Existe un determinado momento en la vida de cada persona en el que surge la necesidad de marcar una diferencia que ponga fin a una etapa y sea también el principio de otra.

Generalmente, esto sucede en el final de la adolescencia y el principio de la juventud o en el final de la juventud y el principio de la adultez. Aunque también puede adelantarse y marcar precipitadamente el final de algún ciclo.

Desde mi punto de vista, las formas de hacer este quiebre son tres. Es posible que alguién conozca alguna otra, pero yo me voy a detener en las tres que mas he analizado y de las cuales, solo he puesto en practica una.

La primera de ellas es realizar un viaje, ya sea en soledad o con amigos. Un viaje iniciático en el que por primera vez uno se encuentre cara a cara con las vicisitudes de la vida sin la ayuda de papi y mami. Disponiendo solamente del dinero que se lleva en el bolsillo sin posibilidad alguna de recurrir a la billetera familiar. Un viaje en el que si se terminaran los pares de medias limpios, no quedara otra opción que lavarlos ya que mamá no estará cerca para hacerlo.

Si bien podríamos incluir al viaje de egresados entre estas experiencias, en este caso me estoy refiriendo a algo mucho más trascendental que simplemente diversión. Un viaje entre dos o tres amigos, quizás en carpa, quizás de mochilero o si fuimos un poco cuidadosos y ahorramos algunos billetes hasta podría ser un viaje para conocer Europa.

Cualquiera sea la forma en que se lleve a cabo el viaje o el destino elegido, ya no seremos  los mismos al regresar y veremos la vida con otros ojos. Con los ojos de alguién que ha conocido el mundo.

La segunda opción es irse a vivir solo. Así sea un hombre o una mujer, tomar la decisión de alquilar un departamento y mudarse casi sin muebles. Comer sin cubiertos, limpiarse la boca con el mismo repasador con el que secamos los platos y lustramos las zapatillas, dormir todas las noches con las mismas sábanas y recibir visitas a toda hora, sin darle importancia a tener solamente un plato y un vaso para que todos coman y beban. Ese pequeño ambiente se convertirá en nuestro lugar en este mundo, y siempre habrá espacio para la diversión, el estudio, las fiestas, la lujuria y todo aquello que se nos ocurra.

Todas estas conductas pueden variar dependiendo de si la persona en cuestión es hombre o mujer. Seguramente, si pertenece al segundo grupo, no le faltarán las sábanas limpias, ni las  toallas en el baño así como también, la limpieza será una constante en ese departamento. En cambio, si forma parte del género masculino, sin dudas escasearan los utensilios de cocina y los de limpieza, pero la consola de videojuegos siempre estará actualizada y con los últimos juegos disponibles.

La tercera opción, es irse a vivir en pareja. Independizarse de los padres a lo grande. Con muebles, vajilla, juego de living, toallas para el baño, heladera, freezer y microondas. Seguramente con electrodomésticos mas sofisticados y de mejor marca que los de la casa paterna.

En ese hogar el equilibrio será casi perfecto. Mientras la mujer se encargará del orden, la limpieza y la compra de los insumos de necesidad básica, el hombre arreglará las bisagras de las puertas, cambiará el cuerito de las canillas y moverá cualquier mueble pesado que su esposa necesite.

Aunque puede haber excepciones en las que el hombre, por ejemplo, puede lavar los platos y quizás la mujer pintar los marcos de la ventana. Esto no afectará el equilibrio del hogar sino que contribuirá a que ambos, den todo de si para formar la familia deseada.

La flamante pareja entonces, creará sus propias reglas hogareñas. Adaptará algunos parámetros paternos y deshechará por completo otros. Realizará pactos secretos, algunos conversados y otros sobreentendidos sin necesidad de hablarlos. Negociarán entre ellos todo lo necesario para disfrutar del dulce aroma de la libertad. Almorzarán y cenarán en horarios que serían completamente inaceptables en casa de sus padres. Cada uno tendrá el espacio y el tiempo para sus cosas personales y gozarán del completo control de cada ambiente de su nuevo hogar. Incluso, si tienen la precaucion de no tener hijos durante un tiempo, hasta se darán el gusto de tener sexo, cómo, cuándo y dónde ellos quieran, sin necesidad de esconderse, mantenerse en silencio y lo mejor de todo, sin tener que pagar un hotel.

Pero atención porque no todo será color de rosa. Unas pocas cuestiones atentarán contra la paz y felicidad de la nueva pareja y una de ellas es la peor y la que le da título a estas sencíllas líneas: Esas visitas de mierda.

A la hora menos pensada, en cualquier día de la semana y sin previo aviso, un amigo, un familiar, cualquier conocido que se encuentre por los alrededores del nuevo hogar, sin reparo alguno tocará timbre al grito de “¡Poné la pava que traje la yerba!”, arruinando seguramente algún momento muy especial.

Porque cuando recién te vas a vivir con tu pareja, todos los momentos son especiales. Ya sea que estes en medio del acto mas promiscuo de tu vida, mirándo una película interesantísima o incluso, que cada miembro de la pareja este haciendo una cosa diferente, el timbre los sobresaltará y deberán dejar su actividad para recibir a esas visitas de mierda.

Porque a esas visitas de mierda, al parecer ni siquiera se les ocurre que la pareja pueda estar ocupada, o que quieran estar solos o que finalmente se hayan decidido a vivir en soledad para estar justamente asi: SOLOS.

Un amigo con el que casi no se veían pero que vive o trabaja cerca de la casa, llegará de sorpresa con una docena de facturas. La hermana o hermano de alguno de los dos se tomará la molestia de alterar su regreso a casa para pasar a saludar, al menos, día por medio. Los primos, con los que casi no tenían relación desde que empezaron a crecer, irán todos los domingos a la tarde para ver fútbol sentados en el sillón y ese amigo que se puso de novio recientémente con una chica que aún no le presentó a su familia, llegará y se quedará horas durante una noche en que la pareja planeaba tener sexo hasta altas horas. Compañeros de trabajo, familiares lejanos y cercanos, conocidos, parientes de parientes, cada uno de ellos tocará timbre durante los primeros meses para desearle a la pareja buena suerte y felicidad. Felicidad que sera imposible de alcanzar hasta que esas visitas de mierda dejen de visitarlos y para que eso suceda, ellos tendrán que desconectar el timbre, apagar o ignorar el celular y tener el dinero para dejar el auto en una cochera. O mejor aún, ni siquiera tener auto para que esas visitas de mierda no tengan forma de saber si están en la casa o no.

En cada ocasión en la que algún conocido o familiar se encuentra próximo a dar este salto tan importante en su vida, todas estas cosas se me vienen a la cabeza y recuerdo aquellos días en los que mi esposa y yo, nos preparábamos para iniciar nuestra familia. Pero también comienzo a experimentar una extraña sensación de adrenalina con sabor a revancha.

Esto se debe a que la vida nos dará la posibilidad, esta vez a nosotros, de convertirnos en una de esas visitas de mierda. Apareciendo en el horario menos pensado, sin nisiquiera tomar la precaucion de llamar o mandar un mensaje para avisarle a la pareja que se vista porque estamos en camino.

En cualquier momento en que no tengamos nada que hacer o incluso dejando de ocuparnos de cosas mas importantes, nos tomaremos la molestia de importunar, atentando contra la paz, la felicidad y la supervivencia de la pareja en cuestión. Porque es la ley de la vida la que marca el tiempo y el momento de las cosas y este es nuestro momento de ser una de esas visitas de mierda.

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