Desde ese lugar, podía observar la dimensión total del campo de juego y si prestaba atención, lograba escuchar el grito de los jugadores a punto de salir a la cancha. Le gustaba creer que también era capaz de oír el sonido de los papelitos, que cientos de hinchas arrojaban al aire luego de haberse tomado la molestia de pasar las horas previas al partido, cortándolos metódicamente y guardándolos en bolsas de consorcio que luego llevarían al estadio. A su derecha, unos jóvenes se encargaban de hacer sonar el bombo y el redoblante para brindarle, al canto de la hinchada una sensación de continuidad que, en realidad no tenía. Se decía que andaban juntando plata para comprar al menos una trompeta, pero aparentemente faltaba bastante.

Ni siquiera en épocas de bonanza como esa, el equipo lograba llenar la cancha. Pero las setecientas personas allí reunidas, cantaban y saltaban haciendo crujir los tablones para hacerle sufrir la presión al equipo visitante.

Corriendo hacia el círculo central (algunos dando tres saltos con el pie derecho; otros persignándose varias veces durante la carrera), los futbolistas alzaban sus manos para aplaudir a los hinchas quienes a sus vez, ovacionaban a los jugadores. No era lo habitual que por segunda temporada consecutiva, Defensores llegara a la última fecha con posibilidades de salir campeón. Luego de haber comenzado el torneo perdiendo los dos primeros partidos, empataron los tres siguientes y desde entonces, ya no dejaron de ganar. Sin grandes refuerzos y con un técnico que debió hacerse cargo luego de la sorpresiva renuncia de su predecesor, el equipo se preparaba para jugar el partido más importante de su historia.

Tanto el técnico anterior, como el goleador del equipo durante el torneo anterior, habían decidido continuar su carrera en otros clubes. El primero, fue contratado por un equipo del nacional B, para intentar ascender a primera división. Pobre de él, ahora peleaba por no descender de categoría. El nueve, en cambio, continuaba su racha goleadora en River Plate y ya se hablaba de que su futuro estaba en Europa. El alma del equipo, en cambio, había optado por quedarse un año más en el club. A pesar de las numerosas ofertas recibidas, el número diez, Juan José Ramírez, frustrado por haber perdido el campeonato anterior, decidió quedarse en el club que lo había visto surgir, convencido de que en esta ocasión lograrían el objetivo. El afecto  que los hinchas le brindaron por su gesto, no tenía precedentes y sólo podía compararse con la mala suerte que tuvo en la primera fecha.

Primer partido, primer minuto de juego y primera pelota que tocaba. También la primer patada de  un mediocampista con demasiada mala leche que lo sacó de la cancha y lo mandó directamente al quirófano. “Ligamentos cruzados”, decía el parte médico. Operación y una muy lenta recuperación. Desde aquel día, Ramírez no había logrado jugar más de veinte minutos seguidos sin resentirse de la lesión. Nadie quería decirlo, pero todos sabían que su carrera estaba terminada. El único que aún se tenía fe era él mismo. Kinesiología, alguna que otra nueva cirugía para arreglar otro problemita y nuevamente rehabilitación. Si a Ramírez lo consideraban un ídolo, a partir de ese momento fue considerado un Dios. Los hinchas no dejaban de sorprenderse con el esfuerzo que su ídolo ponía para volver a jugar. Mientras él intentaba recuperarse, sus compañeros, contagiados por el esfuerzo de su capitán, se cargaban un partido tras otro y convertían a Defensores en un sólido equipo de visitante e imbatible de local. Su arquero era la valla menos vencida y su nuevo goleador, era un pibe surgido en las inferiores del club que se perfilaba para crack.

Finalmente, había llegado la hora de la verdad y Defensores debía ganar, al menos por un gol para coronarse campeón. Su rival, era uno de los peores equipos del campeonato y sin embargo, en 25 minutos del primer tiempo, ya le iba ganando por dos a cero. Las caras en la tribuna lo decían todo. El bombo y el redoblante intentaban mantener el aliento alto, pero las gargantas de los hinchas estaban secas de los nervios. Durante los primeros 45 minutos, el equipo parecía no ser el mismo de siempre. Sin reacción, sin respuesta y sin alma. “Los comió la presión”, decía un viejo en lo bajo de la tribuna.

La hinchada no sabía si celebrar la salida del equipo para jugar el segundo tiempo o angustiarse de que al sueño sólo le quedaban 45 minutos. Nadie sabe lo que se habló en el vestuario durante el entretiempo, pero los once jugadores no parecían los mismos que los del primer tiempo. Tocaban corto y al pie, no regalaban la pelota y siempre encontraban un hombre libre para pasarla. Incluso el arquero, Arieta, jugaba con los pies como si fuera el último defensor del equipo. El cinco, encargado de reemplazar a Ramírez, también se lucía. Tocaba e iba a buscar, gambeteaba y provocaba faltas, obligando a la defensa rival a cargarse de amarillas y en un segundo de inspiración celestial, apiló a tres rivales y mandó el centro atrás, para que el joven nueve descuente con un cabezazo inatajable.

La hinchada eliminaba algo de la tensión acumulada y los futbolistas volvían a sus posiciones, apenas felicitando al goleador y al cinco devenido en diez. Entonces le tocó lucirse a Arieta, al cortar un avance rival de rodillas, sacando pecho y con los brazos extendidos al costado del cuerpo para reducir el ángulo de disparo del delantero rival, quién aprovechando la distracción de los locales, encaró al arco y amagó pero sin lograr que el arquero se mueva hasta el último segundo cuando se tiró a los pies quedándose limpiamente con la pelota. Mientras el árbitro desestimaba las protestas por una supuesta falta, el arquero se puso de pie y velozmente habilitó al ocho de su equipo, quien encaró en diagonal hacia el área, hizo creer a todos (incluso a sus compañeros) que daría un pase al centro del área pero eligió rematar al arco: travesaño, rebote, palomita del nueve y empate dos a dos.

Amigos y desconocidos se abrazaban en la tribuna. Los adultos alzaban a los niños para protegerlos de las avalanchas y los jóvenes, abrazaban a los viejos con el mismo fin. La euforia era total, pero fue aún mayor cuando vieron a Ramírez, sacarse la pechera y desde el costado del campo, disponerse para ingresar al equipo. El técnico, convencido de que no debía especular, consultó con Ramírez para saber si estaba preparado y lo mandó a la cancha.

“Ramírez… Ramírez…”, coreaba el público mientras él corría hacia el centro del campo de juego dándole indicaciones a sus compañeros. Doce minutos le quedaban para desplegar su magia y su primer contacto con el balón fue el esperado: Percibió de reojo la llegada de un rival y aunque no pudo evitar el feroz contacto contra su pierna lesionada, se preparó para que el golpe no le provocará ningún daño. Falta, tarjeta roja y una pequeña trifulca entre unos y otros. De ahí en más, Ramírez comenzó a crecer y a manejar los tiempos del partido y los hilos de su equipo. Inclinaba la cancha criteriosamente pero sin lograr la profundidad necesaria. Recién cuando tres minutos restaban para el final del partido, considerando que era el momento adecuado para dejar todos sus miedos de lado y arriesgar todo, tocó atrás, hacia el más adelantado de los defensores, quién le dio la pelota al marcador de punta para que corra con ella por la banda derecha y devolviera a Ramírez, ahora recostado sobre el lateral.

Ramírez tocó la pelota y avanzó, a media velocidad hasta que las camisetas rivales se acercaron. Aceleró y eludió a dos de ellos con una exquisita gambeta, luego tocó hacia el medio y fue a buscar la devolución. Recibió de zurda, adelantándola algunos centímetros. Dos jugadores -a los que podría haber eludido- salieron a su encuentro. Tocó a la derecha, a dónde lo había acompañado el marcador de punta para recibir ahora, en clara posición de ataque. Su fuerte era la velocidad y se decidió a sacarle provecho. Corrió con la pelota en sus pies, seguido por algunos rivales y, antes de ser alcanzado, devolvió al número diez quien era marcado por dos defensores. A uno lo sacó con el hombro, el otro quedó fuera de juego consecuencia del exquisito taco con el que Ramírez habilitó al goleador de su equipo. El pibe enganchó hacia la izquierda para eludir su marca, el defensor que se había barrido para quedarse con la pelota pasó de largo y le regaló el espacio para acomodarse. Los dos jugadores que habían intentado marcar a Ramírez, instintivamente corrieron a cerrarle el camino al arco y se descuidaron de lo que debería haber sido su mayor preocupación.

Ramírez recibió la devolución del nueve, con tiempo y espacio suficiente como para elegir con cuidado que iba a hacer con el balón. Observó al arquero y percibió el miedo que estaba sintiendo. También notó la expectativa de los hinchas ubicados detrás del arco. Tenía espacio para correr, eludir al guardametas y meterse, con pelota y todo adentro, pero como le sobraba tiempo para acomodarse, adelantó el balón algunos centímetros y dio un paso adelante para clavarla en el ángulo superior derecho del arco, donde ahora tenía clavada su vista.  Concentrado en el destino final que debía tener el disparo, no pudo anticipar el movimiento de un defensor, que desde atrás se arrojó al piso para detenerlo, golpeando de lleno la pantorrilla de la pierna de apoyo derribándolo violentamente. Ramírez no escuchó el silbato ni las discusiones de sus compañeros. Tampoco las protestas del técnico ni los insultos de los hinchas. Una y otra vez escuchaba el crack de su rodilla durante el impacto. El dolor que sentía no era localizado, se expandía por todo el cuerpo.

El médico del equipo corrió para asistirlo junto con los camilleros quienes querían sacarlo del campo de juego. El diez no permitió que se lo lleven y pidió que le apliquen el spray con anestesia. Luego, con mucho cuidado se puso de pie. Algo se había roto en su pierna pero no sentía dolor. Apoyó el pie con precaución porque la sensación de vacío que le provocaba la anestesia lo desestabilizaba. Se apoderó de la pelota y la acomodó en el lugar indicado por el juez, para ejecutar el tiro libre. Los delanteros y algunos defensores de su equipo fueron al área para esperar el centro, aunque sabían que esa pelota iría directamente al arco. Otro mediocampista de buena pegada, se paró a su lado  intentando generar algo de confusión en los rivales.

Respiró hondo, intentando dejar atrás cualquier pensamiento negativo. Pretendió olvidarse de todas las lesiones que había sufrido durante el último años y se esforzó por ignorar la extraña sensación en su pierna derecha. Recordó cuanto le había costado volver a ejecutar con precisión los tiros libres luego de la lesión. Fue como si todo el cuerpo se hubiera descalibrado y tuviese que adaptar, nuevamente cada movimiento para recuperar su exquisita pegada. “No me falles ahora”, le dijo a su pierna y emprendió su camino hacia el balón. El primer paso fue corto, el segundo apenas un poco más largo y el tercero, casi un salto para apoyar el pie izquierdo al lado de la pelota, mientras la pierna derecha, surcaba el aire desde atrás a toda velocidad e impactaba el balón de lleno con el empeine de su pie. La pelota viajó a toda velocidad hacia el arco, sin girar durante todo su recorrido. Pasó entre medio de la cabeza de dos de los jugadores de la barrera y tomó altura a medida que se acercaba al arco evitando así, que el esfuerzo del arquero, suspendido en el aire, la desviara.

Desde el piso, Ramírez no pudo ver el momento en que la red se infló. La pierna le había fallado justo antes de impactar el balón, pero soportó el dolor hasta haber ejecutado el disparo. Luego se desplomó sobre el campo de juego. La tribuna estalló, el árbitro pito el final y sus compañeros corrieron hacia él, formando una montaña humana. Defensores se consagraba campeón por primera vez y jugaría la temporada siguiente en el nacional B. Ramírez era llevado en andas por toda la cancha llorando de emoción y de dolor. Todo el esfuerzo que había hecho para recuperarse había rendido sus frutos, pero sabía que ese era el final de su corta carrera. Ni su cuerpo, ni su mente, estaban en condiciones de afrontar otra difícil recuperación.

En andas de sus compañeros, daba la vuelta olímpica intentando guardar en su memoria, cada uno de los rostros de esos hinchas que festejaban el título obtenido, pero no podía ver a un viejo sentado en lo más alto de la tribuna quien, desde ese lugar, podía apreciar la totalidad del campo de juego. Estaba impecable. El césped recién regado, los arcos sin redes y las tribunas vacías. Con ese panorama, se encontró cuando abrió los ojos, aunque aún podía escuchar los gritos de la hinchada. Varios años habían pasado desde ese día histórico, pero su mente parecía haberse detenido allí. Sentado en lo más alto de la tribuna, con muchos años encima y acompañado solamente por su bastón, Juan José Ramírez revivía todos los días desde allí, su último día de gloria.

 

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