Es confuso despertar. Confuso y doloroso. Mi cuerpo se contorsiona anárquicamente desobedeciendo las órdenes de mi cerebro, por lo que tengo que esforzarme para levantarme. Parece que las piernas no fueran a resistir pero lo hacen. Estoy de pie, algo encorvado y entumecido. Con los brazos rígidos al costado del cuerpo y las piernas algo flexionadas, intento dar un paso. Me cuesta y al hacerlo, todo mi cuerpo se tambalea buscando conservar el equilibrio. Es como si jamás hubiera caminado en mi vida. Realmente creo que nunca lo hice o al menos, no puedo recordarlo.

No recuerdo nada, solo el dolor. Agudo, constante, permanente. Fue este intenso dolor el que me obligó a despertar, a ponerme de pie y a intentar desplazarme. Lo hago. Primero un pie, luego el otro. Ambos se arrastran tropezando con cualquier desnivel del suelo. Mi torso no coordina con el resto del cuerpo. Pareciera ser independiente y sus movimientos, no acompañan mi andar.

Hace tan solo un minuto estaba dormido y al despertar, fue como si me hubieran borrado la memoria por completo. No recuerdo lo que hacía antes de dormirme, pero tampoco intento recordarlo. No me importa ni siquiera quien fui. Lo único que me interesa es ese dolor que me obliga a avanzar hacia algún lugar incierto. Lo hago de manera lenta, con dificultad, mientras percibo alrededor mío, un extraño olor.

El olor es intenso. Me rodea y acompaña en todo el camino. Está en todos lados. Distingo un olor rancio, a podrido, pero que no me molesta. Es como si no lo sintiera. Sin embargo, al ver mi propio cuerpo -en los pocos momentos en que la cabeza y los ojos me responden- noto que el olor viene de mí. La ropa que llevo está manchada de sangre. ¿Mi propia sangre o la de alguien más? No me importa. Ni siquiera reparo en ello. Lo único que me preocupa es este intenso dolor que a cada segundo que pasa me duele aún más y me obliga a desplazarme en busca de vaya a saber qué cosa.

Creo que estoy cerca… No es que lo crea, ni que piense que lo estoy porque la verdad, es que no puedo pensar. Simplemente es así. Actúo por instinto, sin pensar en lo que estoy haciendo ni en por qué lo hago. El cuerpo me responde porque no tiene opción. Aunque no lo parezca, sigue siendo mi cuerpo.

Ahora puedo ver a otros como yo caminando a mi lado. No los miro, no me interesa verlos pero los percibo. Algunos andan más rápido, otros se arrastran como pueden. Su estado es lamentable. Están heridos, lastimados, mutilados. Es como sí todos estuviéramos escapando de alguien, o de algo, pero no.

Involuntariamente me veo el brazo derecho. Está muy lastimado. Es como sí… Como… Parece que el antebrazo estuviera a punto de desprenderse del codo. Sigo caminando lento, intentando acelerar el paso como sí deseara ganar. ¿Ganar qué?

El olor… Un extraño aroma se mezcla con el olor a podrido que nos rodea. Un aroma dulce, fresco, que produce que el dolor aumente todavía más. Voy hacia ese olor desesperado. Apuro el paso y mis pies se tropiezan con ellos mismos y con los de los otros. Ahora marchamos todos juntos, hacinados, empujándonos unos a otros y atropellando al que se queda atrás. No nos importa el de al lado, tampoco nosotros mismos. Lo único que importa es el dolor, el intenso dolor que aumenta a medida que ese dulce aroma nos invade. Estamos cerca. Ese aroma es el que alimenta al dolor y lo hace crecer. 

La veo. Corre, grita y sigue corriendo. Está asustada. El aroma es de ella o mejor dicho: el aroma es ella. Nosotros también nos desesperamos y corremos torpemente. El contacto visual nos precipita y parecemos enloquecer. Algunos gritan, otros gimen, todos babeamos. Ella se acorrala sola y nos ve acercarnos. Sus ojos reflejan su temor y resignación. Me mira fijo, parece que nadie más estuviera aquí. Me mira a mi y la veo entristecerse. Su mirada me recuerda algo… Difuso pero cercano.

Me recuerda el dolor. Ese que me despertó. Pero antes recuerdo otro dolor. También recuerdo el miedo. El miedo y el cansancio. Recuerdo caer y gritarle que corra, que siga corriendo. Verla correr gritando, sentir el dolor de la mordida en mi brazo y recuerdo morir.

El dolor es intenso, insoportable. Ella me mira y yo a ella. Me dice algo que no entiendo ni quiero entender. No me importa. La agarro y grita, pero no se resiste. El dolor es intenso, insoportable. Pero se calma en el preciso momento en el que la muerdo. Los demás también lo hacen y ella grita, fuerte. Grita de dolor hasta que deja de hacerlo, entonces todos volvemos a vagar en busca de algo que calme este intenso dolor, que vuelve a nacer desde adentro.

¿Qué te pareció este texto?

Comentario