Eran tiempos felices. La premisa era no hacer absolutamente nada que no tuviera ganas de hacer. Me levantaba tarde, me acostaba más tarde aún y estaba decidido a nunca trabajar. Mis largas noches de esa época, sin cable y sin internet, transcurrían leyendo, escribiendo, escuchando música o radio y viendo las películas que Telecreativa pasaba después de la medianoche.

Las mañanas, en cambio, eran cortas. Despertaba al mediodía, habiendo bajado la persiana sólo cuando las primeras luces del día amenazaban con despertarme. El desayuno consistía en tomar mate con algo de pan comprado el día anterior. A veces tostado, otras veces mordido con fuerza cual depredador desgarrando a su víctima. El almuerzo, por lo general, eran fideos con manteca (o aceite), polenta y un clásico que mis amigos aún recuerdan: arroz hervido con papas.

Mi dieta era paupérrima. Supongo que no sufrí consecuencias físicas debido a mi actividad principal de aquella época: el deporte. Mi vida entera giraba alrededor de mi relación con el ejercicio. Mis amigos y todo mi entorno, estaba formado por compañeros con los que compartíamos largas horas de entrenamiento, reuniones y conversaciones sobre lo que  más nos gustaba hacer. Todos ellos fueron bastante más inteligentes que yo: estudiaron o trabajaron para construirse un futuro al margen de lo que era su actividad secundaria. Yo no. En mi vida, sólo había lugar para lo que más me gustaba hacer: dar clases de artes marciales y entrenar.

Los ingresos por mis clases eran prácticamente nulos. Mis alumnos no pagaban cuota y yo solamente recibía dinero cuando, junto a otros profesores, organizaba algún evento. Aunque todas mis energías permanecían enfocadas en, algún día y al precio que fuera, lograr vivir de la enseñanza marcial, paulatinamente, debido a mis escasos ingresos, tuve que incorporar alguna actividad con la cual generar dinero para subsistir.

Para difundir mis clases, utilizando el Micrososft Publisher, armaba un original de folletos que luego fotocopiaba, recortaba y repartía en las puertas de los colegios. Los margenes en blanco que quedaban afuera, se apilaban sobre la mesa de la computadora para luego ser usados como anotadores. No recuerdo de que manera descubrí que ese papel blanco, estuviera escrito o no, era muy codiciado por los cartoneros debido al alto precio que se pagaba por él. Con esa información, reuní una buena cantidad de recortes y  me fui hasta el galpón de los Molina.

Varios años antes, Los Molina, eran conocidos por ser los botelleros del barrio. Cuatro o cinco hermanos de la misma familia recorrían las calles con un carro tirado a caballo recolectando botellas de vidrio. Dos de ellos tenían labio leporino y hablaban con dificultad, por lo que eran fácilmente reconocibles cuando nos cruzábamos en los recreos de la escuela. A fuerza de constancia -supongo- los Molina construyeron, sobre el mismo terreno sobre el que tenían su rancho, una casa de varios pisos y un enorme galpón que utilizaron como depósito de cartón, botellas y papel y se convirtieron en un centro de reciclado al que los cartoneros iban a vender lo que recolectaban.

Con dos bolsas de residuos repletas de papel blanco, caminé las tres cuadras que separaban nuestras casas. Al llegar, aguardé mi turno junto a  hombres y mujeres que llegaban hasta allí empujando enormes carros, repletos de materiales reciclables recogidos entre los deshechos de otros vecinos. Venían de todos lados, incluso de barrios alejados. Evidentemente, los Molina pagaban más que otros centros similares. Mientras esperábamos, se hablaba sobre el precio y la cotización de los distintos materiales. Fueron los cartoneros quienes me contaron que el papel blanco era lo que mejor se pagaba; el cartón, lo menos caro pero lo más sencillo de conseguir y que las botellas de plástico cotizaban distinto según la época del año. El vidrio, también con buen precio, resultaba pesado y muy difícil de transportar sin que se rompiera, por eso casi nadie lo recolectaba.

Allí, de pie, aguardando nuestro turno, veíamos la organización de la familia Molina: una de las hermanas estaba a cargo de la contabilidad y de pagarle a los cartoneros a través de una reja luego de que pesaran sus materiales. Otro, el más grande, era el que trataba con nosotros. Nos saludaba por nuestro nombre, nos preguntaba como andábamos y como andaba nuestra familia. Era amable con todos los que venían a vender allí. Mucho más amable que varios comerciantes de la zona.

Ya no había carros tirados por caballos. Los Molina tenían dos camiones Mercedez Benz cero kilómetro en los que cargaban, ya compactados en una enorme e imponente maquina, los materiales que nosotros les vendíamos para llevarlos a otro sitio en el que, seguramente, los vendían por un precio todavía mejor. Los pibes de labios leporinos, ya convertidos en hombres, eran quienes cargaban los camiones.

Cobrar por vender lo que antes tiraba me resultó fascinante. Comencé a juntar papel de cualquier lado. Le pedí a familiares y amigos que acopiaran para mi sus desechos y me animé a recolectar cartón y botellas de plástico. Por pudor, falta de convicción o quizás vagancia, no llegué a caminar por la calle empujando un carro, pero si encontraba alguna caja abandonada en la puerta de un negocio, me la llevaba a casa y la vendía junto con el papel y las botellas que, de la misma manera, había recolectado.

Mis visitas al galpón de los Molina se intensificaron y aunque mis ingresos seguían sin ser los necesarios, el dinero que obtenía a cambio de recolectar y vender desechos, me servía para almorzar y cenar con una regularidad bastante cercana a la ideal. Consideré seriamente dedicarme con más constancia a la recolección de cartón y de botellas de plástico pero, justamente la constancia no era, no es ni será, una de mis mejores virtudes.

Mi amigo Mauro me contó, durante un viaje a Luján, sobre una entrevista laboral a la que había asistido. Según sus propias palabras, el trabajo consistía en llamar por teléfono durante cinco horas, para vender un servicio de internet a España y el sueldo mensual, era casi el mismo que yo ganaba en dos o tres meses de dar clases y de juntar cartón. Llamé por teléfono al número que él me dio, pedí una entrevista y conseguí el trabajo.

Comencé a trabajar durante las horas que antes dormía. Aunque bastante más cansado, al mediodía quedaba libre para continuar con mi vida normal. Como valor agregado, a falta de computadoras, la “base de datos” del trabajo era la guía telefónica de España impresa en hojas A4, por lo que cada mediodía volvía a casa con la mochila repleta de papel para vender. Así transcurrió mi primer mes laboral: madrugando cada mañana, llamando por teléfono durante cinco horas y regresando a casa con cientos de hojas de papel que abultarían aún más mi sueldo, mientras por la tarde, bastante cansado y con mucha menos energía, dictaba mis gratuitas clases de artes marciales.

Con el primer día hábil del mes siguiente, llegó el momento de sentarme frente a la contadora del call center para firmar mi recibo de sueldo. Fue la primera vez que vi un recibo de esos a mi nombre. Tenía tantos número escritos que dudé sobre la cantidad de dinero que me correspondía cobrar. No era mucho, pero cuando la contadora me ofreció el  fajo de billetes, me di cuenta de que jamás había recibido una suma similar de una sola vez. Sonreí educadamente, agradecí y me retiré de su oficina intentando disimular el nerviosismo que sentía y los precipitados latidos de mi corazón. Volví a casa feliz y por primera vez, desde que había comenzado a trabajar en ese lugar, sin mi habitual botín de papel blanco, pensando en lo que me iba a comprar con ése, mi primer sueldo.

No recuerdo en que lo gasté, pero se que durante ese mes hice las cuatro comidas básicas con regularidad y que posiblemente me haya permitido alguna colación. Lo mejor de todo, era la inédita sensación de tranquilidad que me daba saber que, en treinta días más, estaría recibiendo una suma similar nuevamente. Observé la enorme pila de papel blanco acumulada durante un mes e intenté adivinar cuantos kilos habría reunido y cuanto dinero podría obtener por su venta. Pensé en el esfuerzo que me costaba llevar esos kilos de papel hasta lo de los Molina. No solo en el esfuerzo físico, sino en el esfuerzo mental. El caminar hasta allí y esperar mi turno entre todas esas personas que día a día se ganaban la vida juntando cartón. Ellos jamás me habían discriminado por hacerlo como un complemento de mis ingresos. A ellos nunca les había importado que un pendejo malcríado se metiera en su negocio, pero a mí sí me molestaba hacerlo.

Reuní fuerzas y metí todo el papel blanco en dos o tres bolsas negras. Caminé con ellas hasta la puerta de casa y las deposité al lado de un poste de luz para que el primer cartonero que por allí pasara pudiera verlas. Nunca más volví a juntar papel o cartón y muy pocas veces volví a pasar por la puerta de los Molina.

Diariamente separo el cartón, el papel y las botellas de plástico para que no se mezclen con la basura y de tanto en tanto, al cruzarme con  algún recolector, le pregunto sobre la cotización actual de esos materiales y descubro que ése también puede ser un método para medir la inflación. El trabajo me absorbió por completo y de la misma manera en la que dejé de juntar papel y cartón, también deje de dictar mis enriquecedoras clases.

Finalmente me dediqué a trabajar y acá estoy, escribiendo este relato en el trabajo mientras evalúo la posibilidad de fabricarme un carro y volver a juntar cartón.

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