-¿Ves esa estrella?- preguntó señalando un punto lejano en el cielo. Luego afirmó- Esa estrella es mía.

Mauro escupió la cerveza que aún no había tragado.

-¿Qué decís?- Le preguntó

-Que esa estrella, la que brilla más fuerte, me pertenece.

-Estas demasiado borracha nena.

-Puede ser…- asintió ella- Pero por más borracha que este, sigue siendo mía.

Mauro sentía que los efectos del alcohol no lo dejaban pensar claramente pero aunque estuviera sobrio, no habría entendido de qué hablaba su novia.

-Cuando tenía doce años- narró Lorena- atravesé una pequeña depresión preadolescente, por un amor no correspondido. Mi papá vino a hablar conmigo cuando volvió de trabajar y me llevo a la terraza para ver las estrellas. Nos acostamos en el piso y mientras mirábamos el cielo me pidió que eligiera una. Yo elegí esa- volvió a señalarla -Entonces me dijo que nunca olvidara cual era la que yo había elegido, porque iba a ser mía para siempre. Desde ese momento, cada vez que estoy triste por algo, sea lo que sea, miro al cielo y recuerdo de lo que soy capaz.

Mauro la escuchaba, aún sin entender una sola palabra de lo que ella decía.

-¿Capaz de qué?- le preguntó.

-Capaz de todo- le respondió ella.- Capaz de poseer la estrella que yo quiera; y si soy capaz de eso, puedo ser capaz de todo. Capaz de lograr cualquier cosa que me proponga. Todo lo que tenga que resolver será una pavada porque yo, ya soy dueña de una estrella. ¿Entendes?- lo miró con el rostro iluminado, de la misma forma que cuando tenía doce años miraba a su padre.

Un silencio incomodo tomó el lugar de la conversación. A lo lejos se escuchaba el sonido de una fiesta.

-¿Me entendes Mau?- insistió.

-Creo que sí.

-A ver… Elegí una vos.

Mauro se puso un poco tenso. Había entendido lo que ella decía pero no llegaba a comprender el sentido real de las palabras. El entusiasmo con que Lorena había narrado la conversación con su padre, lo intimidaba.

-¿Y para qué querés que yo elija una estrella?- Respondió, intentando diferir la pregunta.

-Para que vos también puedas lograr todo lo que te propongas.

Mauro contuvo su risa lo mejor que pudo. Apenas dejó entrever una mueca en su boca.

-Yo no la necesito- le respondió.- Yo tengo todo lo que quiero y si necesito algo más voy y lo compro.

-Pero no se trata de eso…- Lorena le hablo como si fuera una mamá explicándole algo elemental a su hijo.- Esto va mucho mas allá de la plata. Se trata de sueños, de anhelos personales que no se pueden comprar con dinero.

-Todo se puede comprar con dinero- afirmó Mauro.

-No, no es así. Las estrellas no se pueden comprar. Tenés que elegirlas y sentir que son tuyas. Es igual que con el amor, o con la familia. No podes conseguir ninguna de las dos cosas solamente con dinero.

Mauro no tenía intenciones de polemizar con su novia y arruinar el final de una noche que prometía terminar de manera perfecta. Pero nunca había podido callarse la boca cuando no estaba de acuerdo con algo.

-Son puntos de vista- dijo.

Otro silencio se apoderó de la situación. Fue breve porque decidió continuar con la observación.

-Yo creo que todo puede comprarse y que todos tenemos nuestro precio. Yo tengo el mío y vos tenés el tuyo. Hay hombres que compran o alquilan mujeres que con el tiempo, terminan enamorándose de ellos y luego forman una familia. La felicidad se obtiene a través de pequeñas cosas. Detalles que también pueden ser comprados con dinero. Pero en lo que si estoy de acuerdo con vos, es en que las estrellas no pueden ser compradas… Al menos por ahora.

Lorena pareció ignorar todo el parlamento de su novio y solo le dio importancia a su última acotación.

-¡Viste!- Se ilusionó- Dale, elegí una.

Dándose por vencido, pero no del todo, Mauro se dispuso a elegir una estrella.

-OK… Elijo esa- Dijo señalando un punto lejano en el cielo.

-¡No!- levantó la voz Lorena- Esa es la mía. No podes elegirla.

-¿Y a mí que me importa? Yo quiero esa.

-¿Pero mirá todas las que tenés? ¿Justo esa tenés que elegir?- Lorena sonó infantilmente indignada.

-Esa es la que más me gusta.

-Bueno, esa no. Elegí otra- le ordenó.

Mauro metió la mano en su bolsillo y sacó un puñado de billetes.

-Ponele precio. Te la compro- dijo extendiendo su mano hacia ella.

-Así no se puede tonto…- respondió besándolo, poniendo punto final a la conversación. Se besaron dulcemente por un instante, luego volvieron a observar al cielo.

Ella recordaba la noche en que su padre le regaló esa estrella. Él, imaginaba que buen negocio sería venderlas.

-Lore…- rompió el silencio y esperó a que ella lo mirase- Elijo todas.

-¿Qué cosa?- dudó Lorena.

-Las estrellas, las quiero todas.

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