Héroes Subterráneos

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El sonido de las máquinas se detiene en el mismo instante en que una fuerte descompresión de aire retumba en el ambiente. Las puertas se abren de manera inmediata pero ese segundo entre que comienzan a deslizarse, hasta que dejan el espacio suficiente para que la gente pueda salir, parece eterno. Quien está adelante, prácticamente con su nariz apoyada en la puerta, aguarda el momento justo para dar ese paso que le permita liberarse de la presión que los demás ejercen sobre su espalda. Hay uno -no necesariamente él- que acomodando su cuerpo de costado, logra colocar un hombro justo en medio del espacio que dejan las puertas cuando comienzan a abrirse. Al mismo tiempo, posiciona una de sus rodillas justo en esa posición, ganando así el primer lugar en esa carrera que está a punto de comenzar.

Logra salir primero. Muchas veces trastabillando o intentando liberar el otro pie, que aún permanece adentro del vagón, mientras otras personas también comienzan a descender de éste. Cuando las puertas quedan abiertas de par en par, una marea humana se abalanza sobre el andén, en busca de su nuevo objetivo: la escalera.

Desde atrás, muchos empujan para acelerar el paso de la multitud. Los de adelante, piden calma. Los más grandes utilizan su masa corporal para ganar posiciones mientras los más pequeños se resignan a perderlas. Alguno se queja, alguno empuja demás. Unos pocos se lo toman con calma.

Quienes logran cruzar la puerta avanzan sin detenerse hacia las escaleras. La gran mayoría elige la mecánica. Unos pocos, la fija. Los primeros en alcanzar esta última, suben varios escalones a la vez, lo que les permite llegar arriba antes que al resto. Si fuera una carrera, ellos serían los vencedores. Luego continúan marchando a paso vertiginoso entre los pasillos y escaleras que finalmente los conducirán a sus destinos finales.

Mientras tanto, los primeros en llegar a la escalera mecánica, con mucho esfuerzo debido al tamaño de los escalones, suben caminando cada uno de estos, como ignorando que podrían llegar hasta arriba sin mover un solo músculo. Es cierto que logran subir más rápido. Complementan su velocidad con la del motor que mueve la escalera y en unos pocos segundos, logran estar arriba. Sin embargo, no será suficiente para llegar temprano o menos tarde a sus destinos.

La segunda tanda en llegar a la escalera mecánica respeta esa regla que no está escrita en ningún lugar, pero que la gran mayoría conoce: del lado derecho, se ubican quienes no tienen pensado realizar ningún esfuerzo para subir. Aprovechan esos segundos que demoran en llegar hasta arriba para chequear el celular, sacar la SUBE del bolsillo o preparar el cigarrillo que encenderán ni bien logren salir al exterior. El sector izquierdo queda reservado para los que no consiguieron llegar entre los primeros, pero que de todas maneras pretenden subir caminando por ese gran invento mecánico, hasta que algún desprevenido o desconsiderado, se ubica sobre la izquierda e impide que los más apurados puedan continuar con su ascenso.

La escalera mecánica es bastante más angosta que la tradicional, debido a lo cual, decenas de personas se apretujan unas contra otras para subirse a ella. Los hombres simulan ser caballeros, permitiendo subir primero a mujeres y niños; y las mujeres ocultan sus modales utilizando codos y tacos para ganar posiciones. Cuando todos aquellos que no lograron llegar primeros, se agolpan frente a la escalera, ya no queda ninguna posibilidad de ganar espacio y se resignan. Avanzan con pequeños e imperceptibles pasos, acodados contra otros pasajeros que reprimen el impulso de empujar, apelando a sus últimos vestigios de civilidad.

Todos quieren correr. Todos están apurados. Nadie piensa en su destino, solo piensan en llegar a él. No importa a donde van. No importa si quieren llegar allí, o no. Salieron de sus casas con el tiempo justo o quizás demasiado tarde. Corren o caminan apurados como si pudieran compensar esos minutos que demoraron en levantarse de la cama. Apuran el paso y empujan para bajar primeros. Disimulan su apuro por alcanzar la salida y no se detienen ni siquiera cuando ya lograron hacerlo.

Quizás hagan combinación, tomen un colectivo o caminen apurados para llegar a ese lugar al que preferirían no llegar. Simulan responsabilidad. Se mienten con la excusa del presentismo ignorando que lo perdieron ayer o que lo perderán mañana, cuando vuelvan a quedarse dormidos. Corren hacia sus trabajos como si realmente desearan llegar.

Es en el andén, el lugar en donde aún están los héroes. Cuando los primeros pasajeros logran salir de la estación y el resto empuja disimuladamente para llegar afuera, un reducido grupo camuflado entre la multitud, aún permanece atrás, esperando.

No empujan, no se adelantan, no están apurados. Nadie repara en este pequeño grupo de personas que parece no tener prisa ni siquiera para bajar del tren. Son los últimos en hacerlo. Ceden el paso a mujeres y niños, a viejas y embarazadas. Bajan del tren cuando ya no tienen que pelear por hacerlo. Esperan, detrás de la multitud pujante, a que las escaleras se descompriman para entonces, comenzar a subirlas. Algunos suben por la fija, otros por la mecánica, dependiendo cual de ellas les quede más cerca. Suben tranquilos. Quietos en la mecánica y lento en la tradicional. Caminan despacio por los pasillos y no apuran el paso, ni siquiera cuando salen al aire libre.

Saben que llegan tarde. Saben que deberían haber salido más temprano y que perdieron o perderan el presentismo, pero caminan despacio, observando irónicamente a la acelerada multitud.

Es probable que algún día pierdan su trabajo por irresponsables o por reiteración de llegadas tarde, pero de ellos será el futuro, cuando el estrés, comienze a destruir, uno por uno, a todos los demás.

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