-¿Qué tal Leandro? ¿Cómo estas tanto tiempo?- dijo la voz a mis espaldas, provocando que me atragantara con el mate que estaba tomando.

Giré para ver quién me hablaba y me sorprendí al verlo de pie, observándome desde la entrada de la cocina. La sonrisa de su rostro provocó que el susto le dejara lugar a la sorpresa por su increíble parecido con Jon Hamm.

-Bien…- Respondí dudando a pesar de no saber quién era.

Por alguna razón, a pesar de la intriga que tenía omití preguntárselo.

-¿Cómo entraste?- dije para no preguntarle quién era.

Se acercó a la mesa y se sentó en la silla opuesta a la mía, apoyando sus antebrazos sobre la mesa para quedar inclinado hacia mí.

-Esa no es la pregunta correcta- respondió.

Quedamos en silencio durante algunos segundos. Mientras mi cabeza comenzaba a pensar en cuál sería la pregunta correcta, me iba olvidando del pequeño detalle de no tener la menor idea de con quién estaba hablando. Un instante después me pidió un mate.

Lo cebé como siempre, con mucho cuidado, vertiendo lentamente el agua sobre la bombilla para que la yerba se humedezca lentamente desde abajo hacia arriba y se lo ofrecí. Al tomarlo hizo un gesto de disgusto y noté que tuvo que contener las ganas de escupirlo.

-¿Por qué estas tomando amargo?- me preguntó ni bien logro tragarlo.

-Porque me olvidé el azúcar en la mesada y no tenía ganas de levantarme a buscarla.

-Siempre lo mismo…- reflexionó con desagrado mientras me devolvía el mate golpeando la mesa al apoyarlo.- ¿Vas a hacer la pregunta de una vez por todas?

Sin dudar, descarté las preguntas de “quién sos”, o “de dónde te conozco” e hice la que me pareció la más indicada:

-¿Por qué estas acá?

-¡Muy bien Leandrito!- exclamó.- Creí que ibas a tardar un poco más en acordarte de mí.

-La verdad es que no me acuerdo- me sinceré- ¿De dónde nos conocemos?

No pareció ofenderse por mi falta de memoria.

-Otra vez la pregunta incorrecta- respondió.- Lo importante no es dónde sino cuándo nos conocimos.

Hubo otro silencio, pero al darse cuenta que yo no tenía ni la menor idea de lo que me decía, continuó.

-Ya nos hemos visto Leandro, un par de veces en tu vida. Siempre aparezco cuando se despierta un gran deseo en vos.

Inmediatamente recordé la película Wishmaster, pero me obligué a concentrarme en la conversación.

-La primera fue cuando tan solo eras un adolescente con la cara llena de granos y estabas convencido de lo que querías hacer de tu vida. ¿Te acordas qué era?- preguntó.

-¡Claro que sí!- respondí – Quería triunfar como profesor de artes marciales y lo logré. Conocí nuevos lugares, muchos alumnos y familiares que me brindaros su cariño, personas que…

-Exactamente- me interrumpió.- En ese momento fue cuando tuvimos nuestra primera conversación.

-No me acuerdo para nada- le confesé.

-Claro que no. De eso se trata- aseguró.- Además, siempre tomo la forma de alguna imágen familiar para que no se asusten. Esa vez nos encontramos en Escalada. En ese lugar donde la gente va a correr y a andar en bicicleta.

-¿El velódromo?- pregunté yo y el asintió con su cabeza- No me digas nada…-Intenté adivinar teniendo por primera vez una remota idea de con quien estaba hablando.- ¿Esa vez tomaste la forma de una mujer?

Me dijo que si y yo le dije que me lo imaginaba.

-Debí haberlo sabido…- Reflexioné.

Me cebé otro mate. Ahora además de estar amargo estaba lavado y frío.

-¿Y la otra vez?- le pregunté.

-¿Cuál fue tu siguiente gran deseo?- repreguntó él.

-¿Formar una familia?- respondí dubitativo.

-¡Eso es!- dijo golpeando la mesa con la palma de la mano.

-Pero vos no tuviste nada que ver con eso- aseguré.- Nosotros nos enamoramos y formamos nuestra familia en base a ese amor.

Antes de que yo lograra terminar la frase comenzó a reír. Con cada carcajada, se inclinaba hacía atrás tomándose la barriga con las dos manos. Temí y desee, que la pata de la silla se deslizara provocando que se cayera al piso pero no sucedió.

-¿Realmente crees que yo no tuve nada que ver con eso?- no esperó mi respuesta para continuar.- ¿Te acordas de lo que eras vos antes de formar esta familia? ¿Pasa por tu cabeza la idea de que tu esposa se pudiera haber enamorado en aquel momento?

No tuve que responder. Tanto él como yo, sabíamos que mi expectativa de vida por aquella época no llegaba ni siquiera a fin de mes. Era muy poco probable que a esta altura yo hubiera formado una familia felíz.

Agache la cabeza para darle la razón.

-Leandrito, Leandrito…- volvió a inclinarse hacia adelante sobre la mesa.- Si pensas bien, lograras recordar que forma tomé en esa oportunidad.

-No necesito pensarlo- aseguré con la cabeza gacha aún.- Por la época me imagino que eras Sebastián, el gerente de mi primer trabajo como telemarketer.

-Casi ni tuve que disfrazarme- recordó con nostalgia.

Levanté la cabeza con miedo y lo miré a los ojos.- ¿Por qué estas acá?

-Ya te lo dije: siempre aparezco cuando nace un gran deseo.

-¿Qué deseo?- quise saber.

-Supongo yo que querrás llegar a algo con ese blogcito que abriste. Querrás que la gente lo lea, que lo recomiende y comparta. Quizás te gustaría lograr publicar un libro algún día. Hasta sos capaz de animarte a soñar con un poquitito más. ¿Me equivoco?

Me limite a negar con la cabeza.

-¿Y bien..?- continuó.- ¿Qué estás dispuesto a dar en esta ocasión?

-¿A dar?- me sorprendí.

Su rostro cambió. Se acercó hasta quedar cara a cara conmigo y su voz sonó mucho más grave que antes.

-Me estoy cansando de que me hagas perder el tiempo- rugió.- Esto es un intercambio Leandro. Yo doy algo y vos también. ¿Me explico?

Asentí con miedo, percibiendo un escalofrío que comenzaba a recorrer mi cuerpo. Él continuó con su explicación.

-Cuando eras un adolescente lleno de energía juvenil, me quedé con un poquito de ella. Durante años me diste la mitad de esa hermosa y pura fuerza que tienen los jóvenes. ¿Te acordas como lo hice?

Pensé y rápidamente supe la respuesta.

-El vegetarianismo.

-Así es- respondió sonriente.- Con ese verso quedaste mansito mansito. ¿Y te acordás cuál fue el último intercambio?

Me esforcé por recordar que podía haberme faltado durante los últimos años pero no logré llegar a ninguna conclusión. Finalmente lo dijo él.

-La última vez decidí llevarme tu bienestar dejándote unas lindas hemorroides.

Me levanté de la silla lleno de furia. Si hubiera tenido enfrente a una persona normal, lo hubiera golpeado hasta cansarme por causarme tantos años de intenso dolor.

-Pero todavía tengo hemorroides- reclamé.

-Y también todavía tenés familia. Cuando quieras podes dejar de tener ambas cosas. Avisáme – respondió con soberbia.

-¿Qué querés ahora?- me envalentoné para demostrarle que no me amedrentaba ante él, mientras imaginaba mi nombre entre la lista de los autores más vendidos del año.

-Lo poco que queda de tu sentido del humor- respondió desafiante desconcertándome por completo. Tuve ganas de preguntarle para que le serviría, pero temí que al intentar hacerlo terminara por darse cuenta de que el pacto no sería tan beneficioso para él.

-¿Por cuánto tiempo?- averigüé.

-Durante todo el tiempo que desees triunfar.

Comprendí que ya casi no utilizaba mi sentido del humor. De hecho, no logré recordar la última vez que lo hice.

-¿Dónde firmo?- le dije mientras con un cuchillo me pinchaba la yema del dedo gordo hasta que una gotita de sangre saliera de él.

-¿Estás enfermo Leandro?- me preguntó mirando el hilo de sangre caer de mi dedo. – Y además estás viendo demasiada televisión. Acá no hay pactos de sangre, ni garantes de ningún tipo. Basta con un solo gesto de tu parte para que el pacto quede sellado.

-¿Entonces qué tengo qué hacer?- le pregunté mientras me envolvía el dedo con una servilleta de papel.

-Publica esta conversación. Hacelo detalladamente sin olvidarte de ninguna palabra ni ningún gesto y desde el momento en que ese texto este on line, el pacto quedará sellado y el éxito comenzará a llegar a vos. ¿Estas de acuerdo?

-De acuerdo- respondí convencido.

Sin darme tiempo a preguntar nada, desapareció dejándome solo frente al teclado.

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