Otro día más llegando tarde a esta oficina de mierda. Si no fuera porque ya falté demasiado, hoy me tendría que haber pedido el día libre, pero ya no me queda margen para hacerlo sin quedar en evidencia.

El gordo pelotudo del jefe me tiene entre ceja y ceja porque se avivó de que estoy esperando a que me rajen. Entonces me hace la vida imposible para que renuncie yo y así no tener que pagarme nada.

Igualmente yo, sigo con mi actitud zen, tranquilita en mi box, cumpliendo horario sin joder a nadie y haciendo lo mínimo indispensable para no darle motivos de despedirme. Me cuesta… Me cuesta mucho pero me la tengo que bancar porque no les voy a regalar cinco años de estar aplastando el culo en esta silla de mierda por chirolas.

¡Amarretes de mierda! Con la guita que ganan cada año no son capaces de darnos un plus, una comisión o algo extra para mantenernos contentos. Se limitan a cumplir los acuerdos sindicales y nada más. Para ellos, con eso alcanza. Eso sí, siempre te piden que hagas un poquito más.

Yo ya estoy repodrida. En cuanto me rajen, les meto un juicio y con lo que me arreglen en alguna audiencia previa, me mando ese viaje por Europa que vengo postergando desde que terminé la secundaria. Allá, seguro mi prima italiana me presenta algún tano con guita, me lo levanto y no vuelvo más.

Me tengo que sentar rápido en mi box y tratar de no hacer ruido para que el gordo forro no se avive de que recién llego, sino seguro me lleva a la oficina a cagarme a pedos. ¡Hijo de puta! Como voy a disfrutar cuando les mande la carta documento considerándome despedida.

Lástima que hoy me siento tan mal y que no puedo contener mi vómito. Tengo que correr al baño y llego justo para lanzar todo adentro del inodoro. Siento que las tripas se me salen por la boca y cada vez que parece que ya pasó lo peor, una nueva arcada me hace largar porquerías que vaya a saber cuándo comí.

Me cepillo los dientes frente al espejo con las piernas todavía temblando. Tendría que pedirme médico e irme a casa, pero no quiero darles argumento para que me rompan la pelotas.

Suena mi teléfono. Raro… Nadie me llama a esta hora. Veo que es mi doctor y lo atiendo. Es una pena que este boludo este tan enamorado de su esposa, sino ya me lo hubiera levantado y estaríamos casados.

Me pregunta como estoy y me dice que tiene el resultado de los análisis de rutina de la semana pasada. Después esboza algunas palabras sin sentido como: noticia, sentada
cuidando, novio y otras que tampoco entiendo. Hasta que dice una que ordena a todas las anteriores: embarazada.

Nuevas nauseas me invaden pero logro contenerlas. Pienso en quién, en cómo y en cuándo. La respuesta a las tres preguntas me hace vomitar nuevamente. Pienso en mi mamá, que siempre me decía que cuando me acostara con alguien, lo hiciera por amor, porque las consecuencias podían ser para toda la vida.

Debí hacerle caso y no haber garchado con el falopero ese que conocí en el cumpleaños de Sandra. ¡Alcohol de mierda! ¡Anticonceptivos de mierda! ¡Irregularidad de mierda! ¡Vida de mierda!

¡¿Qué voy a hacer ahora?! Quiero llorar, gritar, patalear y no puedo. Tendría que hacerme un aborto mañana mismo pero soy muy cagona. Con la suerte que tengo seguro que me hago un aborto y me cago muriendo. No me va a quedar otra que tenerlo. Después de todo, chicas más jóvenes que yo, son madres y algunas son felices y todo. Eso sí: Adiós Europa.

La forra de la secretaria me viene a buscar para avisarme que el gordo me espera en la oficina. Camino por el pasillo como un zombi, mitad por la noticia y mitad por la descompostura que tengo. Pienso en lo que me va a decir este pelotudo y que me lo voy a tener que fumar completo. Más vale que haga buena letra a partir de hoy porque con la sorpresita que tengo en la panza no me toma nadie para laburar y cinco años de antigüedad en un trabajo, no están nada mal para una madre soltera y primeriza.

Entro a la oficina y el gordo está parado de espaldas, haciéndose el misterioso. Me dice que me siente y al hacerlo, me sorprendo a mí misma, apoyando ambas manos sobre mi vientre. Debe ser el famoso instinto maternal que se está despertando en mi.

Me dice que no entiende mi descenso en la productividad. Que al principio era una de las mejores empleadas, pero que ahora parece que estuviera esperando a que me rajen.

¡Gordo de mierda! Yo también me acuerdo que al principio me tirabas todos los perros. ¡Bien caliente estabas conmigo pajero de mierda!

Me dice que la empresa quiere lo mejor para mí porque tengo mucha capacidad y que quisieran que me sintiera a gusto trabajando aquí. Sigue hablando boludeces mientras yo recuerdo las veces que me gritaba al oído por no entregar mi trabajo en tiempo y forma.

Dejo de escuchar el aburrido discurso y pienso en el nombre que le pondré a mi hijo. Tiene que ser un nombre sencillo pero ambicioso. Que no parezca que la madre quiere ostentar delante de los demás, pero que marque una diferencia entre él y sus amigos.

Una palabra me llama la atención y mis sentidos vuelven al gordo repugnante. Dice algo así como despedida, telegrama, indemnización…

Me quedo en silencio. Se me cumple lo que estuve esperando durante meses, justo el día en que dejo de anhelarlo. Suena a Confucio o a Lao Tsé. ¡Chinos de mierda!

El gordo nota que algo cambió en mi. Detiene su aburrido discurso y me observa con asombro. Parece sorprendido ante mi falta de reacción. Me pregunta si estoy bien y como no le contesto, me pregunta que me pasa.

No sé qué decirle para zafar pero sé que tengo que hacer algo. No me puedo quedar en la calle justo ahora.

-Te amo…- Le digo.

Da dos pasos hacia atrás y con el rostro desfigurado por la sorpresa, esboza un inentendible “¿Qué?”.

-¡Que te amo Guillermo!- repito- y no soporto más guardar este secreto.

Ante la confusión del gordo, tomo la iniciativa y lo beso. Primero dulcemente y luego con pasión. El gordo me abraza y después me agarra del culo. Segundos después estamos cogiendo en el sillón de la oficina. En silencio, casi sin hacer ruido para que nadie nos escuche.

Pasamos la semana entera cogiendo a escondidas y un mes después, el gordo se entera con alegría que va a ser padre.

Guillermito nació en Italia. En donde vivimos durante los meses de verano y ni bien el invierno llega al viejo continente, nos volvemos a Buenos Aires.

 

El gordo resultó ser un gran padre y un muy buen marido.