Realmente me aterra el paso del tiempo.

Pero no es que me aterra porque tengo la certeza de que algún día voy a morir, o porque mis hijos crezcan demasiado rápido, ni siquiera porque mis seres queridos también vayan a desaparecer algún día.

Lo que me preocupa de que el tiempo no se detenga es la cantidad de cosas que quiero hacer y no puedo.

Pero que no se malinterprete. No es que estoy hablando de cosas significativas como escalar el Aconcagua, dar la vuelta al mundo o visitar las pirámides; ya que para hacer todo eso además de tiempo necesitaría dinero. Ni hablar lo del Aconcagua porque también necesitaría tener un buen estado físico.

El caso opuesto al mío, es el de mi tío Maco. Quien hizo y sigue haciendo mucho deporte. Cuando se estaba acercando a sus primeros cincuenta años ya se había dado el gusto de hacer maratón, media  maratón, ciclismo, remo, artes marciales, surf y algunos otros deportes extremos. Él administra muy bien su estado físico y su tiempo.

Mi problema está con las pequeñas cosas que planeaba hacer a medida que pasara el tiempo y que cada vez veo más lejanas.

Cuando tenía trece o catorce años comencé a grabar en VHS todo tipo de material que me interesaba y lo acopié en un ropero para verlo en algún momento de mi vida.

Ese ansiado momento todavía no llegó y demás está decir que todo ese material ya está disponible en Youtube. De todas maneras, yo aún conservo los cassettes en mi casa materna, aunque ya no tenga una videocasetera para reproducirlos.

Entre esas grabaciones podemos encontrar recitales, reportajes, “rockumentales” de MTV, umplugged’s, películas varias y la primer temporada de Poliladron, y una grabación de  cuando Susana le arrojó un cenicero a su ex marido.

Ni hablar de los TDK de 60 que también guardo (no usaba los de 90 porque la cinta se estiraba y terminaba arrastrando), dónde guardo recitales, programas de radio que me gustaban, música que yo mismo enganchaba y cartas-cassette que nos enviábamos con mi tía Analía de Mar del Plata.

Pero lo peor de todo comenzó cuando la tecnología llegó a mi vida: desde que internet me abrió la puertas del mundo empecé a bajar música, libros y videos como si me pagaran por hacerlo.

Antes, si alguna canción me gustaba, iba a las disquerías de Lavalle y me compraba el CD. Adquiriendo en más de una ocasión, alguna autentica porquería.

Con los libros era más difícil, porque había que evaluar el tamaño de la letra, la tapa, el tamaño del libro y la cantidad de páginas. En mi caso, un miope que además tiene astigmatismo, el tamaño de la letra era fundamental al momento de elegir cual comprar.

Ahora todo es muy distinto. Basta con que me llame la atención la voz de un cantante o el riff de alguna guitarra para que me baje la discografía completa de la banda, los lados B, recitales, rarezas y el proyecto solista del bajista directo a mi PC.

Lo mismo con los libros. Un buen título, un autor conocido, una recomendación en radio o tv y bajan directamente a mi disco rígido las obras completas, los cuentos y la biografía no autorizada del autor.

Ahora me espanta saber que no voy a poder leer todos los libros que tengo, tanto físicos como digitales y que jamás podré escuchar toda la música que me estoy descargando y lo peor es que mientras yo demoro 15 o 20 días en leer un libro, otro libro está listo para ser leído en mi computadora en solo tres minutos.

Cada vez que pierdo 45 minutos escuchando el disco de alguna banda que no me interesa, la discografía completa de otra está esperando en mi PC.

Me sorprendí cuando escuché a Sacheri contar en un reportaje, que él casi no leía  nada de literatura traducida. Lee casi todo en su idioma. Me resultó una atractiva forma de reducir la cantidad de cosas para leer y lamenté estar descargando en mi PC la bibliografía completa de Sídney Sheldon junto con la de Robert Ludlum.

Pero lo más triste de todo esto es que mientras yo estoy terminando de escribir este pensamiento fugaz, otros diez pensamientos se disparan en mi cabeza y sé, con absoluta seguridad, que no voy a tener tiempo de plasmarlos a todos en papel.