El último busca

Durante años lo vi subir al colectivo y aunque jamás le compré nada, siempre me resultó de lo más emocionante su manera de vender. Es uno de esos buscas de los que ya no hay más. Muy parecido al Brandoni de EL VERSO.

Siempre la misma rutina. Sube al colectivo, saluda al chofer y torciendo ligeramente su boca a la izquierda comienza con su discurso (ahora también llamado speach) hacia los pasajeros. Sus primeras palabras siempre son “Buenas tardes (o días) señores pasajeros”. Nunca falta la muletilla para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama y cada venta la termina estirando la ultima silaba “tan solo unnn peeeeeeeso”. El producto siempre es el mismo: lapiceras con tinta azul documental. Lo he visto intentar vender otras cosas, pero siempre ha vuelto a sus lapiceras.

Habla con elegancia y sus modales también lo son. Creo que todos estos años subió al colectivo con el mismo traje, nunca se lo cambió. Los zapatos encandilan por el brillo de su lustre y su pelo engominado parece rendirle tributo a Gardel. Eso fue lo que me llamó la atención la última vez que lo vi. Por primera vez desde que lo conocí no se había afeitado y su pelo, parecía conservar el engominado de algún día anterior. La diferencia era casi imperceptible para cualquiera, menos para mí que esperaba cada día verlo subir al colectivo.

Ese día subió, saludó al chofer, hizo su discursó y se bajó como casi siempre, sin vender nada. Todavía no se por qué, pero algo me hizo bajar apurado detrás de él, mientras se cerraba la puerta y el colectivo arrancaba.

-¡Jefe!- lo llamé. -Deme una por favor…- le dije.

-Toma pibe. Te la regalo. Es la última- dijo con un dejo de tristeza en la voz.

-¿Cómo me la va a regalar? Se la pago- dije buscando mi billetera en el bolsillo trasero del pantalón-¿Así qué es la última? ¿Anduvo bien la venta? -pregunté intentando crear un puente de comunicación con él. Sospeché que me había bajado del bondi para eso.

El hombre se río irónicamente y comenzó con un discurso que yo deseaba escuchar pero jamás imagine que tendría la suerte de hacerlo.

-No pibe- me dijo – No es la última que me queda. Tengo lapiceras hasta fin de año. Pero esta es la última que vendo. Vos sos mi último cliente.

-¿Se jubila?- pregunté sorprendido.

-Se podría decir que sí. Si esto fuera un trabajo en blanco y alguna vez yo hubiera aportado, me estaría jubilando. Pero digamos que me retiro, que hoy cuelgo la birome.

Sonreí por su ironía, pero no dejaba de preguntarme porque se retiraba. ¿Consiguió otro trabajo? ¿Tenía ahorros destinados a su retiro? No me animé a hacerle estas preguntas, así que le consulté si hacía muchos años que trabajaba sobre los colectivos, confiando en que tuviera ganas de contármelo y que con el correr de la conversación, se animara a confesar los motivos de su inesperado retiro.

-¡De toda la vida pibe!- dijo- Tengo 60 años y este es el único oficio que conozco. Intenté hacer otras cosas pero no me resultaron.

«Ni bien terminé la primaria mi viejo me llevó a trabajar con él a la verdulería. Nos levantábamos temprano, íbamos al mercado a comprar la fruta, llenábamos la camioneta y después abríamos el negocio. Pasé cuatro años ahí, pero siempre supe que no era lo mío. No me gustaba tener que hacer tanta fuerza, ni andar todo el día con las manos sucias. Mi viejo no sabía que no me gustaba trabajar con él y yo no decía nada porque no estaba seguro de lo que quería hacer. Fue volviendo del casamiento de mi hermana mayor que lo descubrí.»

«La ceremonia fue en el Sagrado Corazón de Barracas y la fiesta, ahí a unas cuadras. Yo esa noche había besado a una chica de Florencio Varela y la tuve que acompañar hasta la casa. Volvía durmiendo en el colectivo cuando me despertó una voz aguda.»

«Desperté sobresaltado y observé al vendedor que ofrecía sus lapiceras con un largo discurso, de pie frente a cinco pasajeros, pero con la misma energía que si estuviera lleno. A pesar de las violentas maniobras del chofer, él lograba mantenerse erguido, exhibiendo el bolígrafo con una mano y haciendo ademanes con la otra.»

«Su verborragia me cautivó, pero lo que más me había gustado fue su manera de vestir. Estaba de saco y corbata, bien peinado y hasta olía bien. Yo tenía que usar litros de shampoo para quitarme el olor a mandarina del pelo.»

«Le compré una lapicera y le pregunté que tenía que hacer para trabajar de eso. Por ese entonces, mi sueño era trabajar de saco y corbata en una oficina y para eso había que estudiar. Supuse que para vender así vestido también.»

«Mi pregunta le causó gracia y me abrazó riendo. Me dijo que lo único que había que tener era chamuyo y algo para vender. Le pregunté si podría vender lo mismo que él y me respondió que mientras no coincidiéramos en las mismas líneas, no habría problema. Me dejó claro a que colectivos no subirme y se fue deseándome suerte.»

«Fue mucho más difícil pensar en decírselo a mi padre que realmente hacerlo. Creó que la noticia lo alivió y rápidamente contrató otro ayudante mucho más capacitado que yo. Tomé algo de plata que tenía guardada y compré mi primera caja de lapiceras. Me puse el mismo traje que usé en el casamiento y me subí al primer bondi… Y acá estoy.»

Hizo una pausa como si estuviera observando las imágenes de aquellos días dentro de su cabeza.

-¿Y siempre se vendió bien?- lo incentive a que siguiera con el relato.

-Mas o menos- continuó.- La venta ambulante ha sobrevivido a varias amenazas, pero ahora se encuentra con un riesgo que realmente la puso en jaque.

«El primer gran escollo que tuvimos que sortear fue el cartelito de “prohibida la venta ambulante” en el parabrisas del colectivo, pero logramos seguir vendiendo igual. Chamuyando un poco a los choferes sobrevivimos.

«El segundo fue a fines de los 90, cuando comenzamos a competir por un lugar a bordo con la gente que reparte estampitas de santos y vírgenes a cambio de la buena voluntad de los pasajeros, vendiéndoles perdón momentáneo a un precio de algunos pocos centavos.»

«También surgió una nueva generación de vendedores empujados, no por la vocación y la libertad de la venta sino por la necesidad y desesperación. Personas a las que no les quedaba nada y usaban sus últimos pesos para comprar una caja de bombones o alfajores y se subían al bondi a ganarse el pan. Agudizando su voz hasta niveles insoportables y con una extraña cadencia en el tono de voz para ofrecer el producto fueron ganando lugar. Mientras mi generación piensa cada palabra antes de decirla, construye toda una historia alrededor de la venta para mostrar las características y exponer sus beneficios, estos nuevos vendedores se limitan a describir su producto y a gritar la oferta.»

«No obstante, nosotros los vendedores de raza, seguimos vigentes. Pero actualmente estamos en un punto en el que ambas generaciones estamos en peligro de extinción. Todo comenzó con el walkman y empeoró a medida que la tecnología avanzó. Antes, el pasajero se entretenía con un libro o haciendo crucigramas y con solo levantar el tono de voz, ya lográbamos su atención. También estaban los que iban con la Spika delante de la cara, intentando escuchar a pesar del ruido ambiente.»

«Pero ahora, la cosa se puso fea enserio. Cada vez menos gente nos escucha. El gran problema son los auriculares: desde el viejo walkman a los teléfonos actuales todo el mundo sube al bondi con sus oídos tapados y al terminar nosotros con la venta, tenemos la sensación de haber hablado en un colectivo lleno de sordos. Ya casi nadie nos compra, pero no porque este caro o no le gusten los productos. No nos compran porque no nos escuchan.»

Mientras hablaba se lo notaba enojado, pero al quedar en silencio pude ver tristeza en su mirada. Le pregunté si esa era la razón por la cual se retiraba.

-¿Qué te parece pibe?- me respondió y se fue, dejándome la lapicera de regalo.

Quedé observando cómo se alejaba. Me hubiera gustado preguntarle a que se iba a dedicar ahora, pero no me anime. Mire mi reloj y vi que estaba llegando tarde a mi trabajo. Un colectivo bajaba y subía pasajeros en la parada. Corrí para alcanzarlo me senté con los auriculares puestos, mientras tomaba notas en mi cuaderno de la conversación con el vendedor que había grabado con mi teléfono sin que él se diera cuenta.

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Comentario

Readers Comments (3)

  1. Excelente, cada vez que me acuerdo te leo, Leo.

  2. Un solo y triste comentarío?
    Andá a ….

  3. Cuando leía la descripción del vendedor no podía dejar de pensar en el vendedor de lapiceras del 37…

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