Gotas

Llueve sobre la ciudad de Buenos Aires. Llueve bastante y desde hace un par de días, por lo que la gente ya comienza a impacientarse con el constante caer de agua sobre sus cabezas. Hasta parecen haber olvidado que días atrás, el agobiante calor los obligaba a implorar por alguna gota de agua que cayera del cielo para apaciguar su sufrimiento.

Es martes y el pueblo vuelve a su rutina después de un fin de semana largo: los niños al colegio y los adultos a sus trabajos; y la lluvia que parece empeorar todo. Hay accidentes de tráfico, noticias desalentadoras en las radios y el velorio de un famoso por la tv; y la lluvia que no deja de caer.

A la hora del regreso, cuando el sol y las energías de la gente ya no pueden verse, los autos se desplazan en dirección contraria y la lluvia cae todavía con más fuerza. Yo salgo de mi trabajo y mientras la cortina se cierra sola, las primeras gotas de agua comienzan a mojarme.

Es un alivio haberme puesto los lentes de contacto y no tener que preocuparme por que mis anteojos se mojen y no tengan limpia parabrisas. Camino sin agachar la cabeza, no pretendo ocultarme de la lluvia. La recibo con todo el cuerpo, como si fuera —lo es— algo natural. No apuro el paso cuando ningún techo me da reparo y no espero debajo de alguna marquesina para cruzar la calle. Lo hago de manera natural, esperando apenas sobre el cordón de la vereda como si no me molestara mojarme.

No me molesta, me parece normal y me gusta. No hay mucha ciencia: si llueve, hay que mojarse. Por más que uses paraguas o botas, no podrás evitar humedecerte un poco durante un dîa lluvioso. Por eso yo camino despacio, siento el agua golpear mi cabeza y deslizarse en forma de gotas por mi rostro. La costumbre de llevar los anteojos puestos me hace mirar hacia abajo para que no se mojen, pero al recordar que estoy usando lentes de contacto, levanto mi frente permitiendo que la lluvia me golpee directamente en la cara.

Siento la humedad filtrándose a través de mi campera no impermeable, mientras escucho el ruido de los autos que pasan a mi lado. Parecen no haberse enterado de la lluvia, pasan demasiado rápido. Demasiado.

No uso paraguas, no creo en ellos. Me parece que son una manera ridícula de intentar no mojarse, sin conseguirlo. Es por eso que cuando llevo recorrida tan solo media cuadra ya estoy empapado.

Cierro los ojos para sentir la lluvia en mi cuerpo y noto algo especial en ella: parece la misma que me mojaba durante mis caminatas de otros años. Ni mi cuerpo ni mi mente son los mismos. Habrán madurado, quizás envejecido. Es claro que ninguna célula de mi cuerpo es la misma que años atrás. Mis pensamientos son distintos, mis sentimientos también.

Recuerdo caminar por calles oscuras y veredas mojadas —como estas—, debajo de lluvias intensas —también como esta—, sintiéndome vivo al hacerlo. Sin apuro y sin intentar refugiarme debajo de los pequeños techos de las casas.

Caminaba con los ojos cerrados, vinculándome íntimamente con la naturaleza y dejando de lado las verdaderas razones por las que lo hacia. Caminaba por obligación, porque no tenía dinero para tomar el colectivo. Caminaba hasta la estación de tren, viajaba sin pasaje y seguía caminando hasta llegar a mi destino. Caminaba porque la bicicleta estaba rota y no me quedaba otra opción que salir de casa más temprano para llegar a horario. Caminaba porque me gustaba hacerlo y el agua entrando por la suela de mi zapatilla rota no me molestaba. Caminaba con un agujero en el estomago, por no haber comido bien la noche anterior.

El agua que mojaba mis medias y la que caía desde mi cabeza hacia todo el cuerpo, era la misma que ahora vuelve a empaparme. Al sentirla sobre mi piel vuelvo a sentirme joven. Siento que camino las mismas cuadras que caminaba en mi juventud y hasta me resulta extraño no sentir el pie empapado. ¡Claro! Mi zapatilla no esta rota.

Llego a la esquina, sigue lloviendo. Espero a que pasen los autos y cruzo la calle caminando, como si ya no lloviera. Meto la mano en mi bolsillo y saco la llave del auto. Abro la puerta y lo pongo en marcha. Mientras espero a que los limpiaparabrisas cumplan con su misión, enciendo el estéreo y comienza a sonar una canción de mi banda favorita. Ahora veo la lluvia detrás del vidrio de mi auto y estoy a punto de emprender el regreso a casa, en donde mi familia me espera para cenar.

Definitivamente, la lluvia es la misma de siempre, pero yo ya no lo soy.

 

 

 

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Comentario

Readers Comments (2)

  1. Laurabuela 03/12/2013 @ 22:33

    Lindo…… MUY LINDO!!!!! Cien por ciento, cierto

  2. Me encantó, me emocioné y mucho… Tardé lo sé…

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