Después de hora

Tengo la suerte de trabajar para unos amigos

Y digo que tengo la suerte, porque de alguna manera hay que ganarse la vida; mucho mejor si lo hacemos entre amigos. Aunque alguna vez tendríamos que revisar la expresión de “ganarse la vida” y quizás comenzar a decir “perderse la vida”, a la hora de hablar de ir a trabajar cada uno de los días de nuestras vidas.

Si fuera así, este texto comenzaría diciendo: “Tengo la suerte de perderme la vida con unos amigos”… Pero esa es otra historia.

Que quede claro que digo que trabajo PARA unos amigos y no CON unos amigos, ya que cumplo el rol de un empleado común y corriente. Sólo que por conocer a mis empleadores con anterioridad a nuestra relación laboral, tengo ciertos privilegios: Puedo llevar a mi hijo mayor al trabajo; en ocasiones viene mi esposa con el más chico a tomar unos mates y cuando están “mis jefes” tenemos charlas distendidas y divertidas sobre los temas que nos interesan y que nos convirtieron en amigos previamente.

A la hora de trabajar lo hago sabiendo de asumí un compromiso, como jamás hice en ninguno de mis trabajos anteriores. Habitualmente es tal mi decepción y resentimiento con la vida a la hora de ir a trabajar que término haciendo lo mínimo indispensable para que no me echen, disimulando mi desgano y aparentando ser el mejor de todos los empleados (esta es la parte que mejor me sale).

En cambio, actualmente intento actuar con la misma responsabilidad que supongo lo hace un comerciante con su propio negocio, dejando de lado el hecho de ser tan solo un empleado, para demostrarme a mí mismo que puedo desempeñarme de la manera que me gustaría que lo hiciera algún empleado mío, llegado el caso de que llegara a tener uno.

Esto es, no sólo por agradecimiento a ellos al haber confiado en mí, sino para demostrarme a mí mismo que puedo asumir un compromiso de esta manera.

El trabajo que me toca a mí es muy sencillo: Tengo que despachar el mostrador en un comercio de alimentos. Vender, cobrar y atender amablemente. Prácticamente no tengo que hacer mayores esfuerzos. Estoy muy acostumbrado a cumplir un horario fijo por mis trabajos anteriores por lo que espero desesperadamente las nueve de la noche para bajar la cortina y emprender el regreso a casa. Como en todo comercio, muchas veces, faltando un minuto para cerrar, entra un cliente y se queda comprando durante un largo rato. Generalmente, ese cliente que viene a última hora no compra rápido, sino que se toma el tiempo de elegir y pedir el producto más complicado que tengamos, haciéndonos ensuciar y desordenar lo que ya habíamos dejado limpio y en perfecto orden.

A pesar de insultar a todos los dioses cada vez que aparece algún rezagado, siempre los atiendo con la mejor predisposición y jamás le negué la entrada a nadie. Ni siquiera cuando la cortina ya estaba bajando, yo del lado de afuera con los candados en la mano y listo para partir. No  sólo por mi compromiso, sino porque yo también soy cliente de otros comercios y más de una vez quise matar al empleaducho que desde adentro se niega a atenderme si llego un minuto tarde, obligándome a caminar cinco o diez cuadras para poder tomar gaseosa durante la cena.

De modo que, siempre hago un “sacrificio” e  intento darle una buena atención al cliente. Hasta hace algunos días…

Eran las nueve de la noche en punto cuando cerré la puerta con llave y el cartelito de VISA pasó de ABIERTO a CERRADO. Me cambié de ropa en el cuartito de atrás para viajar en colectivo con un aspecto respetable. Al volver al mostrador vi que alguien que desde afuera me preguntaba mediante gestos si quedaba tiempo para una venta más. Con el mejor gesto de buena voluntad que pude, me acerqué y le abrí la puerta dándole las buenas noches.

Al ubicarme del lado del mostrador correspondiente me indicó lo que deseaba. Por suerte, era algo rápido y sencillo. Mientras lo preparaba, de espaldas al cliente,  tuve una sensación extraña y al darme vuelta lo vi que había cruzado el mostrador y me apuntaba con una pistola a unos centímetros de distancia.

-Quedáte tranquilo y dame toda la plata- me indicó.

(¿Por suerte?) No era mi primer contacto con un arma apuntándome, de modo que no me causó gran impresión y conservé la calma como si me hubiera mostrado una credencial que indicaba cual era su profesión. Abrí la caja registradora y me hice a un lado para que pudiera servirse a su antojo y me encontré con el primer inconveniente:

-No. Dame la recaudación del día. Esto no me interesa- me dijo, mientras vaciaba la caja con sus dos manos.

-No hay más plata que esa- dije aún tranquilo,-Ya se la llevaron los dueños.

-No te hagas el pelotudo y dame la recaudación del día porque te cago a tiros.

Tragué saliva. Yo no estaba mintiendo pero iba a ser muy difícil convencerlo de eso.

Con el arma en la cintura, tomaba todo el dinero que “no le interesaba” de la caja registradora mientras yo observaba la situación a dos pasos. Esto parecía incomodarlo y se daba vuelta permanentemente para ver si yo seguía en mi lugar o estaba intentando aplicarle algún golpe mortal.

Con el último billete de la caja en su bolsillo volvió a pedirme la plata grande. Comenzaba a incomodarme su insistencia y decidí invitarlo a ver el nombre del titular del comercio, creyendo que al leer un nombre femenino, me pediría disculpas por haber dudado y se marcharía satisfecho con su botín, pero no fue así.

-¡Que carajo me importa quién es el dueño!- dijo y procedió a revisarme los bolsillos del pantalón, de la campera, el morral y mi billetera de donde se llevó unos treinta pesos mientras insistía con conocer la ubicación del dinero que ya no estaba en el local.

Mientras revisaba todo el local en busca de más dinero, encontró mi celular y se lo guardó en el bolsillo.

“Todo tiene un límite” pensé y le pedí que me lo devolviera -¿Vale dos mangos y te lo vas a llevar?- le dije.

Sorprendentemente, volvió a dejarlo donde estaba y me pidió nuevamente que le dijera donde guardábamos el dinero, pero antes de poder reiterar alguna de mis respuestas anteriores, se escuchó el  PRIP de los exitosos y una voz le indicó por el radio que ya era hora de retirarse.

Lo hizo, después de indicarme que si lo seguía iba a tener que matarme, por lo que decidí no hacerlo y encerrarme con llave en el local.

Mientras esperé la  llegada la policía y de los dueños del negocio, me di cuenta que si ni hubiera sido complaciente con este “cliente” de última hora y solo lo hubiera ignorado o indicado con el pulgar que ya estaba cerrado, me habría ahorrado un mal momento.

Me intrigaba qué sucedería al día siguiente ante la misma situación. ¿Volvería a darle mi mejor sonrisa a esa persona que a última hora se acuerda que tiene que comer? ¿O debido al trauma generado por el reciente robo me negaría a abrirle la puerta a cualquier persona, incluso cinco minutos antes de la hora de cierre?

Recordé al Loco Miguel. Un loco de Lanús que atendía un almacén hasta altas horas de la noche.

El Loco Miguel estaba loco y en una ocasión en que entraron a asaltarlo lo cagaron a tiros. Desde entonces, a determinada hora cerraba la puerta y atendía por una pequeña ventana similar a la de las farmacias de turno.

No sé bien como pasó, pero el loco siguió siendo asaltado y con cada robo se volvía más loco. Aumentaba la seguridad poniendo rejas, cámaras de vigilancia, cerraduras electrónicas pero siempre volvían a asaltarlo y como se resistía, lo cagaban a palos o a tiros.

Como todo loco, Miguel terminó atendiendo con el arma en la cintura. Respondiendo con balas a cualquiera que le pareciera sospechoso. La gente tenía miedo de comprarle a él, pero como era el único que tenía abierto hasta tarde, seguía haciéndolo.

Su problema se agravó cuando dejó de atender a los extraños y a los que le parecían chorros y empeoró cuando ya se negaba a atender a cualquier persona. Una noche, muy tarde, mi vieja fue hasta lo del loco a comprar agua mineral y él se negó a atenderla argumentando que ya no le quedaba ninguna botella, a pesar de que mi vieja podía verlas sobre las repisas. Esa, fue la última vez que mi vieja fue a comprar ahí y poco tiempo después el loco cerró su negocio.

Yo sabía que no me convertiría en un loco como Miguel, pero también sabía que debía tomar alguna medida de seguridad para que esto no volviera a ocurrirme. Así como cuando nos asaltan en una esquina, dejamos de pasar por allí, creyendo que el ladrón estará esperándonos siempre en el mismo lugar.

Decidí entonces que había llegado el momento de no atender más a nadie después del cierre. A partir del día siguiente al robo, le negaría la entrada a toda persona que quisiera hacerlo después de las nueve de la noche, sin importar quién fuera. Y si se llegara a enojar, al demoño con ella. Después de todo, es mi vida la que está en juego.

Mientras continuaba esperando la llegada de la policía y de los dueños, una joven pasó por la puerta y se detuvo sorprendida de que todavía estuviera abierto el negocio. Seguramente había olvidado comprar la cena y nuestro local, aún abierto le solucionaba la noche. Cuando hizo contacto visual me preguntó mediante gestos si quedaba tiempo para una venta más.

Con el mejor gesto de buena voluntad que pude poner, me acerqué y le abrí la puerta dándole las buenas noches.

¿Qué te pareció este texto?

Comentario

Readers Comments (6)

  1. Laurabuela 06/01/2013 @ 23:31

    Muy…. muy bueno

  2. Te felicito!
    Me emociona y te felicito!

  3. genialllllllllll

  4. Yo me emociono de lo que se me da la gana!

Leave a comment

Your email address will not be published.