¡Maldito sea! Por su culpa, si este trabajo antes era difícil, ahora es imposible. Los demás creen que es una boludez. Para ellos solamente somos unos vagos. Se la pasan criticándonos, nos tildan de chusmas, están en contra de nuestros sueldos, de nuestros beneficios, pero siempre nos están rompiendo las pelotas. “¿Cómo puede ser que este tipo gane más que yo?”, dicen por atrás. ¡Claro! Se aprovechan porque nuestro sueldo esta todo en blanco y a la vista de todo el mundo, y por eso se sienten con autoridad para objetar. Cómo si fuera plata mal habida o como si no la mereciéramos.

Los que se van a trabajar temprano te quieren ver en la puerta para que les des los buenos días. Si vuelven a la noche tarde, pretenden que estés esperando afuera para que controles que lleguen tranquilos a su casa. ¡Ja! ¡Cómo si yo fuera a poder evitar que le metan un cuetazo para sacarle el cero kilometro! A lo sumo puedo llamar a la policía, pero nada más. Si la esposa se queda sola en la casa, te piden que estés atento, no vaya a ser que un pervertido de otro piso se meta en su departamento y la haga feliz por un ratito. Pero lo peor de todo son las minas que viven solas… Esas te usan como si vos fueras su macho: te piden que cambies el cuerito de la canilla, que le arregles el picaporte o el botón del baño, pero nunca una alegría. Bah… A veces alguna vieja malcogida te quiere devolver favor por favor, pero en esos casos más vale salir corriendo y con carpa, no vaya a ser que se ofenda y te meta una denuncia por acoso. Además yo, casado y con hijos grandes, ya estoy fuera de concurso.

Si un día te olvidas de baldear la vereda, esa misma mañana te está llamando el administrador para decirte que recibió muchos llamados de vecinos quejándose por lo sucia que la encontraron. “Dormí mal”, “Tengo fiebre”, “me duele la cintura”… Más vale callarse y temprano a la mañana siguiente baldearla para cerrarles el culo, porque a nadie le importan tus excusas. Lo único que les importa es el sueldo que saben que te pagan. ¿Por qué no se van a vivir a una casa si no quieren pagar expensas? Para colmo, el otro día me enteré que la gente de este edificio no quiere hacer copias de sus llaves en la cerrajería de la esquina, porque tienen miedo de que el cerrajero este entongado conmigo. Nunca escuché algo más insólito. ¿Para qué voy a querer yo la llave de sus departamentos? ¿No es que soy millonario con el sueldo ese que me pagan y tanto les molesta? Encima se creen que los quiero afanar. Y cuidado con que un día entre al edificio algún chorizo y los desvalije, porque ¿Sabes quién es el primer sospechoso? Papá; el encargado. O portero para ellos.

¿Y la jornada laboral? ¿Ocho horas? ¿Diez? No señor… ¡Veinticuatro! Porque si alguien tiene un problema a la madrugada te golpean la puerta y por más que vos estés durmiendo, viendo tele o cogiendo con tu esposa, te tenés que levantar y ayudarlos a bajar la persiana que se quedó trabada o a pedirle al del departamento de arriba que baje el volumen de la música.

Y ahora, como si todo esto fuera poco, viene este pelotudo a mandarse una de Hollywood y a ponernos a todos en el centro de la escena. Si antes éramos observados, ahora directamente somos peores que Satanás. Puedo percibir la desconfianza detrás de sus miradas y la hipocresía en sus saludos. Ahora ninguna chica soltera te pide que le hagas alguna reparación en su casa. Ya no hay feas solteronas que te hagan sentir más macho al querer bajarte la caña. Los niños, que antes volvían de la escuela corriendo y te abrazaban al cruzar la puerta, ahora se esconden temerosos detrás de sus padres, mientras ellos te miran inquisidoramente como si hubieras intentado arrancarle el peluche de sus manos.

Si antes era difícil, ahora es imposible. Y para colmo de males, como buen pelotudo, justo cuando todos me miran acusadoramente, yo me vengo a quedar con la pendeja del décimo en el sótano y no tengo la menor idea de cómo carajo me voy a deshacer del cuerpo sin que nadie se dé cuenta.

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