El Niño Que Deseaba Volar

Juanchi tenía ocho años la primera vez que sintió el impulso de volar. No estaba viendo una película de Superman ni de ningún otro superhéroe. Estaba en la puerta de su casa, observando unas palomas que tomaban agua acumulada junto al cordón de la vereda cuando sobresaltadas por un auto que pasó a alta velocidad, volaron hasta un sitio seguro para luego volver a bajar. Fue como si hubiera visto todo en cámara lenta. El desplegar de las alas, el aleteo posterior, las patas despegándose del suelo. Una excelente sucesión de movimientos que lo maravillaron. Corrió hacia donde estaba su madre y le dijo que quería volar. Sonriendo mientras le acariciaba la cabeza con ternura, ella le explicó que no podría hacerlo porque los seres humanos no volaban. Juanchi casi no le prestó atención y corrió en círculos, extendiendo sus brazos al costado del cuerpo como si estos fueran sus propias alas.

Su padre fue más complaciente y durante la cena le explicó que tendría posibilidades de volar si se dedicaba a pilotear aviones y fue así como, a los ocho años, Juanchi supo exactamente lo que quería ser cuando fuera grande.

Desde ese momento, Juanchi no se interesó nunca más por ningún vehículo que se desplazara por tierra. Helicópteros, aviones, cohetes, planeadores… Coleccionaba todo tipo de réplicas, sabía dibujar cada modelo a la perfección y hasta se animaba a inventar sus propios diseños. En el patio de su casa, dentro de una enorme pajarera, Juanchi criaba decenas de aves que luego de algún período de tiempo, eran liberadas. No estaba de acuerdo con los que decían que un ave criada en cautiverio no tendría chances de sobrevivir en libertad. Consideraba que las aves eran libres por naturaleza y lo reafirmaba cada vez que un ave liberada por él, volvía para alimentarse.

Por las noches Juanchi soñaba que podía volar. A bordo de un avión, realizaba todo tipo de piruetas y disfrutaba mucho al sentir la fuerza de gravedad dentro de su propio cuerpo. Otras noches, no era un piloto sino el propio avión. Todo su cuerpo era una parte de la nave que surcaba el cielo a alta velocidad y sentía el viento golpeando su rostro violentamente. Pero el mejor de todos los sueños era ese en el que usando solamente su cuerpo, volaba sin ningún inconveniente. Subía alto en el cielo, para luego descender en caída libre hasta que unos segundos antes de impactar contra el suelo, unas enormes alas blancas se desplegaban desde su espalda y lo ayudaban a planear por la ciudad. Juanchi despertaba transpirado en medio de la noche y con la adrenalina todavía alta, se desilusionaba al verse en su cama, acostado y completamente imposibilitado de volar.

A medida que Juanchi iba creciendo, también lo hacía su pasión. Su madre temía que estuviera obsesionado con los aviones y su padre intentaba alentarlo a que construya una profesión con aquello que tanto le gustaba. Nada de eso le importaba a Juanchi. A él no le gustaban ni los aviones, ni convertirse en piloto de uno. Juanchi solo quería volar. Muchos se reían de su pasión y los más escépticos le sugerían que la dejara de lado de una vez por todas y dedicara su vida a hacer algo útil.

Terminar la secundaria le produjo sensaciones encontradas: por un lado y a pesar de su escaso interés, comenzó a estudiar para ser piloto. Por el otro, alcanzar la mayoría de edad le permitió acercarse de una vez por todas a esas sensaciones con las que hasta ese momento, solo había podido soñar. Lo primero que hizo fue saltar en paracaídas, pero como era principiante lo obligaron a hacerlo enganchado al guía y casi no pudo disfrutarlo. Una vez que terminó el curso y pudo arrojarse solo desde el avión, Juanchi se sintió pleno durante algunos segundos. Muy pocos segundos. No importaba desde que altura saltara, siempre duraba demasiado poco. Centésimas de segundos antes de abrir el paracaídas, se concentraba y con toda su fuerza desafiaba la ley de la gravedad sin éxito. En una ocasión, se sintió tan cerca de lograrlo que demoró algunos segundos en abrir el paracaídas y cayó violentamente al piso fracturándose ambas piernas.

El tiempo que tuvo que permanecer en la cama y en rehabilitación le pareció una eternidad. Su madre lloraba a su lado rogándole que nunca más vuelva a hacerlo y su padre, resignado, lo acompañaba en silencio. Juanchi no soportó ver a su madre llorar tanto y le prometió jamás volver a saltar en paracaídas. Cumplió, pero se dedicó a practicar ala delta y parapente. Feliz de permanecer tanto tiempo en el aire, Juanchi lo hacía cada vez que podía pero le molestaba tener que estar aferrado a esos artefactos antinaturales para poder volar. “¿Por qué demonios el hombre no fue creado para volar?, se preguntaba Juanchi observando a los pájaros que volaban sin posibilidad de tomar consciencia de lo maravilloso que era hacerlo.

Luego de mucho esfuerzo, por fin Juanchi recibió su uniforme y se convirtió en un respetado piloto de aerolínea. Era un gran profesional y todos sus compañeros adoraban volar con él. Su madre esta vez lloró pero de orgullo al verlo por primera vez con el uniforme puesto y su padre se emocionó en silenció. Sin embargo, ese fue el período más triste en la vida de Juanchi. Encerrado en esos pájaros metálicos le resultaba imposible percibir que estaba volando. El tiempo que le demandaba su trabajo era demasiado y casi no tenia espacio para volar de la manera que a él le gustaba. Lo peor para Juanchi, era que sus sueños se repetían cada noche sin cesar y con mayor intensidad. Pero hubo uno, un sueño en particular que fue diferente a todos. Juanchi volaba y como cada noche lo hacía con sus propias alas. Blancas, enormes. El sol se reflejaba en ellas mientras se movían quebrando el aire a toda velocidad. Su corazón latía fuerte, el viento impactaba de lleno en su rostro y Juanchi era completamente feliz. El sueño fue tan real que al despertar, dudó de que solo hubiera sido un sueño. La sensación de bienestar permanecía en su cuerpo y junto con ella, el impulso de volar. Esa mañana Juanchi tenía un vuelo programado de modo que madrugo e intencionalmente apagó el celular y lo dejó guardado en un cajón.

Se dirigió al centro de la ciudad y con su uniforme de piloto puesto, entró al edificio más alto de todos. Llegó a la terraza y desde allí observo toda la ciudad. El sol comenzaba a aparecer en el horizonte y la luces del alba comenzaban a brillar más que las luminarias públicas. A lo lejos, Juanchi divisó un avión que ascendía en el cielo. Le pareció hermoso y deseo ser él mismo ese avión. Un pájaro se cruzó delante de sus ojos y pudo apreciar el movimiento coordinado entre el cuerpo y las alas. Unas palomas caminaban a pocos metros de donde él estaba y vio, como cuando era niño, el maravilloso movimiento del ave levantando vuelo hasta perderse de vista. Tuvo el mismo impulso que la primera vez que notó lo hermoso que sería volar, pero a diferencia de cuando era un niño, no estaba su madre para recordarle que él nunca podría hacerlo.

Juanchi se quitó la parte de arriba del uniforme. Respiró hondo cerrando los ojos y sintió, una vez más, el latido de su corazón y una profunda necesidad de volar. Juanchi dio entonces dos pasos caminando para luego correr hacia la cornisa a toda velocidad, contuvo su respiración, extendió sus brazos y voló.

 

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Comentario

Readers Comments (2)

  1. Laurabuela 27/10/2013 @ 22:46

    POR QUE?!!? Venia tan linda la historia y tuvo que volar…………….

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