¿Conoces a César?

“El airbag no se abrió”. Es lo primero que le viene a la cabeza cuando piensa en el accidente. Eso y la sonrisa de su amigo. “Él siempre sonreía en los momentos difíciles” dirá después, y cuando el choque fue inevitable tuvo tiempo de sonreír una vez más como para que esa imagen quedara grabada en su mente para siempre. El viaje comenzó a las 4 am y termina un par de horas más tarde, primero contra un árbol, luego contra un cartel municipal y finalmente, contra otro árbol. Los peatones los asisten y los bomberos rescatan a ambos de las retorcidas chapas que supieron tener forma de Volkswagen Fox. César fue precavido y antes de arrancar, ajustó su cinturón de seguridad. Lo usaba siempre. A pesar de ello, tuvo fractura expuesta en ambas piernas y una rodilla pulverizada. El conductor, en cambio, se rompió el cráneo entrando inmediatamente en coma y fue conectado a un respirador artificial.

César sabe que es lo que cambiaría en su vida si tuviera la posibilidad: cambiaría todo. Pero para hacerlo, le bastaría con modificar, tan solo un pequeño detalle; aquel que a los seis años marcó su vida: la separación de sus padres. Si eso no hubiera ocurrido, su vida hubiera tomado otro rumbo y seguramente, no habría conocido a su esposa y hoy, no sería el padre de Sofía. César sabe, mientras grita de dolor, que no soportaría vivir sin ella. Sabe que hubiera conocido a otra mujer y que seguramente ya tendría un hijo o hija, pero que no sería Sofía y es eso lo que no podría tolerar. Por eso prefiere el dolor.

Creció convencido de que su abuela era millonaria y quizás, tenía razón. Ella fue quién se encargó de criarlo dándole todos los gustos. Si César quería, César tenía. Así, hasta que ella murió y tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Su padre ya muerto; su madre ocupada en sacar adelante sus relaciones amorosas; y su hermana menor, intentando criar a un hijo con solo quince años, no constituían una familia para él. De modo que Cesar pasaba las noches en las casas de novias y amigos, y expresaba sus sentimientos más oscuros en las letras de las canciones de su banda de rock.

Pasó la primer operación, la segunda y la tercera. Serán más de diez operaciones en un par de años para finalmente poder caminar, al menos con una pierna y dos muletas, pero primero pasará seis largos meses postrado en una cama de hospital, haciendo sus necesidades acostado y con una enfermera de gran vocación que deberá limpiarlo inmediatamente después de hacerlas, para que las heridas no se infecten debido al contacto con la materia fecal. Los médicos se dedican cien por ciento a que César se recupere y a darle ánimo para seguir adelante. Comprende, por primera vez, que la vocación y el esfuerzo de los médicos no está bien retribuido en este país.

Su infancia y adolescencia transcurrieron en Santa Fe. Como tantos otros, vino a buscar el éxito a la gran ciudad y como muy pocos, lo encontró. El éxito le dio todo: amigos, fama, dinero, le permitió expresarse y conocer a Gabriel, su amigo y compañero en el accidente, quién aún lucha por despertar de ese coma que parece eterno.

El tiempo pasa, las cirugías también. Sus amigos y su esposa lo visitan de vez en cuando. Su hija no. Es demasiado pequeña para entrar a la sala donde él se recupera. Con el tiempo, César, logra salir del hospital, ayudado por sus muletas, y con varias operaciones por delante, se refugia en tres pilares: su hija, su música y la morfina.

Su hija le da afecto y una razón para soportar los dolores. Su música lo contiene, le permite expresarse y reencontrarse con la gente que lo quiere. César da su recital más importante sentado en una silla de ruedas, luego sus compañeros lo dejan y él debe reinventarse una y otra vez, sin éxito. La morfina le da paz.

Necesita la morfina para soportar el dolor y se la inyecta permanentemente. Su dealer particular se la provee sin pedirle receta y César comprende que se convirtió en un adicto. En cuanto el dolor más diminuto amenaza con surgir, César se inyecta una ampolla de morfina y si no basta con esa, se inyecta otra y otra más, hasta anestesiar por completo el dolor y su mente. Así fue como César, cayó por la escalera de su casa bajo los efectos de la morfina y se fracturó nuevamente su pierna más dañada. Los vecinos que acuden a su hogar como consecuencia de los desgarradores gritos, llaman al número de teléfono que figura en las chapitas que, cual veterano de guerra, César lleva colgadas de su cuello con el número de su médico. De vuelta a quirófano y de vuelta a rehabilitación.

No será la última vez que se interne. César acepta que tiene que cambiar y se compromete a rehabilitarse de su adicción con el apoyo de su familia. Es su mujer quién, apaga un acolchado que casi se prende fuego y lo coloca en el lavarropas. Es César quién recibe el llamado avisándole que su casa se está incendiando y también es él, quién al ver arder su hogar, se toma una caja completa de tranquilizantes que lo manda primero a un hospital, luego a rehabilitación y a menos que alguien firme y se haga cargo de él y de su vida, también puede mandarlo al borda. Su mujer ya se bajó del tren y no desea hacerse cargo de otra vida que no sea la de su hija. Sus compañeros de banda ya no son amigos suyos y tampoco quieren hacerse responsables por él. Cuando parece que su destino ya está escrito, es una fan, o mejor dicho: la familia de una fan, la que decide hacerse cargo y firmar para que César sea dado de alta. “Lo adoptan”.

La música lo ocupa. La música y su hija.
El tiempo transcurre, César evoluciona en todo sentido. Su amigo, el conductor del auto, sigue igual que después del choque y César lo lamenta. A pesar de todo lo que vivió y de lo que perdió, César lamenta lo ocurrido por su amigo. Porque a él lo espera un futuro, incierto; pero hay un futuro que lo espera. En cambio a su amigo no, y a César, eso es lo que más le duele. Incluso más que sus propias heridas.

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