Sentado, y observando detenidamente las improvisadas luces que colgando del techo, intentan dar al salón de actos, la forma y el estilo de una pista de baile, aguardo la llegada de mis amigos. Desde acá, puedo ver a los padres, detrás de unas mesas colocadas una al lado de la otra, como si fuera la barra de un boliche, en donde sirven gaseosas, jugos y panchos a los niños que previamente, hacen su pedido en la caja de zapatos que simula ser una registradora, en donde luego de abonar, les entregan un númerito de rifa con el que retiran aquello que hayan comprado.

El Sapo es el primero en llegar. Trae un vaso de gaseosa en la mano y se sienta a mi lado. Al apoyarlo, algunas gotas se derraman sobre la mesa. Lo miro e imagino que tranquilamente podría ser un vaso de cerveza. El Sapo repitió dos veces y se le nota: está entrando en la adolescencia y algunos de nosotros sabemos que hace rato que toma alcohol y fuma a escondidas de sus padres. Se sienta pero no me saluda, no hace falta. Nunca nos llevamos bien y no vamos a empezar a hacerlo ahora. Estamos juntos en esto porque nos necesitamos mutuamente. Él, para demostrar que tiene más aguante que todos nosotros y yo, para que me ayude a cumplir mi objetivo, porque para ser honesto: el Sapo, realmente, tiene más aguante que todos nosotros juntos y sin él, jamás podríamos llegar hasta donde tenemos planeado.

También Damián llega a la mesa y antes de sentarse, estrecha la mano para saludarnos.

.¿Están listos?- nos pregunta.

El Sapo no le contesta. Yo asiento moviendo la cabeza. Sé que Damián tiene miedo, que hubiera preferido que le contestáramos que no y que le dijéramos que suspendimos todo. Solamente se ofreció a venir, para no dejarme solo con el Sapo. Si pudiera elegir, elegiría no haber venido.

Echo un vistazo hacia la puerta que une, pasillo mediante, el salón de actos con el resto de la escuela. Lo que a nosotros nos interesa, esta justo al otro lado del. Debemos atravesarlo en su totalidad, doblar a la izquierda, subir una escalera de dos niveles, entrar al gabinete psicopedagógico y ahí, en la parte de atrás, justo en el cuarto que usan para guardar los juguetes con los que intentan que los niños se expresen, está lo que iremos a buscar hoy. Solo una vez pude verla, justo después de que mis papás se separaron. Por precaución, me llevaron para que hablara con la psicóloga de la escuela. Algún niño había dejado la puerta de atrás mal cerrada y la vi: estaba sobre la pared, parecía tener vida, textura, relieve… Sentí que me llamaba y como si estuviera hipnotizado, me levanté del escritorio y caminé hacia ella. La psicóloga me sujetó de un brazo, evitando que siguiera avanzando. Cerró la puerta de un golpe. Me pidió que olvidará lo que había visto; me dijo que era solo una mancha, que al día siguiente un pintor se encargaría de tapar. Pero no pudo disimular el miedo y cuanto le desagradó que yo la hubiera descubierto. Me envió al aula y, aunque nunca más regresé al gabinete, no pude olvidar aquello que había visto.

Ni bien comencé con las averiguaciones, el Sapo se enteró de mis planes y me contó que él la veía todos los días. Por su comportamiento, estaba obligado a pasar una hora diaria en el gabinete. Hicimos equipo y reclutamos a Damián, solo para que no le contara nuestro plan a nadie. Determinamos una fecha pensando que faltaba mucho pero finalmente, ese día llego: es hoy. Es por eso que no hablamos. Porque sabemos que, dentro de algunos minutos, nuestro sencillo plan se pondrá en marcha y no tendremos otra opción más que, escabullirnos por el pasillo, doblar a la izquierda, subir la escalera, entrar al gabinete y justo ahí, en la parte de atrás, en el cuarto en dónde guardan los juguetes con el que intentan que los niños se expresen, estará esperando lo que muy pocos de nuestros compañeros pudieron ver, pero a la cual todos, absolutamente todos, llaman de la misma manera.

Por fin, ha llegado el día, en que nosotros tres, de una vez por todas, tendremos la oportunidad de conocer en soledad, a eso que todo el colegio llama: La mano maldita.

Continúa en la segunda entrega. Click aquí para leer

 

la mano maldita

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