Debajo de la cuna

En el momento en que, por tercera vez consecutiva, observó su reloj y vio la aguja que marca los minutos en el mismo número en el que estaba la últina vez, tomó conciencia de que se le estaba haciendo tarde. Tuvo el impulso de llamar a su marido pero prefirió seguir esperando, todavía tenía margen para llegar a horario y seguramente, él estaba por llegar.

Para perder, al menos por algunos minutos, la noción del tiempo se paró frente al espejo del baño y corrigió su maquillaje por tercera vez en la tarde, luego se peinó para emprolijar aún más su apariencia. Frente al espejo de la habitación observó nuevamente el vestuario elegido para la situación. Era el adecuado.

Pensó en volver a mirar el reloj pero se resistió. Para poder hacerlo, cambió sus aros una, dos y tres veces. Finalmente se puso los mismos que tenía en un principio. Escuchó el sónido de su teléfono célular anunciando la entrada de un nuevo mensaje de texto.

Se abalanzó sobre él para leer el mensaje. «Estoy llegando». Este mensaje de su marido era mucho más alentador que los dos anteriores: «Hay mucho tráfico» y «Estoy demorado» le habían causado una gran ansiedad. Ella nunca tenía prisa en que él regresara de su trabajo pero justamente hoy que le urgía llegar a horario, se demoraba. Insultó para sus adentros a Murphy y sus estupidas leyes.

Envió un frío «ok» a su marido como respuesta. La culpa no era de él, pero no podía evitar sentirse molesta por su demora.

Cuando dejó el celular sobre la cama, creyó ver por el espejo que las luces del baby call se apagaban. Extrañamente no había escuchado ningún sónido, pero podía asegurar que las luces se habían encendido. Se acercó a la puerta del cuarto de su pequeño hijo, la cual permanecía cerrada para que ningún ruido lo despertara, apoyó su cabeza de costado pero no logró escuchar nada.

Al volver a su cuarto para agarrar su celular, nuevamente vio encenderse todas las luces del baby call. Lo que significaba que la intensidad del ruido que lo había activado, debía ser bastante fuerte. Nuevamente tomó el aparato con su mano y esta vez lo apagó y lo volvió a encénder, cuidándose de dejar el volúmen en máximo. Al hacerlo, las luces volvieron a brillar en silencio.

Sin hacer ruido, corrió hasta el cuarto de su hijo y abrió la puerta sigílosamente. No pudo divisar nada en la oscuridad, pero el silencio dentro del cuarto era total. Se acercó hasta la cuna en puntas de pie y cuando sus ojos se adaptaron a la poca iluminación, logró ver a su bebé plácidamente dormido. Se había atravesado en el colchón, pero dormía con muchísima paz.

Durante el pequeño instánte en el que se quedó observándolo, sintió calma y felícidad. Olvidó por completo que estaba demorada y que su marido todavia no llegaba, retrasándola aún más.

El sónido de un nuevo mensaje entrante la ayudo a salir del trance. Cerró la puerta del dormitorio con delicadeza y tomó el celular que nuevamente, había dejado sobre su cama.

«Llegando. Anda saliendo»

«¡Estas loco! Cómo voy a salir y dejar al bebe solo» le respondió indignada por su irresponsabilidad. Le bastaba con tener que cerrar la puerta del cuarto para que el niño durmiera en paz. Si fuera por ella, se quedaría sentada al lado de la cuna hasta que él despertara.

Tomó su cartera y se miró una vez más frente al espejo. Su aspecto era el ídeal. Transmitia seguridad y elegancia. Justo lo que necesitaba que vieran en ella.

Una vez más, las luces del baby call se encendieron. Esta vez, en lugar de correr, caminó tranquila hacia el dormitorio y volvió a apoyar su oido en la puerta. Ningún ruido se escuchaba. “Se habrá quedado sin pilas”, pensó.

Abrió la puerta que daba al pasillo de la casa y clavó su mirada en la puerta de calle aguardando a que su marido entrara. Con su cartera colgada, el receptor del baby call en una mano y el celular en la otra, esperaba escuchar el ruido de la llave entrando en la cerradura para salir de su casa. Sin intención, había visto el reloj de su teléfono mientras leía uno de los mensajes de su marido. Ya era más tarde de lo que se imaginaba.

Cerró la puerta sin llave, atravesó el pasillo y salió a la calle. Miró hacia ambos lados con la ilusión de ver a su marido acercarse caminando. Un nuevo mensaje hizo sonar su teléfono: «Estoy a dos cuadras. Anda llendo. Yo ya estoy llegando»

Dudó. No le gustaba la idea de irse y dejar a su hijo solo aunque solo fueran algunos minutos. Pero después de todo, tampoco le gustaba estar en la puerta de la casa y dejar a su hijo adentro. Su marido ya llegaba. Seguramente estaría corriendo hacia su casa. Tampoco a él le gustaba dejarlo solo.

Observó el baby call que tenía las luces apagadas. Lo apoyó en el piso, redactó un mensaje para su marido, salió y cerró la puerta con llave.

Llegó corriendo a la casa y abrió la puerta con prisa. Tomó el baby call del piso y vio, con sorpresa, que todas las luces estaban encéndidas pero nungún sonido se escuchaba por los parlantes.

Se apuró a entrar, pero volvió a sorprenderse al no escuchar llorar a su hijo a través de la puerta.

Nada. El silencio dentro del cuarto era absoluto. No abrió la puerta para asegurarse porque no lo creyó necesario. Además, si lo hacía, era probable que su hijo lo escuchara y se despertara como tantas otras veces.

Calentó el agua para tomarse unos mates en soledad. Disfrutaba de su familia, pero también de las pocas ocasiones en que se quedába solo.

Tomó el celular para avisarle a su esposa que todo estaba en orden y recién ahí leyó el que ella le había enviado antes de salir. «Me fuí. Apurate. Ojo! El baby call anda mal»

«Ya llegué. Todo en orden. Suerte!» respondió él y dejó el celular sobre la cama. Se quitó los zapatos, las medias, el pantalón y la camisa transpirada. En pantuflas y calzoncillos entró a la cocina para comenzar con los mates, pero nuevamente, todas las luces del baby call acusaban recibir algún sonido aunque los parlantes permanecían en silencio. Tomó el baby call con una mano y lo golpeó tres veces con la palma de la otra. Lo agitó para escuchar si alguna pieza estaba suelta. Lo apagó y lo volvió a encender.
Las luces seguían acusando recibir un sonido que no sonaba por el parlante.

Entró al cuarto lentamente abriendo la puerta en su totalidad para poder ver bien. Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y la claridad entraba por la puerta expandiéndose por algunos sectores del dormitorio, creyó ver una silueta diferente a la de todos los días en la cuna.

Avanzó hacia ella sintiendo el corazón agitarse con cada paso que daba. Hubiera deseado correr hacia la cuna, pero por alguna extraña razón sus pies parecían pedirle permiso uno a otro para desplazarse.

Llegó a la cuna respirando con dificultad. Se asomó en ella e inmediatamente salió corriendo hacia su cuarto. Tomó su teléfono y llamó a su mujer. Dejó sonar el teléfono hasta que se cortó. Insistió dos veces más pero nunca logró que lo atendiera, entónces redactó un mensaje de texto: «Vení urgente. Algo pasó». Se lo envió a su esposa y volvió corriendo al cuarto del niño.

Metió medio cuerpo en la cuna y revolvió las sabanas y la almohada buscando a su hijo, cuya ausencia habia notado inmediatamente en el juego de contrastes que se producía entre la claridad y la oscuridad al abrir la puerta.

Su mente se negaba a creer que su hijo, que apenas había aprendido a caminar, no estuviera en la cuna. Para salir debía haberse trepado por el barral y abrir la puerta y con solo algo más de un año de edad, no era posible que su hijo hiciera nada de eso.

Daba vueltas sobre sí mismo tomándose la cabeza. Obligando a su cerebro a razonar para encontrarle una explicación a lo que estaba sucediendo.

Con lágrimas cayendo de sus ojos revolvió nuevamente las sabanas de la cuna, pero esta vez, también levantó el pequeño colchón.

Se quedó quieto. Sabía lo que estaba viendo pero su mente no lograba procesarlo. Corrió la cuna de su lugar hasta que pudo ver a la perfección la parte del piso que hasta hacía un instante, estaba debajo de la cuna.

Se arrodilló para observar desde una distancia mas corta. El pozo parecía profundo y la oscuridad era total dentro de él. Acercó su cara y sintió un apestoso olor a putrefacción.

Supo que si su hijo había desaparecido, ese era el único lugar por el que lo podría haber hecho. Se sentó en el piso y metió sus pies en el agujero. Sintió el frío en las piernas.

Escuchó que su teléfono célular sonaba. La música era la que estaba programada para cuando su mujer lo llamaba. Intentó ver en lo profundo del pozo para saber con que se encontraría, pero no logró distinguir nada, aunque si pudo escuchar un extraño murmullo. No entendió lo que decía, pero le quedó claro que no era nada bueno. Sólo por instinto, asomó su cabeza nuevamente por el agujero y suavemente llamó a su hijo. El murmullo cesó y claramente, a lo lejos, logró escuchar el llanto desconsolado de un bebé. Respiró profundo y ayudándose con sus manos se lanzó al pozo gritando el nombre de su pequeño hijo.

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Comentario

Readers Comments (3)

  1. Laurabuela 17/02/2013 @ 10:28

    POR FAVOR!!!

  2. BUENISIMO!!!!! Escalofriante pero buenisimo!!

  3. Paraaa Locaime!! Yo me la crei!!! Al principio me mataba de la risa… Pero despues se me transformo la cara en el final!!! De Terror!!!!

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