La mano maldita – Segunda entrega

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Los niños acostumbran contar historias. Dicen que la mano maldita está en esa pared desde hace años y que, por más que pinten ese cuarto dos veces al año, ese manchón negro con forma de mano derecha, jamás queda escondido debajo de la pintura. Intentaron con varios colores, pero sigue ahí. Quisieron colgar un cuadro sobre ella, pero el clavo se soltó y  terminó destrozado en el piso. El último intento, fue poner sobre esa pared una biblioteca repleta de libros, que se vino abajo y mandó al hospital, a la portera de la escuela. Luego, la mano maldita, quedó a la vista de cualquiera que pueda cruzar esa puerta que permanece con llave las 24 horas del día y a la cual, la psicopedagoga, protege como si su puesto en la escuela, dependiera de eso.

Fue por eso que tuvimos que esperar hasta hoy. Día en que los de sexto, nos organizan la despedida a nosotros, los de séptimo. Ya tenemos todo aprobado (al menos Damián y yo. El Sapo no), y no nos pueden hacer nada. Durante esta noche, los pasillos permanecen vacíos, la psicóloga no trabaja y todos los ojos están puestos sobre la pista de baile, en donde la mayoría de los alumnos, mueven el cuerpo al ritmo de la música. Solo una persona parece no estar interesada en la fiesta: Benítez, el director. Vestido, como siempre, de saco y corbata. Peinado con gomina y escondiendo su mirada detrás de unos enormes anteojos de sol. Parado como si fuera un granadero, justo en la puerta que nos comunica con el pasillo y desde ahí, con el resto de la escuela. No se mueve, no va al baño, no toma agua, no se sienta ni se apoya contra la pared. Durante los recreos, se cuenta que Benítez perteneció a la última expedición que logró acercarse a la mano. No seremos nosotros los primeros en intentarlo. Al parecer, cada año, un grupo alumnos intenta llegar hasta ella sin éxito, pero la única que logró hacerlo fue la que, hace varios años, encabezó Benítez.

Tenía solamente trece años -igual que nosotros- y se cuenta que algo muy malo pasó, pero nadie habla de eso y Benítez, el director, es quién más empeño poné para que nadie logré ingresar al cuarto en donde intentan esconderla  y hoy, está ahí parado como si supiera que es esta la noche perfecta para intentarlo.

Nosotros tenemos nuestro plan: esperaremos aquí sentados el momento en que Benítez se distraiga y si eso no sucede, tendremos que obligarlo a distraerse. De eso se encargará el Sapo.

-¿Qué pasa acá?- La voz de Rúben (con acento en la u), nos asusta tanto, como el golpe que da sobre la mesa con la palma de la mano. Algunas gotas de la gaseosa del Sapo se derraman  y Damián, se asusta tanto que deja caer al piso, el superpancho que estaba comiendo.

-¡Me asustó, profe!- le recrimina, mientras levanta la salchicha, el pan y les da otro mordisco.

-¡Contestenme! Ustedes tres, acá, juntos… Algo están tramando- nos increpa el profe y tiene razón.

Nadie le contesta. El profe Rúben me cae muy bien, pero esta noche, él es el encargado de la seguridad de la fiesta y -al parecer- se toma su trabajo muy enserio. El Sapo le da un sorbo a su gaseosa y le dice que es eso lo que estamos haciendo: tomar gaseosa.

-No se pasen de vivos conmigo- nos advierte. -A ustedes dos, nunca los vi hacer algo juntos. Vos, Sapo, deberías estar buscando pelea o haciendo pelear a dos amigos mientras levantas apuestas.

El profe guarda silencio, esperando la respuesta. El Sapo bebe un trago de gaseosa antes de responder.

-Esa es una muy buena idea, profe. A mí no se me había ocurrido.

Ahora el profe me habla a mí.

-Vos… No sé qué haces acá, pero deberías estar en la pista, sacando a bailar a July. ¿No es esta la noche que tanto esperabas?

Una vez más, el profe no se equivoca. No le contesto, pero el profe tampoco esperaba ninguna respuesta de mi parte.

-Y vos Damián… -piensa- deberías estar…- vuelve a pensar mientras lo ve dar el último mordiscón al superpancho, con la boca llena de migas y restos de mostaza que  le chorrean por la comisura de los labios. -Vos deberías estar haciendo exactamente lo que estás haciendo en este momento.

Finalmente, nos dice que no nos hagamos los vivos porque nos va a estar vigilando durante toda la noche. Después, se va a molestar a otros chicos. El Sapo suspira molesto.

-¿Vamos a esperar mucho más? me pregunta mirando al director, que aún permanece inmóvil en su puesto. Le digo que solamente un rato más, pero inmediatamente me doy cuenta que fue una mala idea: July entra al salón de actos. Me da la sensación de que algún reflector la ilumina mientras camina, pero no. El brillo sale de ella misma. Esta linda, muy linda. Más linda que nunca. Hermosa.

-¡Epa! – dice el Sapo y me golpea con su codo.-¡Mirá quién vino!

Serio, como si no me interesara, le digo que ya la vi. July camina por la pista como si estuviera buscando a alguien. Todos saben que me está buscando a mí. Ninguno de los dos había dicho nada, pero ambos sabemos que esta es la noche en que nos pondremos de novios. Hace mucho que nos gustamos y, a pesar de la vergüenza que nos impide mirarnos a los ojos por más de cinco segundos, no vamos a dejar pasar esta oportunidad. Después de la fiesta, las clases terminaran y nunca más volveremos a pasar tanto tiempo juntos. Es por eso que tiene que ser hoy.

July detiene su andar y desde la pista, como si supiera donde estoy yo, me mira. El Sapo, casi sin mover los labios, me avisa que me está mirando. El corazón se me acelera y me agarra calor, mucho calor. Siento una pequeñísima gota de sudor que comienza a caer por mi espalda. Tengo escalofríos.

-Ahora Sapo- le digo. No estoy seguro de que sea el momento indicado y mi inseguridad, hace que el Sapo también dude.

-¿Seguro?- me pregunta.

Dejo de mirar a la chica que desde la pista, parece dispararme alguna especie de rayo invisible y miro al Sapo directo a los ojos.

-¡Ahora!

El Sapo también parece convencerse y se pone de pie, tropezando con la pata de la mesa. El vaso, casi lleno de gaseosa, se cae al piso. e inmediatamente, un murmullo comienza a llegar desde la pista de baile. Vemos una pelea que comienza entre dos compañeros nuestros. Segundos después, son tres los que están peleando. Luego cuatro, cinco y en cuestión de segundos, más de diez chicos reparten trompadas en todas direcciones. Por fin, atraída por la pelea, July deja de mirarme.

Respiro aliviado. El Sapo sonríe.

Continuará…

la mano maldita 2

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