Reunir un ejército fue lo menos difícil de todo lo que tuvo que hacer por esos días. La ciudad estaba preparada para alojarlos y allí, sus hombres recibieron el entrenamiento adecuado. Él mismo había dudado de las versiones que los sobrevivientes contaban y para verificar la veracidad de los hechos, se vio en la obligación de interrogarlos, tanto individual como grupalmente, para contrastar así las versiones de unos y de otros, aunque no encontró nada para contrastar. Todos coincidieron en la descripción de quien los había vencido y como.

No lo creyó. Nunca estuvo convencido pero decidió que sería mejor darle lugar a la duda, antes que continuar negándolo y sorprenderse cuando fuera demasiado tarde. No se sentía preparado para lo que le esperaba y aunque no creía posible que alguien en el mundo entero pudiera estarlo intercambio correspondencia con algunos colegas  conocidos durante su estadía en el viejo continente. Ninguno los había enfrentado, pero todos habían escuchado hablar de ellos. Le dieron consejos, le informaron lo que creían que era mejor hacer, pero nadie pudo darle alguna certeza.

Fue quien él menos pensaba, el que supo orientarlo más que cualquier otra persona: “Ellos son el mal y el mal debe ser eliminado. Destruido. Y hay una sola manera de hacerlo: enfrentándolo.” Fue el cura, su confesor, quien lo convenció de que aquello que él no creía posible, podía llegar serlo y no solo había que estar preparado para enfrentarlo sino que había que perseguirlo y exterminarlo. Luego de esa conversación se decidió y comenzó a preparar a sus hombres para el mayor desafío de toda su carrera y quizás, de su vida.

Era necesario cruzar la cordillera y hacerlo por el lugar menos pensado por el enemigo. Hizo correr el rumor de que cruzarían por uno de los pasos más sencillos pero se prepararon para avanzar por el más complejo. Muchos de sus soldados dudaban sobre la posibilidad de completar su misión, pero la convicción del General evitaba las vacilaciones. “Si supieran lo que realmente estamos por enfrentar, ni siquiera estarían aquí”, pensaba.

El frío era insoportable pero aunque no lo pareciera, estaba a su favor. Tanto el cura, como los generales con los que había intercambiado correspondencia, le habían informado que al enemigo —al real— no le agradaba el clima de la cordillera por lo que sería muy poco probable que durante el cruce se toparan con alguno de ellos. Sin embargo, luego de algunos días de marcha, tuvo lugar el primer encuentro.

Nadie estaba preparado. Ni siquiera él. Mantenía la esperanza de que todo fuera mentira. Un rumor echado a correr por el enemigo para hacerlos desistir en su misión emancipadora. Pero no, allí estaba. Avanzando hacia ellos sin prisa y sin temor. Parecía no importarle que fuera uno solo contra un ejército completo. No llevaba insignias ni banderas. Vestido con ropa inadecuada para las bajas temperaturas de la cordillera no parecía sufrir por el viento helado que soplaba a su alrededor.

Caminaba lento, arrastrando el pie derecho y con el brazo izquierdo estirado hacia adelante como intentando agarrar algo que estuviera fuera de su alcance. La mirada fija sobre los hombres frente a él y la boca entreabierta, a través de la cual entraban algunos copos de nieve y salía un líquido viscoso que no parecía ser saliva. Su aspecto era terrorífico pero mucho peor era el sonido antinatural que emitía. No podía calificarse ni siquiera como un gruñido.

El primero en verlo fue el cura. Quizás porque estaba esperando su aparición y porque jamás había dudado de su existencia. Se acercó sigilosamente al General y lo señalo con discreción: “Ahí está el demonio”, le dijo.

El General observó pasmado lo que el cura le indicaba. Sus ojos veían claramente lo que estaba frente a ellos pero su mente no le daba crédito. Pestañeó varias veces para aclarar su visión, como si aquello que avanzaba hacia allí fuera producto de la fiebre que lo aquejaba. La caravana se detuvo cuando él lo hizo y en tan solo algunos minutos, todos lo habían visto.

El terror se apoderó de los soldados aunque ninguno tuvo el coraje de salir corriendo. Algunos rezaron en silencio, otros se persignaron. Unos pocos comenzaron a llorar y reprimieron el impulso de escapar. Sabían que no podían abandonar a su general y que si llegaban a hacerlo, era probable que él mismo los persiguiera y los fusilara. Perdido por perdido, ya estaban ahí y todos juntos tenían mayores posibilidades de sobrevivir.

El General se sintió desconcertado. Era un hombre inteligente, culto, preparado, pero jamás se había imaginado una situación así. No existía academia que pudiera prepararlo para esto. Nadie había escrito un libro en el que se explicara cómo hacerle frente a lo que estaba observando. Tal vez, el único libro con las respuestas adecuadas fuera ese que el cura llevaba entre sus manos. A él dirigió su mirada y notó que parecía ser la única persona, de las miles que estaban ahí, que no tenía miedo.

—¿Está listo, Padre?

—Siempre estuve listo para enfrentar al mal, mi General. En cualquiera de sus formas.

El General se sintió fortalecido por las palabras del cura y comprendió que sabía exactamente lo que tenía que hacer. Avanzó algunos metros e hizo que su caballo girara sobre sí mismo hasta quedar de frente a los hombres que comandaba. Los miró detalladamente como si pudiera ver a los ojos de cada uno de ellos. Tomó su sable y lo elevó al cielo.

-No importa la forma en que se nos presente el enemigo, ni los obstáculos  que encontremos en nuestro camino. Tenemos una misión y es evidente que Dios se encuentra de nuestro lado.

Como si pudiera comprender las palabras de su jinete, el caballo levantó las patas delanteras, inmortalizando una imagen que cada hombre allí presente jamás olvidaría. Luego, después de un pequeño movimiento de muñecas del jinete, giró y avanzó velozmente hacia el encuentro de ese extraño Ser.

Envalentonados por las palabras de su General, los soldados vitorearon con sus armas al aire. El cura elevó La Biblia hacia el cielo y rezó  un Padre Nuestro en voz alta. El General avanzó sin pausa hacia el enemigo y a medida que la distancia entre ellos se acortó, observó la piel en estado de descomposición, los restos de carne desprendiéndose del cuerpo por acción de los fuertes vientos y escuchó el sonido gutural que éste emitía.

El errante no parecía comprender el peligro. No reconocía su inferioridad ante una persona armada y montada a caballo, cuya mayor ventaja era la convicción de liberar a su país de cualquier enemigo, ya sea el ejército realista o cualquier otra plaga que amenazara con invadirlo. Tampoco pareció sentir nada cuando su cabeza se desprendió del cuerpo y rodó sobre la nieve hasta detenerse boca arriba. Su rostro mantuvo la misma expresión y de su boca continuaron saliendo los mismos gemidos hasta que el propio General, con su sable, ofreció descanso definitivo para ese alma atravesando su cráneo de lado a lado.

No fue el último Ser de este tipo que el General tuvo que enfrentar durante esos días. Tan solo fue el primero.

 

Sanman

 

NOBLEZA OBLIGA: Agradecimiento especial para El Gallo, Julio Mili por la inspiración que obtuve escuchando A.C.I.D.O. en Vorterix.com y que me permitió desarrollar este y quizás otros textos.