En octubre de 1988 mientras jugábamos en mi cuarto con un compañero de la escuela primaria, nuestros padres tomaban mate y hablaban de negocios en el comedor de casa. Por aquel entonces los padres de Pablito tenían un micro escolar en el que, a veces, podíamos jugar.

Mientras los adultos mantenían charlas de adultos y nosotros, los niños, nos divertíamos entre nosotros, intenté pasar por un pequeño espacio que separaba una silla de un mueble y tropecé, golpeando violentamente la cara contra el piso al caer.

Tuvieron que levantarme entre varios y al hacerlo, notaron que tenía alguna dificultad para caminar, pero lo que más le asustó a mi papá fue mi rostro.

-¡Pone bien la cara!- me gritó sin que yo pudiera comprender por qué me lo decía.

Toda mi vida tuve complejo de tener cara de boludo, pero intuía que después de 10 años mi padre no empezaría de golpe a intentar corregirla a los gritos. Al ver, él, que yo no modificaba mi expresión, hizo lo que hubiera hecho cualquier padre en un caso similar: Volvió a gritarme pero esta vez más fuerte aún.

Por aquel entonces yo le tenía terror a mi padre (ahora sólo le tengo pánico), razón por la cual todos comprendieron que yo no estaba desobedeciéndolo, sino que no podía hacer lo que me pedía. De hecho, ni siquiera sabía de qué diablos me hablaba cuando me pedía que pusiera bien la cara. Más tarde, me contaron que tenía la cara con una mueca permanente, que mezclaba las señas del 7 de espadas y del ancho de basto.

En la guardia del Hospital Evita de Lanús me diagnosticaron una parálisis facial, pero solo de un lado de la cara (muy parecido a Harvey Dent). La junta de notables médicos residentes que me examinaba con detención, no lograba detectar ni la causa de la parálisis, ni si tenía que ver o no, con mi dificultad al caminar. Como buenos residentes, me derivaron al Garrahan donde rápidamente me examinó un neurólogo quien diagnosticó sindrome de Guillain-Barré y me internó.

El Guillain-Barré afecta al sistema nervioso central y (según le dijeron a mi madre en aquel momento) puede llegar a producir la muerte por paro respiratorio. No hay algún tratamiento para atacarlo, se debe esperar que se vaya, de la misma manera en que vino (según lo que le decían a mi abuela durante mi internación).

Fue una internación de casi un mes, con 72 horas en terapia intensiva, celebrando dentro del hospital y junto a toda mi familia navidad, año nuevo y reyes. Por supuesto que la muerte no llego, aunque el virus trajo años más tarde, la confirmación de algo quizás peor: Yo estaba condenado a la mediocridad.

Tengo los mejores recuerdos de mi internación. Allí recibí las visitas de Papá Noel, Los Reyes Magos, artistas del momento y por supuesto de mi familia, quienes me acompañaron en cada día de la internación.

Con mi tío, llevándome en sillas de ruedas, recorrimos casi todo el hospital, incluso sectores aún no inaugurados. Mi tía me visitaba con mis dos primos, uno estaba a su lado y el otro en su panza. Mi abuela se tomó un tren en Mar del Plata ni bien me internaron y llegó al hospital cuando yo ya estaba en terapia intensiva. Mi padre alternaba su trabajo con las visitas en el hospital y mi vieja, no se despegó ni un instante de mi lado.

Llegué a estar en terapia intensiva, conectado a varios aparatos y con una sonda que entraba por mi nariz y llegaba a mí estomago. Cuando el virus comenzó a pegar la vuelta, volví a la sala común y me recupere lentamente durante meses. La noche que pasé nuevamente de terapia intensiva a intermedia, vimos los fuegos artificiales de año nuevo por la ventana de la habitación, mientras mi tío me ayudaba a sostener una estrellita con la mano.

Cuando luego de varios meses, ya en mi casa, pude ponerme de pie y caminar nuevamente con muchísima dificultad, toda mi familia se emocionó. Yo no pude verlo, pero que yo sepa, esa fue la única vez que mi padre lloro delante de mí.

Ninguna secuela quedó en mi cuerpo. Años después, cada vez que practicando artes marciales hacia alguna patada voladora, recordaba esos días en que casi no podía moverme. También lo hacía cuando escuchaba nombrar el virus en Doctor House, aunque siempre era descartado durante los primeros minutos del capítulo por el doctor del bastón.

Fue durante 2011 que mí mediocridad quedó sentenciada. En ese año, un muchacho llamado Martín, pasaba su luna de miel en Tanzania cuando fue diagnosticado e internado por Guillain-Barré. La noticia tomó rápidamente repercusión nacional, porque Martín no tenía cobertura médica en ese país y su flamante esposa contó su caso en distintos programas radiales y televisivos para obtener algún tipo de ayuda. Los medios difundieron la noticia dando detalles de la enfermedad y aclarando en todos los casos que afectaba a una entre mil personas.

Cuando Martín estuvo recuperado, visitó en persona los programas que se habían solidarizado con su causa y narró la historia en primera persona. Mi familia siguió el caso con angustia pensando que podrían haber sido ellos los que estuvieran en ese lugar y hasta mi abuela llegó a mandarle un mail a la familia, contando mi caso y solidarizándose con ellos, quienes se tomaron la molestia de responderle amablemente.

Sin embargo, el caso de Martín, me llevó a confirmar una sospecha que tuve durante años. A pesar de ser yo, al igual que él, único entre mil personas por haber sufrido esta enfermedad yo he nacido sin suerte. Él se interno en Tanzania y llegó al living de Susana Giménez. Yo, me interné en el Garrahan y sólo conseguí una foto con Patsy.

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