, cuando eramos niños, el disfrutaba mucho de cagarme a palos.

Le vacié el cargador encima. Incluso segui disparando cuando ya no me quedaban más balas.

Y asi fue como volví a este psiquiatrico a esperar el juicio. El único problema es que acá, están todos desquiciados. Es impósible encariñarse con alguno de estos locos de mierda y yo no puedo matar si no siento algo por la otra persona.

Lo intenté, pero es el contraste de sentimientos lo que me estimula. Esa sorpresa, la desilusión de ellos cuando ven que una persona a la que quieren los está matando y no pueden hacer nada para evitarlo.

Ahora me aburro. Me aburro mucho. Mataria a cada uno de estos locos, pero me sentiría vacio al hacerlo, no me dejaría nada y eso es lo que me entristece.

Ya estaba pensando en suicidarme cuando me dijeron que un periodista quería entrevistarme para escribir un libro. Acepté y acá estamos. ¿Que sera esta…? ¿La novena o décima visita que usted me hace? Usted vino para mi cumpleaños, me llamó para navidad, me escuchó sin juzgar y siempre comprendió mis puntos de vista. El libro es un éxito y al leerlo, me emociono de lo bien que usted logró plasmar mis sentimientos en un papel.

Por eso, señor periodista, me animo a decirle sin ningún tipo de dudas, que desde hace un tiempo yo a usted, lo considero un muy buen amigo.

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