Hora pico en la ciudad de Buenos Aires.  Las calles y avenidas abarrotadas de vehículos, colectivos repletos, taxis ocupados, autopistas colapsadas y los subtes colmados en su capacidad con gente que empuja para subir, antes de que la puerta se cierre.

En ese contexto, el protagonista de esta historia, sale de su casa con cinco minutos de demora. No tiene dudas de que llegará tarde a su trabajo, solo resta saber de cuánto tiempo será la demora.

Tomar un taxi esta fuera de su presupuesto. No tiene auto, ni tampoco algún vecino que pueda alcanzarlo. El subte no es una alternativa porque no soporta el amontonamiento que se sufre en bajo tierra a esa hora.

Su transporte, como siempre, es el colectivo. Aunque sabe que también viajará apretado, pero poder ver el cielo y sentir el aire entrando por las ventanillas le ayuda a sobrellevarlo. Además es habitual que algunas paradas después de subir él, el colectivo colme su capacidad por lo que ya no se detendrá a cargar pasajeros hasta varias cuadras más adelante. A diferencia del subte que sigue abriendo las puertas obligando al pasaje a compactarse hasta niveles inhumanos. Allí el que quiere subir empuja, al igual que el que quiere bajar y entremedio hay gente que lo único que quiere, es no ser víctima de ese big bang urbano.

Al llegar a la avenida donde debe esperar su colectivo, ve que el mismo ya recogió a los pasajeros y está aguardando, con la puerta cerrada, que el semáforo cambie a verde para continuar con su recorrido.

No acostumbra a acercarse y golpear la puerta para que lo dejen subir fuera de la parada ya que tiene la idea que solo hacen esa excepción cuando quien lo pide es una chica joven, pero como el colectivo no estaba muy lleno y ya era demasiado tarde, hizo una excepción.

Bajó el cordón y golpeó tímidamente la puerta para que el chofer no se moleste con él, pero este, mantuvo la mirada fija en el semáforo. Volvió a dar tres golpecitos, apenas un poco mas fuertes logrando que el chofer lo mirara y solo con un movimiento de la cabeza le indicara que no iba a abrirle la puerta.

Maldijo en voz baja mientras caminaba hacia la parada. Pero no se enojó con el chofer, sino con él mismo por hacer lo que sabía que no le daría ningún resultado.

Llegó a la parada y vio que un nuevo colectivo se acercaba. Junto con otras  tres personas más que estaban esperando, extendieron el brazo derecho para detenerlo y vieron como su colectivo pasaba de largo, a pesar de las personas que le pedían que se detenga. Seguramente venía retrasado y al ver el semáforo en verde decidió acelerar.

Nuestro protagonista intentó no hacer contacto visual con sus ocasionales compañeros porque todos se estaban quejando y buscaban a alguien con quien poder seguir haciéndolo.

Cuando el próximo colectivo que llegó a la parada, debido a la gran cantidad de gente que viajaba en él, solo abrió las puertas traseras para que descendieran algunos pocos pasajeros y  no permitió el ascenso de quienes ya llevaban un rato esperando, no pudo contenerse y se quejó con la señora que lo seguía en la fila. “¡Cada día se viaja peor!” dijo la señora. Él asintió y volvió a concentrarse en el horizonte esperando la llegada de su colectivo.

Cuando este por fin apareció, la fila que aguardaba ya tenía más de diez personas y era obvio que lograr subir iba a ser aún más difícil.

Varias manos se extendieron para detenerlo, pero el tráfico paralizado en el semáforo no permitió que el colectivo llegara a la parada. Quienes allí estaban esperando, dudaban si avanzar hacia donde este se encontraba o esperar a que el tráfico circulara. Existía el riesgo que no les abriera la puerta por no aguardar en el lugar correspondiente.

Al ver que el colectivo abría sus puertas traseras para permitir el descenso, una joven madre con su hija que aguardaba en la parada decidió no esperar más y caminó velozmente hacia él. Tras ella fueron todos los que aguardaban, pero al cambiar la luz del semáforo, el colectivo arrancó sin reparar en la decena de personas que se acercaban hacia él.

Algunos pasajeros insultaron al chofer y a la madre del mismo.

Algo parecido pasó con el colectivo que vino a continuación. Este también se tuvo que detener antes por el tráfico, pero en esta ocasión ningún pasajero se movió de la parada, esperando que al volver al circular el tráfico, el chofer se detuviera en ella para permitirles subir.

Contrariamente el chofer, una vez que arrancó, no se volvió a detener. Dejando nuevamente a todos el grupo sin viajar. En esta ocasión la que insultó fue la joven mama, que se lamentaba por no haber avanzado como si había hecho con el colectivo anterior.

Más de 15 personas esperaban ahora el colectivo. Todos de mal humor. Algunos habían elegido tomar otra línea, aunque tuvieran que caminar algunas cuadras de más, pero otras personas iban llegando y hasta ahora, nadie había logrado subir.

El protagonista de esta historia consideró que debía cambiar de actitud si quería  llegar a su trabajo, de modo que comenzó a caminar algunas cuadras en sentido contrario al tráfico con la idea de subir en la parada anterior.

Solo avanzó unos cincuenta metros cuando vio pasar su colectivo. Se detuvo para mirarlo. Iba casi vacío y tuvo que observar cómo se acercaba al cordón, permitiendo a toda la gente que esperaba en la parada subir ordenadamente y sentarse. Creyó ver que uno de sus ex-compañeros de parada lo miraba con una sonrisa.

Corrió hacia el colectivo, esquivando peatones, pozos y canteros con plantas. Logró mantenerse en pie a pesar de haber trastabillado y cuando llegaba a la parte de atrás del colectivo, el último pasajero subió y el colectivo arrancó.
Detuvo su carrera agitado y muy enojado. No tanto por haber perdido el colectivo, sino por haberlo corrido.

Hizo a un lado la idea de caminar hacia otra parada y se quedó esperando allí, frustrado. A pesar del enorme impulso que tenía de volverse a su casa, se quedó porque debía llegar a su trabajo.

Diez minutos tardó el próximo colectivo en llegar. Solo tres personas lo esperaban: Una embarazada, una anciana y una madre con su hijo de jardín de infantes.

Cuando el colectivo se detuvo, la madre dejó subir a la anciana quien a su vez, dejo subir a la embarazada. Subió una, lo hizo también la otra, pero el niño demoró mucho en subir y para cuando la madre logró poner un pie en el escalón, el colectivo arrancó e impidió que él subiera.

Cuarenta minutos habían pasado desde que llegó a la parada. Se dio cuenta que ya había perdido el presentismo y posiblemente el día. Decidió darse media vuelta y volver a su casa. Quizás llamaría diciendo que estaba enfermo.

Al llegar a la esquina, observó hacia la parada con melancolía y pudo ver que un muchacho llegaba lentamente, extendía su brazo y subía al colectivo que se había detenido para permitirle hacerlo.