Lo mejor que nos pasó, a mi amigo Luis y a mí, mientras trabajábamos para TeVe Compras fue cruzarnos con Luis Zamora, una tarde que habíamos salido a comprar algo para comer durante nuestro break.

Para mí, según me había explicado mi profesor de Cívica en segundo año de la secundaria, Zamora era el único dirigente político que, amparándose en sus fueros, tuvo el coraje de insultar en persona a George Bush padre diciéndole que era una bola de mierda. También recordé, mientras lo veía caminar por la vereda en sentido opuesto al nuestro, la ocasión en que incitado por uno de los periodistas de CQC, Mauricio Macri había intentado estrechar su mano con la de Zamora y había sufrido un feroz y muy poco elegante rechazo por parte del histórico diputado de la izquierda.

Así que ahí venía Zamora. Con su pelo revuelto, usando una clásica camisa de color azul colectivero y hablando por teléfono. Algunos años antes, lo había encontrado viajando en el 50, a la altura del Congreso, donde pude ver a varios pasajeros que lo saludaban y le expresaban sus respetos. Zamora agradecía cada saludo con una sonrisa y estrechando la mano de cualquiera que se la tendiera.

Ahí estábamos nosotros, codeándonos mutuamente con disimulo para que no se notara que lo habíamos reconocido. Zamora caminaba con la mirada clavada en el piso, por lo que jamás se percató de nuestra presencia.

Al pasar a su lado, intenté agudizar el oído para escuchar lo que Zamora le decía a la persona con la que hablaba. Imaginé que podría ser algún dirigente político con el que intentaba resolver algunos de los tantos problemas que el país atravesaba por aquel entonces. No fue necesario prestar demasiada atención porque en el preciso momento en que pasó a nuestro lado, Zamora gritó.

Primero, se sorprendió al escuchar lo que su interlocutor le dijo al otro lado del teléfono. Luego, preguntó a los gritos sobre lo que había pasado para que la otra persona le diera las explicaciones correspondientes. Recuerdo exactamente lo que Zamora gritó en ese momento por la sorpresa que me causó y porque además, Luis y yo, pocas veces nos habíamos reído tanto como esa tardenoche.

—¡¿Qué?!— fue lo primero que gritó Zamora para después, verdaderamente enojado, ampliar su interrogatorio— ¡¿Cómo que se rompió el televisor?!

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