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Mientras Ramírez lucha para despegarse de la pared que lo sostiene, nosotros intentamos entender que es lo que está sucediendo.

—¡Ayúdenlo!- grita July sacándonos a todos de nuestro estupor. El sapo toma el brazo derecho y yo el izquierdo; ambos tiramos hacia atrás, para traerlo hacia nuestro lado, pero no lo logramos. Ramírez nos aprieta las manos y pide a los gritos que lo ayudemos. Eso es lo que intentamos, pero nos falta fuerza. Recuerdo a Ramírez contando que él también había intentado salvar a su amigo, pero que la mano era demasiado fuerte para dos niños. Nosotros somos cuatro.

Les digo a July y a Damián que nos ayuden. Ella viene enseguida, a él le tengo que pedir dos veces que lo haga. Dos de cada brazo tiramos y gritamos para reunir más fuerza. Nos alentamos mutuamente, con palabras como “fuerza”, “dale”, “vamos”, hasta que por fin, comenzamos a ganar. Poco a poco, el director está más cerca nuestro que de la pared y finalmente, la parte de atrás de su saco se rompe provocando que Ramírez caiga junto a nosotros. Desde el piso, vemos por primera vez a la mano maldita en su totalidad.

Parece un guante. Un gran guante saliendo de la pared, manoteando al aire para intentar agarrar algo, lo que sea. Luego de algunos segundos, vuelve a meterse dentro de la pared fundiéndose en ella y convirtiéndose nuevamente en una mancha negra.

—¿Está bien, Dire?— le pregunta July. Ramírez dice que sí, pero su rostro expresa todo lo contrario.

—Estoy muy asustado— dice Damián.—¿Podemos irnos?

Lo miro al Sapo y entiendo que piensa lo mismo que yo: ya vimos demasiado. Ayudamos a Ramírez a ponerse de pie. Se lo ve cansado y asustado. Con la yema de los dedos, simula peinarse. Debe estar pensando que en pocos minutos más, estará nuevamente en el salón de actos aparentando que nada raro ha sucedido para no tener que dar explicaciones.

—Mis anteojos— dice, palpando sus bolsillos.

—¿Son esos?— pregunta Damián, señalando un par de lentes, tirados en el piso, justo frente a la mano.

Ramírez asiente, pero no parece tener intenciones de acercarse a buscarlos. July, sin pensar, o quizás pensando que todo terminó, camina hacia ellos teniendo mucho cuidado de no tocar la pared. En el mismo momento en que se agacha para levantarlos del piso; en el instante exacto en que los lentes están en su mano, vemos a la mancha en la pared tomar forma nuevamente. Esta vez, la mano no es solamente una mano, sino que es un brazo completo. Negro, largo que se estira intentando acercarse a Julieta que, agachada y de espaldas, no parece enterarse del peligro.

—¡Ahí está!— grita el director, señalando hacia la pared, como si los demás no la hubiéramos visto.

Damián, quizás más asustado que Ramírez, grita el nombre de Julieta para alertarla sobre el peligro que la amenaza. El Sapo, no tan asustado, pero sabiendo que soy yo el que más cerca está, también grita, pero grita mi nombre.

Nuevamente, el grito me pone en acción. Comienzo a correr hacia July y cuando estoy cerca, salto. Me estiro en el aire y veo la mano a punto de agarrarla. Julieta me ve volando hacia ella y entiende, aunque no pueda verlo, que está en peligro. Cierra los ojos y yo también lo hago. Siento mi cuerpo impactando contra el suyo. Se cae y rueda por el piso alejándose del peligro. También siento que yo no caigo y noto claramente, como la mano me sujeta de una pierna.

Julieta llora arrodillada en el piso con la cara apoyada sobre sus brazos. Damián, también está sentado en el piso, pero sin llorar. No grita, ni se mueve. No hace nada. A Ramírez todavía le dura el susto, pero intenta sujetar al Sapo. Hacerlo no es fácil, porque el Sapo es grande y fuerte e intenta soltarse. Quiere correr. Grita mi nombre e intenta correr hacia la pared, pero el director no lo deja. De alguna manera, con solo dos manos, se las arregla para sacar del cuarto a los tres juntos. No le resulta sencillo porque cada vez que agarra a uno, el otro se suelta, pero luego de un rato, el director y mis tres amigos están fuera de la habitación. Ramírez es el último en salir y antes de hacerlo, mira hacia la pared con una mezcla de miedo, bronca y tristeza.

Siento alivio por ellos. Están a salvo.

La mano ya no se mueve. La mancha volvió a ser tan solo una mano marcada en la pared. Es difícil imaginar que la misma habitación que ahora esta vacía y tranquila, sea la misma en la que, hace tan solo unos segundos, se vivió una situación tan dramática.

Al salir de la habitación, dejan la puerta entreabierta por la cual entra un poco de luz desde la otra habitación, pero aquí, de este lado, todo está oscuro. Antes de retirarse yo pude verlos a todos, pero ellos no pudieron verme a mí. Yo tampoco puedo verme. De este lado de la pared, la marca de la mano es transparente y es, a través de ella, desde donde veo todo lo que pasa afuera .

De este lado no hay ruido, hace frío y no hay luz. No puedo ver nada, ni siquiera mi propia nariz. Nada se escucha y no tengo idea que hacer, ni a donde ir. No sé a dónde estoy, ni que es lo que realmente pasó conmigo. Pero si hay algo que puedo asegurar, sin temor a equivocarme, es que de este lado, no estoy solo.

FIN

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