La situación más ridícula, el día menos pensado, puede despertar en mí un repentino y feroz ataque de ira.

No comienza lentamente. No nace de a poco, desde algún rincón como para poder estar preparado. A simple vista, no parece tener nada que ver con situaciones pasadas. Ni siquiera surge como consecuencia de algo grave o importante que justifique tal reacción.

Aparece de golpe y de la manera menos pensada. Con consecuencias generalmente no tan graves, pero desproporcionadas a la situación que lo generó.

Por ejemplo, hace no mucho tiempo, recuerdo haber pateado una silla de casa en el momento en que Chucho Acasusso perdió la final de la Copa Davis contra Verdasco. Con la mala (o buena) puntería de haberle dado a una mochila que colgaba de ella, en la que estaba la aerocámara con la que mi hijo mayor (por aquel entonces el único) se hace el paf para prevenir los broncoespasmos. La aerocámara se partió y tuve que salir a comprar una nueva mientras mi esposa criticaba mi falta de serenidad ante los eventos deportivos.

Mi esposa no acepta, no avala ni comprende estos ataques de ira y yo no puedo concebir que ella  nunca haya experimentado uno y a eso le adjudico la ulcera que tuvo hace algunos años atrás. Para mí, aquel que no experimenta con frecuencia estos ataques, se está reprimiendo y experimentará en un futuro no muy lejano, graves consecuencias físicas.

En ocasiones Dios, o algún otro ente superior, nos protege de llegar a extremos mayores con estos ataques. Cuando cursaba séptimo grado, enceguecido, arrojé a Sergio Alvarado contra un ventanal que daba al patio. El maestro gritó, algunos chicos se agarraron la cabeza y las chicas cerraron sus ojos. Todos sabíamos que el vidrio no soportaría el peso del cuerpo en velocidad. Pero vimos como, al igual que en Matrix, la ventana en lugar de romperse, hizo un efecto “cama elástica” y me devolvió a Sergio directo a los brazos para que pueda seguir golpeándolo, pero en el suelo.

Todo había comenzado, cuando creí que él había roto mis anteojos. Lamentablemente para el momento en que me entere de que mis gafas seguían intactas ya había estampado la primera de las tres firmas anuales permitidas en el libro de disciplina.

Lo peor de estos ataques es que se van tan rápido como vienen y la adrenalina baja repentinamente dejándome expuesto ante los demás, como un peligroso desequilibrado mental.

En Plaza Italia, junto a mi mujer y al mayor de mis hijos, vimos que un muchacho forcejeaba con cuatro policías que intentaban sacarle la bijouteri que este vendía en la calle. El muchacho era un extranjero de piel negra que hablaba muy poco castellano. La gente espontáneamente se había reunido alrededor de ellos para impedir que se lo llevaran detenido y le secuestraran la mercadería.

En determinado momento, un funcionario público que estaba a cargo del operativo, le gritó “cagón” a un muchacho que lo agredía los gritos pero se negaba a involucrarse como testigo del detenido. Aún hoy no entiendo que fue lo que me pasó, pero ni bien escuche esa palabra de boca del funcionario dirigida hacia un ciudadano común, avancé a los gritos hacia él, mientras mi señora me sujetaba del brazo e intentaba bajar al nene que yo no recordaba, tenía sobre los hombros.

Maleducado, corrupto, mentiroso, ladrón, fueron algunos de los improperios que le lancé al igual que un grupo de personas que se me habían sumado.

Con gran altura y un excelente vocabulario, el funcionario se acerco a nosotros y nos explico las razones del procedimiento, justificando su accionar con sólidos argumentos.  Tuve que relajarme y retirarme de ahí ruborizado, en parte por la adrenalina y en parte por la vergüenza que sentía.


También con mi hijo en brazos, patee la puerta de la oficina del jefe de la estación de trenes de Mar del Plata para entrar a pedir explicaciones por una demora de seis horas en la partida del tren y una falta de información que rozaba la tomada de pelo por parte de ellos. Luego de entrar y quedar cara a cara con él, pude ver que mi presa era un hombre mayor que se había asustado  y estaba seguro de que iba a recibir un golpe de mi parte.

Tuve que limitarme a seguir gritando y a pedirle que me anote su nombre y apellido en un papel para llegar a Buenos Aires y hacer la denuncia. Cosa que por supuesto no hice.

Ahora que llegué a la edad de Cristo y después de haber escuchado decir a un reconocido médico que los ataques de ira pueden traer consecuencias cardíacas, estoy en medio de una campaña anti ira, fuertemente por contenerme cada vez que surge.


Sin embargo, la ira no siempre es mala y en ocasiones puede representarnos cosas buenas:


Mi abuela me contó una vez que mi abuelo (a quién no conocí), en una ocasión se quedó dormido y perdió un vuelo para el cual ya tenía boleto. Al despertar tomó el despertador, vio la hora y al comprobar que no tenía forma de llegar al aeropuerto, furiosamente lo arrojó sobre la pared haciéndolo estallar en mil pedazos, los cuales cayeron en forma de lluvia sobre ellos.


Mi abuela tiene un trauma por esta situación y me la contó luego de haberme visto estallar alguna vez. Esa fue la primera vez que me sentí unido a mi abuelo, de quién heredé mi segundo nombre y con quien comparto fecha de cumpleaños aunque el haya muerto varios años antes de que yo naciera y solo yo, se cuanto me hubiera gustado conocerlo.