La última tumba

La anciana esperó casi hasta último momento para despertarlo y recién cuando estuvo lista, golpeó la puerta del dormitorio y entró. Se acercó a la cama y tocó el cuerpo que se estaba refugiando debajo de las cobijas.

-Despertate, ya es la hora- le dijo con voz suave intentando no sobresaltarlo. Las cobijas apenas se movieron.

-Prometiste acompañarme, ¿Vas a venir?

-Si. Ya me levanto. Dejame dormir un ratito más-, respondieron por fin las cobijas.

Ella le explicó que habían pasado diez minutos del horario convenido y que en diez minutos más, se iría con o sin él. Con su dulce voz, hasta esa advertencia sonaba amistosa. Salió del cuarto y en cuanto la puerta estuvo cerrada , el joven se incorporó y permaneció sentado algunos minutos para despabilarse. Estaba despeinado y las ojeras dejaban en claro que la noche había sido demasiado larga y el descanso, por el contrario, muy corto. Antes de ponerse de pie, hizo crujir su cuello inclinando violentamente su cabeza hacia ambos lados. Una vez que logró pararse, caminó hasta el baño y cepilló sus dientes, mientras esperaba a que el vapor de la ducha llenara la habitación. Observó, espejo mediante, los nuevos moretones que exhibía su torso y con el dedo índice de la mano izquierda, comprobó que dolían tanto como parecía. Cuando el vidrio estuvo completamente empañado, recordó que la ducha lo estaba esperando. Se metió en ella y al entrar en contacto con el agua caliente, tomó consciencia de la fecha y sintió, como la tristeza se apoderaba de su estado de ánimo al recordar que se estaba cumpliendo un año de la última vez que estuvo con él.

La anciana regresó y al entrar al cuarto nuevamente, se encontró con el muchacho listo para partir. Se observaron mutuamente durante algunos segundos y luego se abrazaron, compadeciéndose uno del otro. Luego, bajaron la escalera lento y en silencio. Ya en el taxi, y sin dirigirse la palabra, viajaron apreciando el paisaje que pasaba veloz, por la ventanilla. Probablemente, el taxista estuviera pensando que estaban peleados o que, como muchas otras familias, tenían una pésima relación. Por el contrario, ella viajó recordando las últimas veces que había caminado esas calles del brazo de su marido. El muchacho, en cambio, lo hizo pensando en que nunca más volvería a verlo ni a escucharlo. Su mente se transportó un año hacia atrás, rememorando la última vez que había hablado con él. En esa ocasión, no se habían tratado de la mejor manera; o mejor dicho, se habían tratado mal. “Si hubiera sabido que era la última vez que hablaba con él, hubiera sido diferente”, acostumbraba pensar.

Bajaron del taxi y entraron al cementerio tomados de la mano, desconcertando seguramente al taxista. Él caminó despacio, permitiendo que la anciana anduviera a su lado. Ella, intentó apurarse para no sentir que era una carga para el muchacho. Atravesaron casi todo el cementerio sin prestarle atención a la gran cantidad de tumbas que aguardaban al costado del camino, pues a ellos, solo les interesaba una en particular. Muchas eran de gente conocida -más de ella que de él-, pero las tres últimas, eran especiales para ambos.

Ella las miró al pasar, pero se dirigió a una que estaba más allá. Era esa la que iban a ver hoy. Él prefirió mantenerse dos pasos atrás, justo frente a las dos tumbas que llevaban su mismo apellido. Era extraño que la otra tumba -esa que estaba más atrás; en la cual ahora la anciana lloraba en silencio-, le resultara más familiar que estas dos. Los recuerdos eran demasiado lejanos y parecían pertenecer a otra vida. Las imágenes reales, se confundían con las que su mente había construido mediante historias que otras personas le fueron contado a lo largo de los años.

Consideró que había dejado pasar el tiempo suficiente como para permitirle llorar en paz y se acercó, intentando no invadir su espacio personal. Percibió su llanto, pero no llegó a verlo. Ella le dedicó una sonrisa, dándole a entender que no estaba tan mal; o quizás, que pronto iba a estar mejor. Él, ya no pudo devolverle el gesto porque su mirada se mantuvo fija sobre la lápida, leyendo una y otra vez, la fecha de nacimiento y fallecimiento de la persona que yacía en ese lugar. Un año había pasado desde aquel día… Desde aquella noche en la que lo había visto morir mientras sus manos se ensuciaban de sangre al intentar detener la hemorragia. Sangre que jamás lograría limpiarse por completo. Tan solo un año y tantas cosas entre medio. Fue necesaria esa muerte, para que él cambiara su vida.

A su lado, la anciana lo observó detenidamente pensando en que ese niño ya era un hombre. En perspectiva, también vio las otras dos tumbas -las mismas que él se había quedado mirando con anterioridad- y sintió pena por todas las pérdidas que el joven había tenido que soportar en su corta vida. El muchacho lloró en silencio frente a la tumba y una vez más, no le extrañó que esa muerte le doliera más que las otras dos. Cuando ellos murieron, era demasiado chico para comprender que nunca volvería a verlos, pero ahora que es un adulto, comprende que la eternidad, es demasiado tiempo para vivir sin su tío. Porque fue él quien siempre estuvo a su lado y lo acompañó en cada día de su vida desde la muerte de sus padres. Fue él quien, incluso con su muerte, lo ayudo a convertirse en la persona que es hoy.

Su tío siempre supo que decirle y muchos de esos consejos, quedaron grabados en él para siempre. Pero hubo uno; uno en particular que jamás olvidará; uno que seguirá escuchando durante toda su vida como si su tío, aún estuviera a su lado para repetírselo cada vez que lo necesite; una frase que se convirtió en su lema, en su motivación, en su estilo de vida. La frase que cada día lo ayuda a levantarse de la cama y a salir a la calle para hacer lo que él hace; y aunque quisiera olvidarla -y no es que quiera hacerlo-, jamás podrá. Porque sabe -con toda certeza- que siempre recordará el momento en que su tío, le enseñó que un gran poder, conlleva una gran responsabilidad.

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Comentario

Readers Comments (1)

  1. Laurabuela 31/10/2013 @ 21:39

    Lindo, triste pero lindo

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