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Siempre pasa lo mismo: un chico empuja a otro; este le devuelve el empujón; entonces, un amigo del chico que empujó primero, se mete para defenderlo. Como son dos contra uno, alguien intenta emparejar las cosas y ayuda al que tiene que pelear solo contra dos. Ahí es cuando algún distraído, se mete a separar pero recibe un golpe y sin tener la menor idea de quién le pego, se la devuelve al primero que encuentra. Así, una y otra y otra vez, hasta que se arma una pelea de todos contra todos y que ya nadie recuerda porque comenzó.

Algunos padres, profesores y compañeros, intentan separar a los violentos. El profe Rúben, como si fuera un árbitro de fútbol, hace sonar su silbato mientras corre hacia el lugar de la pelea. La batalla se prolonga mucho más de lo normal, entonces sucede lo que estábamos esperando: el director Ramírez decide que tiene que entrar en acción y se mete entre la muchedumbre, para detener la pelea. Ahora nada interfiere entre nosotros y el pasillo. Nadie nos mira. Veo al Sapo como si estuviera a punto de largar una carrera, con sus piernas listas para correr. Damián esta distraído, mirando la pelea y arrojando piñas al aire, como luchando contra el hombre invisible. Yo estoy más nervioso que en toda mi vida, pero sé que no habrá otra oportunidad igual. Miró hacia la pista y confirmo nuevamente que nadie nos está mirando.

¡Ahora!- les grito y todos corremos. Damián demora algunos segundos en seguirnos. Se tropieza y casi se cae, pero logra mantenerse de pie. Corremos a lo largo del pasillo, oscuro, frío y desierto. No nos detenemos hasta llegar a la escalera y recién ahí, agitados y transpirados, nos sentamos para intentar recuperar el aire y asegurarnos de que nadie nos haya seguido. Damián se agarra el estomago, parece que estuviera por vomitar. El Sapo salta en el lugar, excedido de adrenalina y listo para seguir corriendo. Uso la manga de mi camisa para secar las gotas de sudor de mi frente y comienzo a subir los escalones, lento y en silencio. El Sapo hace lo mismo. Damián también nos sigue, pero sus pies parecen bombas de estruendo a cada paso que da.

-¿Podes hacer menos ruido?- le digo.

-¿Podemos descansar un rato?- me dice él a mí.

-No-. le digo yo.

-Entonces no puedo.

Seguimos subiendo. El Sapo salta de a dos escalones, como si la corrida no lo hubiera agitado. Lo veo y lo envidio por no tener esa resistencia. La escalera es larga y tiene tres descansos. En el primero, escuchamos algún sonido, como si alguien nos estuviera siguiendo. Nos quedamos quietos, prestando atención.  El Sapo me mira con el ceño fruncido, yo le respondo arqueando las cejas. Lo miro a Damián, me pregunta por qué nos detuvimos y el Sapo lo chista para que no hable. Nada, ningún sonido vuelve a llegar hasta nosotros. Continuamos subiendo sigilosamente, hasta el segundo descanso, momento en el que, otra vez, escuchamos el sonido de un paso a nuestras espaldas. El Sapo me mira preocupado, yo lo miro seriamente. Esta vez, parece que Damián también escucho el ruido.

-Tengo miedo- dice. El Sapo y yo lo chistamos.

Nos mantenemos en silencio durante algunos segundos, a la espera de otro sonido, pero nada se escucha. Muy despacio, subimos la última tanda de escalones y, ni bien llegamos a la cima, justo cuando estamos a punto de girar el picaporte de la primer puerta, no es un sonido lo que llega a nosotros sino una voz.

-¿Qué están haciendo acá?

El miedo me paraliza. Mi cabeza busca excusas de cualquier tipo, pero no se me ocurre ninguna creíble. Quiero girar para ver la cara de la voz, pero el cuerpo no me responde. A mi derecha, está el Sapo con los ojos cerrados, como diciendo “hasta acá llegamos”. Damián, en cambio, los tiene bien abiertos. Me está mirando a mí como pidiéndome disculpas. Su rostro esta colorado y comprendo que el ruido y el olor que se escucharon después de la voz, le pertenecen.

-No se hagan los giles… ¿A dónde van?- repite la voz y me doy cuenta que, quien nos habla, no es el director, ni el profe Rúben, ni un padre. Es una mujer. Una chica. Es ella. Giro sobre mí mismo y la veo de pie, frente a nosotros. Dos escalones más abajo, lo que me viene bien porque así, parece que ambos fuéramos de la misma altura. Al verla de cerca, puedo confirmar que es hermosa: Su pelo, su peinado, su ropa, su…

-¿Qué haces linda? ¿En qué andas?- le pregunta el caradura del Sapo, como si se la hubiera encontrado en la esquina de la escuela.

-Yo estoy bien, Sapo- le responde y me mira enojada.-Vos, ¿No tenés nada para decir?

Cambio el juego y le pregunto, yo a ella, que es lo que está haciendo acá.

-Me resultó sospechoso verlos salir del salón, justo en el momento en que se armaba la pelea, así que me intereso averiguar en que andaban. Y ahora, quiero escucharlos a ustedes contarme que es lo que están haciendo acá.

Antes de que pueda darle una trompada en el hombro para que no hable, Damián le confiesa, despreocupadamente, que estamos camino a ver a la mano maldita. July se sorprende, el Sapo se agarra la cabeza y Damián se tapa la boca, como si pudiera volver a meter las palabras adentro suyo. La noto confundida, sin saber que decir. Así que tomo la iniciativa.

-¿Querés venir con nosotros?- le pregunto.

-¿Te parece buena idea?- pregunta el Sapo, dejando en claro que a él no.

-¡Claro que es buena idea!- dice ella.- Cuenten conmigo.

-¡Bien!- festeja Damián, saltando con los puños en alto.

Puedo ver el gesto de disgusto del Sapo, pero lo ignoro. Estiro la mano y ayudo a July a subir los dos escalones que le faltan para estar a la par nuestra. Ahora, se nota que es mucho más alta que yo. Cansado de esperar y harto del romanticismo, el Sapo le da una tremenda patada a la puerta que cruje al abrirse, desparramando pequeñas astillas de madera por todos lados.

-Estamos adentro- dice el Sapo.

mano mala