La vieja

La mayor parte de mi día, transcurre detrás de un mostrador en el barrio de Caballito. En esta calle, el barrio es uno más del montón. Hay gente que va y viene de sus trabajos y que toma el subte en la estación que queda a dos cuadras del negocio, o el colectivo justo en la esquina. Pero no es un centro comercial como el que uno podría imaginarse cuando se habla de Caballito. Aquí conviven dos generaciones completamente diferentes: hay viejos, muy viejos, que aún recuerdan haber asistido a la inauguración de la estación del subte de la línea E, José M. Moreno y también jóvenes que se están mudando a esta parte de la capital, luego del boom inmobiliario que llenó las manzanas con enormes edificios.

En la actualidad, en una sola cuadra de esta calle, deben vivir tres o cuatro veces más personas que las que vivían años atrás. Tanto viejos como jóvenes vienen a comprar aquí y casi todos tienen —o creen tener— algo para contar. Yo no siempre estoy receptivo a mantener conversaciones con los clientes. Por lo general, mi cabeza está dándole vueltas a alguna historia que pretende surgir desde mi imaginación y me resulta difícil mantenerme concentrado en lo mío, si tengo que andar escuchando las aburridas palabras de estas personas.

Muchos entran hablando de política. No les importa mi opinión y a mí no me interesa compartirla con ellos. Hablan, critican, se quejan y a todos les respondo lo mismo: “ajá…”. Otros me cuentan las cosas de su casa, lo maravillosos que son sus hijos sin saber que los míos, son tan maravillosos como los de ellos aunque yo no tenga intenciones de comentárselo. Mi respuesta, la misma: “ajá…”.

Cuando vi a esta señora que apenas podía caminar, en silencio, pedí que no me diera demasiada conversación. Como es costumbre, no tenía ganas de hablar con nadie. Por suerte para mí, es una mujer de pocas palabras. Vive en la vereda de enfrente y aunque le cuesta caminar, se niega a que nosotros le llevemos la compra hasta su casa. Ese día se limitó a realizarme una pregunta y sin comprar nada, se dio media vuelta para salir por la misma puerta que había entrado, la cual yo, estaba sosteniendo cortésmente para que su salida no se demorara ni un segundo. Llevaba un pañuelo en la cabeza con el que intentaba disimular alguna avanzada caída de cabello, unos gruesos cristales en los anteojos y unas hojas impresas en la mano derecha.

Antes de salir se detuvo y yo maldije para mis adentros. “¿Y ahora qué?”, pensé. Sin mirarme, con sus ojos puestos sobre el kiosco de la esquina me pregunto si yo tenía idea de algún lugar en donde pudiera sacar algunas fotocopias. Yo no lo sabía, pero la maquina del kiosco estaba fuera de servicio.

—Tengo que sacarle fotocopias a esto— dijo, enseñándome el manojo de hojas impresas que llevaba en la mano derecha. —Soy escritora. Esta es una novela que acabo de terminar.

Me quedé sin palabras. Lo que dijo fue lo último que yo podría haber imaginado que diría.

—¿Ah, sí?— dije sintiéndome un idiota. —¡Muy bien!— agregué, sintiéndome un idiota condescendiente.

—Yo leo mucho…— balbuceé intentando decir algo que hasta el día de hoy no logro entender.

—Hágame una copia y yo se la pago— le rogué siendo por primera vez honesto con ella. Realmente quería leer lo que esa señora había escrito. No me importaba que fuera malo o aburrido, yo quería leerlo. Quería pedirle que no se fuera, que se quedara toda la mañana haciéndome compañía y que me contara sobre lo que escribía, que leía y otras cuestiones igual de importantes. Fue la primera vez que deseé mantener una conversación con un cliente. Si hubiera contado con los medios, los conocimientos y el dinero necesario, me hubiera ofrecido a publicarle su libro sin siquiera leerlo.

Nada de eso ocurrió. Como dije antes, la señora era de pocas palabras. Respondió con un “psé” por compromiso y se marcho lentamente. Volvió al local con frecuencia, pero jamás me trajo la copia de su novela y yo nunca me atreví a reclamársela. No me hubiera extrañado, que se hubiera olvidado de nuestra conversación.

La última vez que pasó por el local, se sentó inmediatamente después de entrar. La noté cansada. Me hizo alguna pregunta que no recuerdo y a continuación me contó que andaba muy mal de la vista; que se le nublaba y que eso la tenía muy mal.

—¡No me diga!— exclamé. —Usted me había contado que escribía.

Me observó con detenimiento, como intentando recordar cuándo y por qué me lo había contado. Luego me confesó que el problema de la vista no le permitía sentarse a escribir y eso le preocupaba. Llevaba semanas sin poder plasmar sus ideas en un papel y no sabía cuánto tiempo más estaría sin hacerlo. De hecho, me confesó que a su edad, temía ya no volver a escribir nunca más.

Se fue dejándome con una preocupación que —hasta ese momento— yo no tenía. Soy miope del ojo izquierdo. Además, en ambos ojos, tengo astigmatismo. Según me informaron, el problema se encuentra estabilizado, por lo que no continúo perdiendo visión. Pero, ¿Y cuándo realmente comience a envejecer? ¿Cuándo por cuestiones naturales mi visión empiece a disminuir? ¿Habré llegado en ese momento a escribir todo lo que tengo adentro? ¿Seré capaz de sentarme pacientemente a que me lean libros de nuevos escritores y ya no escribir nunca más?

Es en vano buscar una respuesta a esas preguntas para cerrar este articulo, porque en realidad no existen. La vieja que quiere escribir y no puede, me hizo tomar consciencia de que yo, aún pudiendo escribir, muchas veces elijo no hacerlo para hacer algo más entretenido, o menos desgastante. Pero ese texto que no escribo luego me atormenta por las noches. Interrumpe mi descanso y se acumula en la cola de espera, detrás de otras ideas que también fueron postergadas. Realmente no quisiera llegar a la edad de esta clienta y no poder conciliar el sueño, o tener miedo de llegar al final de mi vida y que ese texto que tanto busco, aún no haya sido escrito. .<\p>

 

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Comentario

Readers Comments (4)

  1. Laurabuela 05/04/2014 @ 09:23

    Hermoso texto!!!
    No sirve de nada preocuparse x el puente antes de llegar, mira tu camino y seguí adelante

  2. muy bueno, tal vez laura hace rato deberia haber escrito sobre el pozo para q no la siga atormentando ja lol

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