Durante los años en los que practiqué y di clases de artes marciales, tuve la posibilidad de gritar mucho, sin llegar a tomar consciencia de lo importante que era tener un medio en el cual descargar tanta energía acumulada.

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Tanto Cesar Millán, como mi amigo Gerardo de bewareofdog.com.ar, hablan sobre lo perjudicial que resultan estos excesos de energía en los animales. Por ejemplo: si un perro se queda solo en la casa y aprovecha para romper algo, la primera medida que se debe tomar es la de organizar paseos diarios de no menos de 30 minutos de duración, para que el animal se canse y libere energías. Recién entonces, estará listo para avanzar al siguiente nivel en su educación.

Lo mismo sucede con los seres humanos que no hacen ejercicio o que no tienen la posibilidad de gritar con frecuencia. Las peleas que se originan después de alguna mala maniobra al conducir, suelen estar protagonizadas por personas que no realizan actividad física y que no tienen la chance de gritar a menudo.

Los hombres son quizás, algo más afortunados que las mujeres en este aspecto, ya que la pasión futbolística les permite liberar tensiones semanalmente, frente a la TV. Aún más, aquellos que tienen la suerte de acompañar a su equipo a la cancha y gritar, tanto para alentar al equipo local, como para insultar al visitante hasta quedarse sin voz.

No es mi caso. Desde que deje de dar clases para convertirme en un sedentario burgués, ya casi no grito. Antes, había dejado de entrenar y canalizaba todas mi energías frente a mis alumnos, pero con el tiempo y porque todo ciclo llega a su fin, también deje de hacerlo y ya no volví a gritar.

Cuando hablo de gritar, no hablo de gritar por dolor, por enojo o porque suceda algo malo, sino de gritar solamente por tener ganas de gritar.

Recuerdo estar junto a Pitillo (un gran amigo de la adolescencia) esperando el 45 mientras nos refugiábamos de la lluvia debajo de un puesto de diarios en absoluta soledad, cuando de pronto, sin previo aviso, comenzó a gritar una serie de insultos y malas palabras que no tenían ningún destinatario. Algunos vecinos se asomaron por la ventana y volvieron a cerrarla cuando vieron que no pasaba nada. Pitillo me confesó que había gritado solo porque tuvo ganas de hacerlo.

Algo así me pasa durante los mediodías, mientras cruzo caminando el Parque Chacabuco rumbo al jardín de mi hijo menor. Veo algunas personas trotando en la pista de atletismo, algunos amos jugando con sus perros y a varios preadolescentes seduciéndose unos a otros. La inmensidad y el silencio que me rodean, me despiertan muchas ganas de gritar.

No lo hago. Me reprimo mientras imagino que, en mi intestino, comienza a gestarse una nueva inflamación hemorroidal.

Además, ya soy adulto, padre de dos hijos y de uno que está por venir, y no es cuestión de andar dando malos ejemplos delante de ellos. Si están presentes, por más ganas que tenga de gritar me reprimo como un duque, aunque alguno de mis lentes de contacto salga disparado debido a la presión ocular. Soporto el impulso de alzar la voz, mientras las mejillas se me ponen rojas y la acidez estomacal, comienza a amenazarme con prenderme fuego desde adentro. De vez en cuando, en soledad, implemento una técnica que el ruso Szmigielskyj (recuerdo exactamente como se escribe su apellido) desarrolló durante la secundaria y que consiste en tomar aire, hundir la boca abierta en la parte más carnosa del antebrazo y liberar el grito sobre él, para que este se encargue de atenuarlo. Efectivo para liberar algunas tensiones, pero no lo suficiente.

Ni siquiera el fútbol me da consuelo, porque soy hincha de Racing y porque hace mucho que deje de mirar fútbol con pasión. Los malos arbitrajes, las pésimas decisiones dirigénciales (tanto de la AFA, como de los propios clubes), el amarretísmo de los directores técnicos y el escaso nivel futbolístico de los jugadores, hacen que cada día vea menos partidos y que los pocos que veo, me aburran. Si veo fútbol extranjero no me permito gritar, porque tampoco es cuestión de volverme loco mientras Cristiano Ronaldo exhibe sus abdominales a todo el mundo. No señor.

La última vez que grite un gol con ganas fue hace cuatro años, cuando el pipita Higuaín pisó la pelota frente al arquero Mexicano y puso el 2 a 0 para pasar a los cuartos de final, en los que perderíamos contra Alemania por cuatro goles. Ese día, no me quedaron energías para insultar ni a Maradona, ni a Otamendi, ni a Schwansteiger. También grite cuando Higuaín empató el partido con Uruguay en la copa América, pero al festejar saltando, golpeé mi cabeza contra la pared y quede aturdido para el resto del partido. Cuando pude enfocar mi vista nuevamente, Tevez ya había malogrado su penal.

Pasaron cuatro largos años sin gritar de la manera correcta. Cuatro años en absoluto silencio, esperando de una vez por todas este momento para que alguno de estos 23 muchachos, vestidos con la celeste y blanca que todos quisiéramos vestir, haga lo posible para que durante este mes, durante estos siete partidos, gritar este no solo permitido, sino también justificado y así, todos podamos desahogarnos junto a ellos en tierras enemigas.

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Espero que así sea.

#VamosCarajo