Nunca fueron sencillos los octavos de final para Argentina. De los que yo pude ver, en el 90 ganamos gracias a la inspiración del Diego y a la definición del Cani (ambos protagonistas del nuevo himno mundialista que se canta en Brasil); en el 94 perdimos con Rumania luego de que le cortaran las piernas a Maradona; en el 98 le ganamos por penales a Inglaterra gracias a que Roa atajó dos, después de que Crespo errara el suyo; en el 2002 ni siquiera clasificamos a octavos; en el 2006 ganamos con el zapatazo de Maxi Rodríguez contra el México de La Volpe y en 2010, con Maradona en el banco, fue la única vez que clasificamos cómodamente al ganarle a México por 3 a 1. No es ninguna novedad haber llegado a cuartos de final sufriendo.

festejo

Nos gustaría que no fuera así. Que jugáramos lindo y que nos luciéramos frente a todo el mundo, pero no nos sale. Nos alegramos cuando vimos que los poderosos se agolparon al otro lado de la llave porque creímos que eso nos allanaría el camino. Brasil, Alemania, Francia y la Colombia de nuestro Pekerman se eliminaran mutuamente y solo podremos enfrentarnos a uno de ellos, en caso de llegar a la final o al amargo partido por el tercer puesto. De nuestro lado, el único cuco que asusta es Holanda, pero ahora que tenemos que jugar contra Bélgica, pretenden hacernos creer que ellos también son un rival a nuestra medida. Y quizás lo sean… Si una insípida selección de Suiza logró complicarnos lo suficiente como para llegar al final del alargue con incertidumbre en el resultado, es muy probable que cualquier equipo con un poco más de fútbol pueda lastimarnos. Pero en lo personal y sentado cómodamente en el sillón de casa, prefiero que jueguen contra equipos que se animen a faltarle el respeto, antes que contra rivales cuyo único objetivo sea truncar el juego argentino.


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Sufriendo, jugando mal y complicándose más por errores propios que por virtudes ajenas, la selección argentina ya está en cuartos de final y vuelve a posicionarse entre las ocho mejores del mundo, como bien indica su puesto número cinco en el ranking oficial de FIFA. Será entonces el momento para que estos jugadores encuentren el juego ideal que les permita avanzar a una nueva rueda de esta copa y conseguir, por primera vez desde Italia 90, jugar el máximo posible de partidos en un mundial. En caso de hacerlo, Argentina volverá a ser uno de los cuatro mejores.

Ese es el lugar en que creemos que merecemos estar aunque prácticamente no tengamos nada en que sustentar esa creencia. A pesar de los malos resultados deportivos de la selección, de nuestro fútbol local cada día menos vistoso y de la dirigencia de los clubes que pareciera no conformarse hasta extinguir completamente el fútbol que nos gusta, nosotros seguimos creyendo que merecemos ocupar un lugar de elite en el fútbol mundial. También algunos futbolistas creen eso. Quizás porque crecieron escuchando hablar de las patriadas de Kempes, Passarella, Maradona y Burruchaga; tal vez porque nacieron en una tierra en la que todos soñamos con ser campeones del mundo; o quizás simplemente porque son ellos los que conforman esa misma elite cuando juegan para sus clubes y están acostumbrados a llegar siempre un poco más allá.


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Por eso Messi intentó una vez más, a pesar de que durante 118 minutos no le había salido ninguna. Por eso Di María siguió corriendo cuando por lógica, debería haber estado acalambrado. Quizás sea por eso que este grupo de jugadores, contra Bélgica, pueda encontrar ese plus que hace llegar a equipos como el de Italia 90 a una final. Esa mística o valor añadido que después de tantos años y de una buena vez, pueda llevarnos desde el lugar que nos merecemos, hasta el lugar que creemos que nos corresponde y en el que tanto nos gustaría estar.