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El cuarto es enorme. Ingresamos sigilosamente como si al hacer algún ruido, pudiéramos despertar alguna criatura oculta en la oscuridad. Pero en el cuarto no hay nadie. Está vacío. Como si no recordara cual es nuestro objetivo, July comienza a revisar los libros de la pequeña biblioteca que esta sobre la pared. Damián avanza dos pasos y se detiene, como esperando a que alguien le dé una orden. La orden se la doy al Sapo: le pido que cierre la puerta. Hace lo que puede porque la cerradura está rota debido a la violenta patada que él mismo le dio. Tan solo logra entornarla un poco y la traba con una silla.

—¿Vamos?— le pregunto.

—Vamos— me responde.

Juntos, el Sapo y  yo, caminamos hasta la puerta que nos comunica directamente con el cuarto de atrás, el último de todos. Ese, al que nadie tiene acceso y en el cual, no tenemos la menor idea de con que nos vamos a encontrar una vez que abramos la puerta. Intento adivinar si seremos lo suficientemente valientes como para seguir adelante con nuestra misión. El Sapo está a mi derecha vaya a saber pensando en que; por la expresión de su rostro, puedo adivinar que se está muriendo de ganas de reventar la puerta con otra de sus patadas. A su derecha, se para Damián y pregunta si es ahí donde está la mano. Nadie le contesta. A mi izquierda se ubica July y disimuladamente, me toma de la mano por primera vez. O está muy asustada e intenta tranquilizarse a mi lado, o se dio cuenta de que yo estoy muerto de miedo y me quiere calmar dándome la mano. Si es eso lo que pretende, no le está dando resultado.

Es ahora. Podemos pasar toda la noche acá parados sin tomar la decisión de cruzar esa puerta, así que le doy la orden al Sapo para que haga lo que mejor hace: La patada abre la puerta de par en par, golpea contra la pared y casi vuelve a cerrarse. Por suerte, la cerradura también queda destrozada. La habitación entera queda a nuestra disposición.

Yo soy el que entra primero e intento prender la luz, pero no funciona. Esta oscura y fría. Sobre las paredes hay muebles que guardan todo tipo de cosas, en su mayoría juguetes. Damián no se resiste y comienza a hurgar en los baúles, fascinado por la cantidad de juguetes que tiene a su disposición. El Sapo le llama la atención con un pequeño golpe en la nuca. Al fondo, atrás de todo, cruzando la habitación completa, un manchón negro, más negro que la oscuridad del cuarto, parece brillar.

Los cuatro la miramos en silencio. No sé los demás, pero yo tengo mucho miedo.

—Tal como la recordaba— dice el Sapo y camina hacia la pared.

Concentrados en el manchón, nadie presta atención al ruido de una silla que se arrastra a nuestras espaldas, ni a los pasos que cada vez están más cerca. Pero los cuatro nos sobresaltamos al escuchar, nuevamente una voz detrás nuestro. Esta vez, no es una voz femenina; tampoco un compañero, ni una maestra cualquiera que nos descubrió justo antes de terminar nuestra misión. Esta vez, quien está parado en la entrada del cuarto, no es otro que Ramírez, el director.

Puedo ver a Damián muy asustado. Seguramente, está pensando que lo van a echar de la escuela justo el ultimo día de clases; o quizás, que lo harán repetir de año. El Sapo, al contrario, parece restarle importancia a lo que le pase. Repetir un año más, no hace la gran diferencia para él. July esta pálida, la chica perfecta acaba de ser descubierta en su primer travesura desde que empezó la escuela y no hay forma de que se le ocurra alguna razón  para zafar. Y yo… yo estoy frustrado. No puedo creer haber llegado tan cerca y no haberlo logrado.

—¿Quién me va a explicar que es lo que están haciendo acá?— pregunta Ramírez, y después de mirar las puertas rotas, pregunta además, quien va  a pagar por eso.

El Sapo se adelanta y le responde primero.

—Las puertas se las puede cobrar a mi papá. Y no se haga el gil, porque usted sabe bien que estamos haciendo acá.

—No lo sé— dice Ramírez, —pero puedo imaginarlo.

—¿Nos va a expulsar?— le pregunta Damián, pero Ramírez parece no escucharlo. Decido que es mi momento de hablar.

—¿Queremos conocer la historia?— le digo.

—¿Qué historia?—

—La de la mano… La mano maldita— le respondo.

Nos dice que la mano maldita no existe. Que es un mito inventado por los alumnos y que va pasando de generación en generación. Explica que esa es la razón por la cual no dejan que nadie entre en ese cuarto. Lo dice como si fuera cierto, pero sabemos que es mentira. El Sapo lo sorprende cuando le dice que sabemos que él fue miembro de la última expedición exitosa para ver la mano marcada en la pared.

Ramírez se queda en silencio. Evidentemente, él no sabía que nosotros sabíamos eso.

—Eso no es cierto. Es un mito— intenta mentirnos, pero no nos convence.

—Ok…— le digo. —Entonces supongo que no habrá ningún problema si me acerco y toco esa mancha con forma de mano en la pared del fondo.

El Sapo sonríe, como si estuviera orgulloso de mi. July me mira sorprendida. Damián calma sus nervios mirando unos juguetes tirados en el piso. Ramírez me observa en silencio, como intentando adivinar si estoy hablando en serio. Para confirmárselo, me acerco dos pasos hacia la pared en donde una mano negra me espera.

Ramírez se adelanta y estira la mano para detenerme.

—¡Alto!—grita. —¡No lo hagas! No toques la pared. Si me hacen caso, les prometo que les cuento la verdadera historia.

—Lo escuchamos— le dice el Sapo y se sienta frente al director. Todos hacemos lo mismo.

Ramírez se rasca la cabeza, se quita sus lentes y usando el dedo índice y el pulgar de la mano derecha, se frota los parpados. Con mucha incomodidad, comienza a narrar su versión de la historia.

—Fue hace muchos años. Yo estaba en séptimo grado, igual que ustedes y en esa habitación funcionaba la biblioteca que luego pasó a la planta baja. Yo era un muy buen alumno y todas las semana venia a retirar un libro nuevo.

—¡Nerd!— lo interrumpe el Sapo y Damián se ríe.

—Traga…- continúa el director.— en esa época me decían traga, por tragalibros. Nadie conocía la existencia de esa marca en la pared, yo fui el que la descubrió. Debido a que siempre venia a retirar libros, los cuales siempre devolvía en excelentes condiciones, el bibliotecario me dejaba retirar más de un libro a la vez y en una ocasión en que me lleve cinco juntos, ahí, en el espacio que quedo donde esos libros estaban, encontré la mano: Completamente negra, sobre una pared demasiado blanca. Le avise al bibliotecario y entre los dos, corrimos los estantes para verla.

—Igual que ahora— le recrimina July y Ramírez asiente. Luego, sigue con su relato.

—Así que les conté la historia a José y a Martín, dos compañeros y dos grandes amigos. Elegimos un sábado. En la escuela había un campeonato de fútbol y nosotros tres, nos escabullimos por la escalera. Entramos en la habitación y corrimos la repisa que habían colocado para taparla. La mano era tan oscura que parecía brillar. Igual que ahora.

Ramírez nos habla a nosotros, pero observa la mano en la pared, como esperando que ella le conteste.

—Los tres nos acercamos temerosos y la observamos detenidamente. Parecía moverse, pero no lo hacía. Martín quiso tocarla, pero yo no lo dejé. Quería ser el primero en hacerlo. Me empujó, se la devolví y casi nos vamos a las manos, pero mi otro amigo, José, aprovechando la distracción, apoyó su mano sobre la mancha en la pared. El aire se enfrió de repente, la mano pareció tomar forma y lo agarró. Le agarró la mano y tiró de él . Nunca supimos por dónde, pero mi amigo estaba atravesando la pared. Gritaba pidiendo ayuda y nosotros no pudimos ayudarlo. Cada uno agarro una pierna y tiramos para rescatarlo, para volver a traerlo hacia nosotros, pero la fuerza de la mano era demasiado para dos pequeños niños. Finalmente, lo tuvimos que soltar y escuchamos una risa tenebrosa en toda la habitación. Luego, la mano, volvió a convertirse en una sencilla mancha sobre la pared.

—Pero entonces, ¿Qué es lo que hay ahí?— le pregunto, señalando a la mano.

—No tengo la menor idea— responde, —y no pienso averiguarlo.

Enojada, July le pregunta si está hablando en serio. Le dice que no cree que no quiera averiguarlo después de ver lo que le pasó a su amigo.

—¿No quiere saber a dónde está? ¿Qué le pasó? ¿Cómo esta él?

El director baja su cabeza y cierra los ojos. Luego, con vergüenza, dice que no, porque no tiene el valor suficiente para hacerlo.

Permanecemos en silencio, pensativos. Quizás un poco tristes y un poco asustados. Pasan varios segundos hasta que el sapo se pone de pie.

—Bueno…— dice. —Aprovechando que acá son todos unos cobardes, voy a tener que ser yo quien dé el primer paso.

Camina hacia la pared, pero el director le bloquea el camino antes de que pueda apoyar su mano en ella. Le dice que no se lo puede permitir. Enojado, el sapo lo empuja con ambas manos, haciendo que la espalda del director, se apoye completamente sobre la horrorosa mancha de la pared.

Vemos con espanto como su cara comienza a tomar una expresión de terror. Ramírez intenta despegarse de la pared sin éxito y estira sus manos hacia adelante, como intentando agarrarse de algo para escapar de aquello que lo sostiene desde atrás.

Lo intenta con desesperación y nosotros, completamente aterrorizados, no sabemos qué hacer.

LaManoNegra

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