De tanto en tanto, el cuerpo me exige que realice un poco de actividad física. Mi doctora dice que el cuerpo tiene memoria y que no puede olvidarse de aquellos años en los que me la pasaba entrenando, durante los cuales he llegado a ejercitarme siete días a la semana, muchas de ellas en doble turno.

Estiramiento, elongación, aeróbico, anaeróbico, abdominales, flexiones de brazos; he realizado la mayoría de los ejercicios físicos que existen y he alcanzado un rendimiento físico óptimo, el cual logré mantener incluso años después de haber abandonado la práctica deportiva. Recién durante este año, noté por primera vez que la grasa abdominal comenzaba a acumularse y al observarme con detenimiento en el espejo, me sorprendí al apreciar que mi rostro comenzaba a tomar la forma de una circunferencia perfecta en lugar de la habitual cara de huevo.

La reacción fue inmediata. Desesperado, conseguí un turno con una nutricionista para que ordenara los desajustes que seguramente estaba realizando en mi alimentación. Nada nuevo: aumentar las porciones de ensalada, controlar la cantidad de empanadas que ingería, eliminar los Don Satur de mi merienda y, por supuesto, realizar actividad física. ¿Cómo se me pudo haber escapado ese detalle?

Al escucharla, tomé consciencia de que hacía más de un año que no salía a correr. El avance tecnológico en mi vida,  junto con mi extensa jornada laboral, el creciente sedentarismo de mi personalidad y el maravilloso servicio de Netflix, habían complotado para obligarme a abandonar cualquier hábito deportivo que mi cuerpo recordara. Ya no hacía ejercicios de estiramiento a escondidas durante mi jornada laboral; las diez flexiones de brazo que realizaba cada noche antes de irme a dormir, habían sido reemplazadas por una porción de helado comprada gracias a los Groupones de Freddo. Ya nada quedaba de aquel joven y esbelto deportista.

Mi doctora tenía razón: el cuerpo tiene memoria. Bastó con que me pusiera en marcha y comenzará a caminar 25 cuadras hasta mi casa, todos los mediodías cuando regreso del trabajo, para que los músculos y tendones de mi cuerpo recordarán como era el asunto. La piel comenzó a transpirar, la grasa a quemarse y los kilos y calorías de más, a desaparecer. Hoy en día me siento mucho mejor aunque todavía no haya recuperado mi antiguo estado físico. De hecho, no creo que alguna vez lo recupere, ya que una cosa es hacer ejercicio a los 20 y otra muy distinta a los 35, pero de todas formas me siento bien.

El mayor problema con el que me encuentro ahora es que si, durante alguna semana (como esta que está terminando actualmente), por alguna razón, no puedo realizar algunas de mis caminatas diarias, el cuerpo me envía desesperados y violentos recordatorios para asegurarse de que cumpla con mi compromiso. Durante esos días,  despierto en medio de la noche con feroces calambres en las pantorrillas; las piernas generan sorprendentes descargas eléctricas en forma de violentas patadas y al despertar, siento la espalda repleta de contracturas que no ceden ni siquiera después de tomar un poderoso miorelajante.

Los días en los que no camino directamente no puedo dormir. Parece mentira, pero mi cuerpo necesita gastar energía antes de reposar para recuperarla. De lo contrario, su acumulación, juega en contra de mi bienestar general. Esos días me siento cansado desde la mañana hasta la noche.  Estoy tenso, malhumorado y ansioso porque llegue la hora de salir de mi trabajo para poder caminar. Lo hago rápido, escuchando música y moviendo excesivamente los brazos al costado del cuerpo. Me siento bien mientras lo hago y mucho mejor después de hacerlo. Me siento aliviado porque sé que esa noche voy a poder dormir.

En mi vida existen solamente dos días peores que estos en los que no puedo salir a caminar: los primeros, son los días en los que no tengo tiempo de sentarme a ver alguna serie. Es casi un ritual y me pone de muy mal humor atrasarme en alguna de las series que sigo con desesperaciòn. Los segundos, son los días en que no logro sentarme a escribir. Esos realmente son un día perdido.

No hay nada que me interese más que escribir un artículo para este blog o para cualquiera de las otras páginas para las que escribo. Pocas cosas me obsesionan tanto como terminar ese libro que todavía no comencé a escribir. Por eso siento que los días en los que no escribo son un día perdido. Porque me atrasan en mi objetivo de, algún día, ser considerado un escritor; porque cada día que no escribo es un día menos de este apasionante ejercicio de escritura; porque cada día que no escribo es un nuevo día en que algún posible lector, tiene que buscar y leer el texto que alguien más escribió y porque cada día que no escribo, las pocos momentos de inspiración que suelen visitarme comienzan a espaciarse más y más.

Por eso, si quiero dormir tranquilo y que mi cuerpo y mi consciencia me dejen descansar, sé que no puedo pasar más de una semana sin realizar alguna actividad física y definitivamente, no puedo permitirme pasar ni un solo día sin intentar escribir algo decente. No importa si es en un cuaderno, en la aplicación que uso para escribir desde el teléfono o desde la PC de mi hogar; no importa si lo que escribo es la primer página de mi libro o un cuento para mi blog, lo que importa es que haya sido honesto al escribirlo, que me sienta conforme la primera vez que lo leo y que quede satisfecho después de haberle realizado algunas correcciones.

Esa noche, entonces, seguramente podré dormir. Al igual que esta noche (la de hoy), luego de haber terminado de escribir este texto; de haberlo leído y corregido; de haberlo publicado en el blog y de esperar los primeros comentarios, mientras comienzo a pensar sobre lo que escribiré mañana.

Esta noche voy a poder dormir y mañana no me va a quedar otra que caminar.

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