La primera imagen que se me viene a la cabeza es la mía, bajando del Roca en Constitución y cruzando la plaza completamente a oscuras, mientras trataba de poner cara de malo para parecer uno más entre ellos. Recuerdo haber pasado al lado de un policía y notar que me estaba observando de manera poco habitual. Intenté no incomodarme y evité hacer contacto visual con él, pero me quedó la sensación de haber sido observado por el oficial hasta salir de su ángulo de visión.

— ¿Viste cómo nos miró? — me preguntó la persona que iba conmigo.

— No— mentí, intentando restarle importancia a la inquisidora mirada de la ley.

Paramos en un kiosco para comprar chicles y, a medida que nos acercábamos a nuestro destino, nos íbamos mezclando con otras personas que, evidentemente, se dirigían al mismo lugar. Largas cabelleras de pelos oscuros, pantalones achupinados, remeras negras y camperas de cuero, o de jean con tachas, eran la vestimenta predominante. Mi misión: camuflarme entre ellos, intentando pasar desapercibido para disimular el hecho de no pertenecer.

Difícil tarea para alguien con corte de pelo casi militar y anteojos muy poco disimulables sobre el rostro. Durante los días previos había evaluado la posibilidad de utilizar una peluca, pero temí ser descubierto y pasar uno de los peores momentos de mi vida. De modo que mi única opción, era poner cara de malo e intentar convencer a través de mi actitud, caminando con la cabeza gacha, sin observar a nadie a los ojos.

Sería la primera vez que me encontraría en medio de un concierto de heavy metal e intentaba hacerlo con la mayor valentía y naturalidad posible, aunque me costaba mucho disimular el miedo que sentía por estar allí. No puedo describir cual era la verdadera razón de mi temor. Imaginaba que alguna persona notaría la presencia de un extraño y que se molestarían por mi caracterización de un fanático del metal, pues vestido con pantalones negros (no chupines), remera estampada y buzo con capucha, era más parecido a una ridícula imitación (similar a la que Tarantino dice que Superman hace de los seres humanos al interpretar a Clark Kent), que a un auténtico metalero.

Nadie puede imitar la actitud de un verdadero heavy. No pudo hacerlo Brendan Fraser en Cabezas Huecas, ni Vicente Viloni en 100% Lucha. Sólo a un auténtico fanático del estilo le pueden quedar bien los pantalones chupines, el cinturón con tachas y la campera de cuero. A un verdadero metalero se lo puede reconocer aunque vaya vestido de saco y corbata. A mí, en cambio, desde lejos se me notaba la incomodidad por tener que estar ahí, entre esas personas.

vicente fraser

De todas formas, mis miedos eran infundados. Hacía años que no había incidentes ni peleas en los recitales de rock. Las (después mal llamadas) tribus urbanas, se caracterizaban por ser bastante complacientes y abiertas, tanto con ellas mismas, como con otras que pudieran haber sido catalogadas como opuestas durante años anteriores. Incluso podían llegar a compartir alguna fecha durante un festival, bandas cuyos públicos, en épocas anteriores, se hubieran enfrentado a botellazos. Iorio provocando al público de Rata Blanca, la salida de los conciertos de RIFF y Adrián Taverna defendiendo su consola de sonido a los cadenazos mientras operaba para V8, formaban parte de leyendas urbanas que ya no se repetirían. No obstante, yo, tenía miedo.

También sería mi primer recital en Cemento, el clásico espacio de Rock en la Ciudad de Buenos Aires, cuyo dueño era Omar Chaban (el mismo de Cromagnon). Tenía amigos que iban a ver recitales ahí desde los quince años, pero para mí, era la primera vez. Mis lugares favoritos para ver shows eran River Plate, Obras Sanitarias y el Gran Rex, en donde acostumbraba ver a Soda, a U2 o a Cerati solista, tres lugares bastante diferentes al galpón de la calle Estados Unidos al 1200. Semanas después, conocería también El Pasillo de Avellaneda y me sorprendería al ver que, como su nombre lo indicaba, solo era un pasillo.

Cemento_Estados_Unidos_1200_BSAS

Recuerdo las paredes transpiradas de Cemento y el agobiante calor que me recibió al entrar. Ni bien me ubiqué a la derecha del escenario, volví a experimentar la paranoia que ya había sentido. Era cuestión de minutos para que dos melenudos se codearan mutuamente, vinieran hacia donde yo estaba y de manera muy poco elegante, me arrojaran a la calle. Pero por el contrario, se mostraban amables y a pesar de no conocerme, me invitaban a tomar de sus cervezas, a fumar con ellos y se sorprendían ante mi negativa. Hay que decirlo: soy un pésimo actor. Al menos debería haberme llevado la botella a la boca y simular tomar un trago o darle alguna inofensiva pitada al cigarrillo, pero no lo hice. Los nervios me traicionaban y me exponían segundo a segundo.

La tensión recién cedió cuando la primera de las tres bandas soportes salió a escena. Recuerdo el nombre de dos: “Haciendo Patria” y “Mortaja”, que en paz descansen ambas. En una de mis visitas al baño, tuve la posibilidad de cruzarme con el cantante de alguna de ellas. Estaba rodeado de algunos fanáticos que lo felicitaban por la performance realizada. Quedé frente a él cuando estos se retiraron. Noté la expectativa en su rostro. Me observaba como si esperara algo de mí. Yo, solamente quería hacer pis, pero los baños estaban detrás suyo por lo que claudiqué, estreché mi mano con la suya y lo felicité por su desempeño sobre el escenario. Me agradeció y me puso al tanto de todos los proyectos que la banda tenía para los próximos meses. Recién después, pude cumplir con mi único objetivo en ese baño.

Muchas cosas se cuentan sobre los baños de Cemento: que se vendía droga, que se utilizaban como guardería de niños… Lo único que yo pude ver fue un baño con menos higiene que los de Constitución y en el cual, casi no salía agua de las canillas.

Por fin comenzó el show y como para mí, un recital siempre será un recital, lo disfruté como lo hubiera hecho con cualquier otro concierto. La banda sonaba bastante bien, quizás demasiado aguda para mi gusto. Los músicos no dejaban de agitar sus cabelleras hacia adelante y hacia atrás y la voz del cantante, era imponente. Según me habían explicado, el vocalista había integrado dos de las bandas más importantes del heavy metal nacional: Hermética y Malón. Oconnor seguía su carrera como solista y ese día, era la presentación de su segundo disco.

El pogo se encendía a mi lado ante cada variación de ritmo y tenía que cuidarme de no quedar en medio del circulo que se formaba, para luego, cuando algún acorde lo indicaba, saltar hacia el centro del mismo, arrojando al aire todo tipo de golpes de puño y pie; y si algún empujón me llevaba hasta el ojo de la tormenta, debía intentar evadir los golpes y alejarme de ese circulo rápidamente. Los anteojos solo me duraron puestos solamente dos canciones. Depués de recibir un golpe y atajarlos en el aire, tuve que guardarlos en la riñonera hasta el final del show.

La desconcentración fue por demás tranquila. Evidentemente, mi camuflaje había sido efectivo y durante la caminata hacia Constitución, estuve a punto de sentirme uno más entre ellos. A bordo del 45, comencé a percibir un constante y molesto pitido en mis oídos que me acompañaría durante varios días. No fue hasta que desperté a la mañana siguiente, que noté un profundo dolor impidiendome mantener el cuello derecho.

— ¿Qué te pasó?— preguntó mi abuela en cuanto me vio.

Al hacer memoria, recordé a un muchacho que había logrado subir al escenario y desde allí, levantar sus manos en forma de cuernitos, para luego tomar carrera y saltar hacia donde yo estaba, ante mi atenta e interesada mirada, mientras todos a mí alrededor alzaban sus brazos para atajarlo y protegerse del impacto. Sentí como si mi cabeza se hubiera hundido cual tortuga en mi cuerpo cuando todo el peso del joven aterrizó sobre mí. El dolor duraría algunos días más que ese molesto pitido.

Ese fue mi primer concierto de heavy metal y a pesar de sentirme incómodo y fuera de lugar durante el evento, no fue el único al que asistí durante esos años. No tenía un gusto musical que me motivara a estar ahí, tampoco una curiosidad periodística o sociológica. Mi verdadera razón era mucho más terrenal: tenia una novia que además de ser metalera, era vegetariana.

Pero esa es otra historia.

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