Épocas duras. De batallas y conquistas ganadas por los más fuertes.

Y si hablamos de los más fuertes, tenemos que mencionarlo a él: Herón. El fuerte. Líder de las tropas de nuestro Rey; valiente como ningún hombre del pueblo y hacedor absoluto de todas nuestras conquistas.

No existe batalla liderada por Herón en la que no resulte vencedor y hasta el momento tampoco ha existido batalla en la que no haya participado. Herido, agotado, con su salud afectada por algún virus o con diarrea, sus hombres saben que jamás marcharan sin su comandante y que será él mismo, quien lidere el ataque e intente dar el primer y último golpe.

Tan solo por el peso de su espada y escudo, otros hombres perderían el equilibrio pero no Herón. No solo lleva sus armas con elegancia sino que  corre hacia el enemigo blandiéndolas bien arriba. Su altura, sumada a la de su espada, hacen que el enemigo divise su blanco más importante a la distancia y es hacia él hacia donde se dirigen las primeras flechas. Yo mismo lo he visto rechazar una decena de éstas con un golpe de su escudo y partir en el aire con su espada, una cantidad similar antes de que toquen su piel. Incluso lo he visto arrancarse flechas de su cuerpo mientras seguía avanzando hacia su enemigo como si apenas hubiera sido mordido por un mosquito.

¡Cuánto coraje! ¡Cuánta valentía! Verlo danzar entre su enemigos es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Patea el pecho de aquel que lo espera de pie, revienta el cráneo de quienes han sido derribados, esquiva golpes, se protege con su escudo y, sin que puedan anticiparlo, el acero de su espada emerge por detrás de este atravesando piel, carne y órganos de quienes osan enfrentarlo.

Con el correr de la batalla, el brillo de su arma se opaca con una masa uniforme de sangre y vísceras que se adhieren a ella. En ocasiones lo he visto arrojar su espada al piso, o dejarla clavada en un árbol sujetando el cuerpo agonizante de algún enemigo para luego volver a liquidarlo y mientras tanto, usar el hacha que lleva en la cintura para cuando el enfrentamiento se convierta en un combate cuerpo a cuerpo. He visto dedos, orejas, manos y piernas separadas de su cuerpo por un golpe de ese pequeño elemento, conocido tanto por amigos como enemigos.

Pero no solo con armas es un placer verlo combatir a Herón. En situaciones extremas lo he llegado a ver defendiéndose con rocas, con ramas de árboles y hasta con la pata trasera de un caballo cortada durante la embestida. Tuve el placer de verlo arrancar la nariz de un adversario solo con sus dientes o romper el cráneo de su rival dándole golpes con su propia cabeza.

El grito de Herón al finalizar y dar ganada la batalla es conocido y esperado por todos. De los pocos adversarios que han vivido para escucharlo son menos los que han logrado escapar ilesos. Los ejércitos comandados por Herón no toman rehenes ni aceptan rendiciones. Aplastan a sus rivales y solo se muestran piadosos cuando recorren el campo de batalla, ultimando la vida de los caídos que continúan agonizando.

El regreso a casa siempre es igual, con nuestro líder callado, sumido en pensamientos que nadie puede adivinar y con sus hombres cantando canciones en su honor.

Estoy seguro que cualquier otro rey sentiría celos por la devoción que estos hombres le demuestran a su líder pero el nuestro no, porque sabe que a Herón no le interesa el poder y que jamás se le cruzará por la cabeza desafiar su corona.

Una vez en casa, luego de ser recibidos como héroes por nuestro pueblo, los hombres de Herón se retirán a recibir su recompensa por parte de las mujeres del reino que los esperan para limpiarlos, curarlos y recompensarlos con alcohol, alimentos y sexo. En cambio, Herón, se refugia en el sector que el rey dispuso para él en el palacio real que cuenta con una enorme bañera, antes utilizada para las orgías reales, pero que ahora solamente la utiliza nuestro guerrero más valiente.

El agua caliente es preparada desde que traspasa los muros del pueblo y su temperatura es siempre cuatro o cinco grados más alta de lo que cualquier hombre soportaría. Las diferentes hierbas medicinales, sales y pócimas allí vertidas ayudan a cicatrizar sus heridas y a que la sangre circule por sus músculos permitiendo que los dolores de los golpes que no percibió en el combate, se alivien lentamente.

Cuando el agua comienza a enfriarse, diez doncellas enviadas por el rey ingresan en la habitación para, con enormes cubos de agua hirviendo, climatizar el agua a gusto de Herón. Las diez son hermosas, voluptuosas y a pesar de no haber elegido estar ahí disfrutan de hacerlo porque ver a Herón tomando su famoso baño de agua caliente es un espectáculo que pocos podemos presenciar.

Su cuerpo entra al agua repleto de barro, sangre y restos de carne de sus enemigos y a medida que el agua y el vapor hacen efecto, sus venas comienzan a hincharse y sobresalir a través de su piel morena.  Tres de las doncellas se sumergen en el agua para frotar y masajear la espalda, los brazos, las piernas y el pecho de nuestro guerrero.

Ese momento resulta un tanto incómodo y particular ya que por la relación entre la violencia y el sexo, el efecto del agua caliente o por las suaves manos de las jóvenes acariciando la rústica piel de Herón, su miembro se erecta y emerge por sobre el agua ante la incómoda mirada de sus asistentes. El tamaño de su pene es similar al de cualquiera de sus otros miembros. Es grande, fibroso e imponente y permanece rígido a pesar de los movimientos del agua.

Herón continúa con los ojos cerrados, vaya a saber pensando en qué, y parece no enterarse de la presencia de las tres jóvenes que lo asisten. Las doncellas se manejan con cuidado para evitar entrar en contacto con su miembro erecto pero por una distracción, o tal vez por efecto del movimiento del agua, involuntariamente, una de ellas roza con su codo la punta del glande que se asoma por sobre el agua y provoca un leve estremecimiento en todo el cuerpo del guerrero.

Al percibirlo, las tres mujeres se quedan quietas, temerosas de la reacción de Herón y cuando este abre los ojos para dirigir su mirada a la responsable del contacto, todos nos mantenemos inmóviles.

Son apenas unos segundos de incomodidad. La doncella baja su mirada durante algunos segundos para luego volver a subirla y observar, con intensidad, lo profundo de los ojos marrones de aquel hombre del que tanto escuchó hablar. Son las otras dos las que deciden continuar con su labor de limpieza como si nada hubiera pasado mientras Herón mantiene su mirada fija en la muchacha y la ve, delicadamente, volviendo a tocar su pene erecto para acariciarlo con sus dedos, esta vez de manera intencional.

Nadie dice nada. Ni Herón, ni las doncellas, ni yo y mientras la joven sujeta con toda su mano el miembro erecto para comenzar a darle placer un bullicio muy poco habitual se apodera  del exterior de la sala hasta que las puertas se abren e ingresan una veintena de hombres armados con hachas, lanzas y espadas.

Una de las lanzas es arrojada hacia Herón pero se detiene apenas unos centímetros antes de impactar en su pecho, luego de haber atravesado el cuerpo de la doncella que aún sostiene su pene con la mano. De manera inmediata, Herón, utiliza su cuerpo inerte para protegerse de dos lanzas más que se dirigen hacia él y asume que si quiere seguir viviendo, debe pasar a la acción en ese mismo momento.

No reconoce al enemigo pero por sus ropas, comprende que debe haberse camuflado entre sus hombres mientras regresaban de la última batalla. Se siente idiota y furioso por no haberlo notado. Más furioso que idiota y aún más cuando ve que dejó su espada y escudo al otro lado de la bañera.

No importa. Le basta con la mitad de las tres lanzas que le arrojaron.

Con la primera, acaba con la vida de aquel que intentó matarlo y con las otras dos, se sumerge en una lucha cuerpo a cuerpo contra el resto de sus adversarios que ya se encuentran dentro del agua. Golpea tanto como recibe y logra derribar a sus oponentes incluso con un hacha enemiga clavada en su espalda. Las ropas de sus enemigos se vuelven pesadas en el agua mientras que Herón, desnudo, se siente liviano en ella. Derriba a uno y lo mantiene debajo del agua pisando su pecho mientras clava el hacha con la que lo hirieron en la garganta de un adversario. A esta altura el agua cristalina de la bañera se ha tornado roja por la sangre rival y por la que brota de sus propias heridas.

Avanza de una punta de la bañera hasta la otra, defendiéndose y atacando. Recibiendo golpes fuertes pero devolviéndolos con más violencia aún. Uno a uno sus rivales van cayendo al agua y ya no vuelven a levantarse. Los cuerpos muertos de las doncellas se mezclan entre los cadáveres de sus adversarios.

Solo dos hombres quedan vivos para enfrentar a Herón. Uno dentro de la bañera con una espada en la mano y el otro fuera de ella con un hacha. Ambos sienten miedo y se encuentran arrepentidos de haber aceptado la misión. Saben que si dieciocho hombres no pudieron acabar con él, mucho menos podrán hacerlo ellos dos pero de nada servirá rogar. Solo les queda atacar.

Antes de que puedan hacerlo, alertados por el ruido de la batalla, los soldados de Herón se presentan en el lugar y con una flecha acaban con la vida del hombre que lo enfrentaba desde el agua. No tocan al otro porque saben que el último golpe de la batalla le pertenece a su líder.

Herón sale de la bañera con lentitud, como si quisiera agregarle una dósis de suspenso a la escena. Gotas de agua y de sangre se deslizan por su piel a medida que sale del agua y su miembro permanece aún más erecto que cuando era acariciado por la joven doncella. Con su furia y su pene más encendidos que nunca se acerca al último de sus enemigos vivos y le quita el hacha con la que pensaba enfrentarlo. No existe resistencia por parte de éste porque ya no siente esperanza. Se sabe muerto, ya sea por Herón como por alguno de sus hombres y entiende que su vida se ha terminado allí.

Tres golpes con el hacha son suficientes para cortar la cabeza de su enemigo y sujetandola por sus cabellos, la levanta en alto para lanzar su característico grito de victoria con el que todas sus batallas terminan.

Cuando todos sus hombres se suman al griterío que da por ganada una nueva batalla, entiendo que esa imagen, la de Herón con la cabeza de su enemigo aún chorreando sangre en una mano, el hacha con restos de carne en la otra, sus dos brazos en alto, sus músculos erguidos y su pene erecto, apenas inclinado hacia la izquierda, me acompañarán hasta el día de mi muerte.

 

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