Lo que le pasó a Victor

Esta es la historia de Víctor. Un muchacho común que durante la escuela primaria nunca logró destacarse. No tenía ni una virtud, ni un defecto. Nada.

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Su padre le pegaba cuando se portaba mal pero nunca lo suficientemente fuerte como para ser considerado un golpeador. Además, durante aquellos años, era normal que los padres le pegaran a sus hijos cuando hacían algo que no estaba bien. Así fue como nosotros crecimos.

El peor daño que su padre le hizo fue haberse muerto cuando él todavía era un niño, ya que lo privó de una imagen masculina que pudiera servirle para formar su personalidad. Para colmo, su madre, joven y bonita, jamás volvió a casarse y se preocupó por mantenerlo alejado de cualquier hombre con el que entablara relación. Como consecuencia, Víctor se vio obligado a construir una imagen varonil con lo que más a mano tenía y lo que Víctor tenía más a mano era la televisión.

Pasó tantas horas sentado frente al televisor que se involucró afectivamente con los personajes que allí veía, a punto tal de adoptar como suyos algunos de sus gestos característicos. Si caminaba por el patio del colegio durante alguno de los recreos, lo hacía con ambas manos por debajo del guardapolvos, adentro de los bolsillos del pantalón, imitando la forma de moverse de Don Johnson en División Miami; y si comía un chupetín, lo hacía de costado como si fuera el habano que George Peppard siempre tenía encendido cuando interpretaba a Aníbal Smith en Brigada A.

Don y George

Con el correr de los años la televisión ocupó un lugar cada vez más importante en la vida de mi compañero quien no hacía otra cosa más que permanecer sentado frente a ella. Sin darse cuenta, Víctor comenzó a hablar con palabras y frases que salían de la boca de sus personajes favoritos. Más allá de las clásicas muletillas que todos repetíamos como “¿De qué estás hablando, Willys?” o “¡No hay problema!“, Víctor utilizaba frases de la televisión para comunicarse con el resto del mundo.

Si estaba en medio de un partido de fútbol y quería pedir la pelota porque se encontraba solo frente al arco, en lugar de gritar “¡Solo!” como hubiera hecho cualquier persona normal, Víctor gritaba “¡Confía en mí, se exactamente lo que hago!“, imitando a Martillo Hammer. Y cuando se sacaba un diez en una prueba de la escuela, celebraba diciendo “Adoro cuando un plan se concreta“, nuevamente como Aníbal Smith.

Está claro que nadie le pasaba la pelota y que poco a poco, todos fueron dejando de hablar con él. Cuando Víctor se convirtió en blanco de todas las burlas, descubrió que su cuerpo se había desarrollado a un ritmo mayor que el de sus compañeros y decidió justificar y respaldar su forma de comunicarse con el mundo ejerciendo el monopolio de la violencia. Fue por eso que terminar la escuela primaria y comenzar la secundaria le resultó tan traumático.

Víctor pasó de ser uno de los chicos más grandes y fuertes de la escuela a uno más, entre los pequeños y nuevos alumnos del colegio marginal en el que él y yo conseguimos vacante, y ante su incapacidad para comunicarse con las personas utilizando un lenguaje propio y personal, prefirió llamarse a silencio y no hablar en público a menos que un profesor se lo pidiera. Sin el respaldo de sus puños, Víctor no era capaz de utilizar las frases con las que se comunicaba de manera habitual y sin esas frases, le resultaba imposible entablar cualquier tipo de comunicación.

A pesar de su silencio, logró ganarse el aprecio de sus compañeros, quienes valoraban positivamente su bajo perfil y aunque Víctor jamás aceptó, ellos nunca dejaron de invitarlo a ninguna de las reuniones que se organizaban.

Víctor carecía de vida social. Mientras nosotros despilfarrábamos hormonas y nos reuníamos en casa de las chicas para intentar adquirir cada día más experiencia con las mujeres, él permanecía frente al televisor disfrutando de las nuevas series que, de la mano de la TV por cable, habían llegado a la pantalla. Mentía en su casa cuando decía que estaba de novio con una compañera de la escuela y mentía en el colegio cuando decía que su primer beso había sido con una chica del barrio. Lo que nadie nunca imaginó fue que Víctor ocultaba un secreto: estaba enamorado.

Desde los primeros años de la secundaria que Víctor estaba enloquecido por una de las chicas más lindas y populares del curso y su impotencia por no poder hablarle era tan grande, que cada vez que ella pasaba a su lado, Víctor sentía ganas de vomitar. Durante el último año de escuela, decidió que no podía seguir sin enfrentar su problema y le pidió ayuda a su madre quien, feliz, lo acompañó a la psicóloga.

Los cambios en Víctor fueron radicales y aunque nadie los notó, quizás porque estábamos acostumbrados a ignorarlo, comenzó a mirar directamente a los ojos de esa chica de la que estaba enamorado y cuando lograba establecer contacto visual, con mucho esfuerzo, mantenía sus ojos fijos en los de ella. Así fue como Víctor pasó los últimos meses de clase: mirando fijo a los ojos de su amada esperando algo que ni siquiera él sabía qué era. Pero ese algo finalmente sucedió.

Un día cualquiera, ella, quizás por curiosidad ante la insistencia de sus miradas, o tal vez porque también sentía algo por Víctor, le dedicó una de sus dulces sonrisas provocando que en ese mismo momento, él sintiera que moriría de un ataque al corazón. Las manos comenzaron a transpirarle, las piernas le temblaron y aunque estaba sentado, tuvo que sujetarse para mantener el equilibrio. Realizó el mayor esfuerzo de su vida para lograr mantener sus ojos abiertos y apuntando a los de ella. Víctor comprendió que ése era el día y que no podía ni debía desaprovechar esa oportunidad.

Como siempre, al salir de la escuela, la mayoría de los chicos del curso nos reuníamos en el quiosco de enfrente para tomar gaseosa y comer snacks. En cinco años Víctor jamás nos había acompañado, pero ese mediodía lo vimos caminar hacia el lugar en el que todos estábamos sentados. Muchos nos sentimos felices de verlo avanzar hacia nosotros pero resultó evidente que ella, quien casualmente estaba sentada a mi lado, se había puesto nerviosa.

Víctor cruzó la calle con una seguridad pocas veces vista en un chico de nuestra edad. No miraba a los costados, parecía no importarle si algún auto se acercaba. Su vista estaba clavada en un punto fijo a escasos centímetros de donde yo estaba. Su mirada apuntaba directamente hacia ella. Con una coordinación envidiable, sus brazos se balanceaban a medida que sus piernas lo acercaban a nuestro lugar. Percibí que a mi lado, la chica hacia la que Víctor caminaba, se movía, incomoda, intentando quitarse un mechón de pelo de la cara. Comprendí que estaba ansiosa, ilusionada y que aguardaba el momento en que ese muchacho se parará frente a ella. Incluso la escuché suspirar cuando, dando un pequeño y calculado salto, Víctor subió a la vereda.

En ese movimiento, Víctor notó que el cordón de una de sus zapatillas estaba suelto y, sin perder de vista los ojos de la chica cuyo corazón él aún no sabía que le pertenecía, se detuvo para ajustarlo. Con la misma elegancia con la que había llegado hasta ahí, adelantó el pie cuyo calzado se le había desatado y casi sin flexionar las rodillas, se inclinó hacia adelante para realizar ese automático movimiento de atar los cordones, que tanto cuesta aprender cuando somos pequeños.

Fue entonces cuando mi compañero sufrió la peor tragedia de su vida.

Víctor sintió que algo se movía a sus espaldas. Se había preocupado tanto por controlar los movimientos de su cuerpo durante la caminata y por mantener controlada con su mirada a la chica de la que estaba enamorado, que había perdido consciencia de que llevaba su mochila colgada.

Su movimiento inclinándose hacia adelante, junto con el peso de las carpetas y libros que cargaba, hicieron que la mochila se deslizara por su espalda hasta superar el nivel de su cabeza inclinada hacia abajo y lo desestabilizaron, justo en esa posición en la que resultaba imposible mantener el equilibrio.

Lentamente, cono si estuviéramos viendo la repetición de un gol en cámara súper lenta, observamos la cabeza de Víctor impactando contra la vereda. No fue un golpe demasiado duro, pero si doloroso y en el mismo momento en que por culpa de su mochila, Víctor se desparramó en el suelo, pude ver a mi compañera tomarse la cabeza y escuchar la primera de todas las carcajadas que sonaron a continuación. Lo vi a Víctor volver a trastabillar al levantarse como si nada hubiera pasado y buscar, con desesperación, el rostro de la chica en cuestión. Antes de hacerlo, se cruzó con los gestos de nuestros amigos desfigurados de tanto reír. Algunos, incluso, se habían acostado boca arriba, sujetándose la panza con ambas manos, como si quisieran evitar que el abdomen les explotara.

Cuando Víctor logró hacer contacto visual con ella, sintió alivio de no verla reír, pero también percibió un gesto de lástima y desilusión por el papelón que él acababa de protagonizar. Entonces Víctor se puso de pie y luego de acomodarse la mochila sobre los hombros, dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás.

Nunca más se reunió con nosotros y hasta donde pude saber, jamás se atrevió a volver a mirar a los ojos de una mujer.

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