Era una linda mujer.

De hecho, era hermosa. Sólo que a él no lo deslumbraba tanto como a otros. Creía, que cualquier persona del sexo opuesto con la cual se llegara a la situación de estar sin ropa, se vería linda al menos por un rato.

Completamente desnudo, con su miembro erecto, observaba como ella, de pie frente a él, soltaba su pelo dejándolo caer sobre los hombros.

Lentamente se desabrochó la camisa. No tenía intención alguna de simular un streap tease, pero sí de aumentar la impaciencia masculina por conocer su desnudez. Demoró mucho menos en deshacerse del resto de la ropa.

Finalmente quedó desnuda, con una pierna apenas unos centímetros adelantada, sus manos cruzadas por detrás de la cadera, la cabeza levemente inclinada hacia la izquierda y con una inocente pero provocativa sonrisa.

Intentaba adivinar que pasaba por la cabeza de ese hombre que la observaba en silencio.

Además de excitado, él estaba sorprendido. Ese cuerpo desnudo era perfecto. No era demasiado flaca y mucho menos gorda. De haberlo deseado, le hubiera bastado con sus curvas para triunfar en los medios.

Cómo si no bastara con esos pechos que desafiaban la ley de gravedad o con la perfecta depilación total que exhibía ese cuerpo, la pelvis, decorada con el tatuaje de un unicornio, no hacía más que resaltar la sensualidad de ese cuerpo desnudo.

Avanzó los dos pasos que la separaban de él y se inclinó hacia adelante. Lo besó con pasión, usando su lengua con intensidad y mordiendo suavemente los labios de su hombre.

Él sintió que su órgano sexual estaba muy rígido, a tal punto que le dolía. Y todavía sintió más dolor, cuando ella empezó a frotárselo con su mano derecha.

Mientras lo besaba apasionadamente en la boca , presionaba su miembro y sus genitales casi con violencia. Luego de algunos segundos, suavemente, comenzó a masturbarlo.

En medio del apasionado beso, separó su boca de la de él y lo miró fijo a los ojos. Mantuvo su mirada un instante para después bajar su cabeza.

Él desesperaba por ver lo que ella estaba haciendo, pero el placer que sentía lo obligaba a cerrar los ojos. Podía percibir la lengua de ella, recorriendo toda la longitud de su virilidad.

Cuando sus brazos no soportaron más el peso de su cuerpo se dejó caer sobre el colchón. Acomodó su cabeza sobre una almohada, para poder observar, aunque fuera de vez en cuando, pero no podía evitar cerrar los ojos y hacer la cabeza hacia atrás con cada espasmo de placer que ella le regalaba.

Mientras le practicaba sexo oral, con la misma intensidad con la que lo había besado, escuchaba como él, gemía de placer. Le sujetaba el pene con su mano derecha para llevarlo hasta su boca, realizando las pausas necesarias para respirar y también para postergar el previsible final.

Él no acostumbraba sujetar la nuca de las mujeres en las pocas ocasiones en que llegaba a estar así con una, pero esta vez no pudo evitarlo. Por momentos, también cubría su propio rostro para soportar el placer y en otros llevaba las manos atrás de su cabeza para entregarse completamente al disfrute.

Ella lo miró a los ojos por un instante y comprendió que era el momento de terminar lo que había comenzado unos segundos atrás. Se afirmó sobre sus rodillas, tomó el tronco del miembro masculino con fuerza y comenzó a masturbarlo aún más intensamente, manteniendo su lengua siempre en contacto con el glande e introduciéndolo con violencia bien adentro de su boca.

El ritmo era frenético y la fuerza con la que le apretaba el pene le hacía sentir que podría arrancárselo.

Usando sus codos y antebrazos levantó su torso para verla al momento de acabar. Le parecía que no tenía intenciones de sacarse el pene de la boca hasta que eso sucediera y no quería perderse esa clásica escena pornográfica, tan deseada por los hombres y tan rechazada por las mujeres, en la que él, esta vez, era protagonista.

Justo en el momento en que la intensidad del placer aumentaba al máximo y se propagaba desde su miembro hacia todo el cuerpo; cuando la eyaculación era inevitable por más que ella dejara de estimularlo, notó, con mucha confusión, un cambio en el bello rostro que observaba.

De pronto, la suave y blanca piel femenina se oscureció, el pelo lacio se onduló y el cuello se ensanchó.

El ritmo no se detuvo y el orgasmo se apoderó de todos sus sentidos. Pudo sentir el semen fluyendo desde el interior de su ser hasta la boca de ella. Pero ya no era ella, era él.

Era su amigo el gordo quien seguía con la tarea de darle placer como si desde un principio hubiera estado haciéndolo.

A pesar de la confusión, el éxtasis no abandonaba su cuerpo. Sentía la mano, ahora más grande y menos suave, que seguía exprimiendo hasta la última gota de su néctar.

Cuando todo terminó y ya no quedó nada dentro de él, el gordo se tragó todo sin ningún problema y se limpió la barba candado con el antebrazo, como si hubiera terminado de comer un chori con chimi.

Despertó sobresaltado y tardó en comprender que era lo que había pasado. Cuando lo hizo sintió un gran alivio de haber estado soñando, aunque en su cuerpo aún conservaba la sensación de haber recibido la mejor felatio de toda su vida.

También sintió la humedad en su ropa interior y se avergonzó de haber acabado a pesar del desagradable final del sueño.

Se levantó de la cama para cambiarse el slip, estirando la remera para taparse, rogando porque su esposa no despertara.

Luego, se fumó un pucho.