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Lo peor no es perder la final de un mundial, sino tener que continuar con tu vida como si nada hubiera pasado. Este lunes, segundos después de haber despertado, me ilusioné con que solo hubiera sido un mal sueño. Que el pifie de Higuaín, la pésima definición de Palacio o esa última bola que Romero no pudo atajar, formaba parte de una pesadilla provocada por la inminencia de la final, pero todo era real.

Siempre que termina un mundial me invade una especie de depresión o sensación de vacío. Me encuentro con decenas de cosas que dejé postergadas y me amargo por no tener nada para matizar la situación. Mientras le doy los toques finales a este, mi último texto mundialista, podría estar viendo algun partido del mundial, si no fuera porque ya terminó. El lunes por la noche, al regresar a casa y encender el televisor, me encontré con que ya no estaban Bonadeo y Pagani analizando los partidos del día. En su lugar, había un triste programa de automovilismo.

Me obligo a escribir un texto para darle un cierre a las crónicas mundialistas de este blog, pero no me sale. Insisto una y otra vez, pero la herida está demasiado fresca y no tengo la capacidad de tomar distancia para analizar friamente los logros de la selección argentina. No puedo expresar en palabras que Sabella empezó mal y terminó como ídolo, demostrando que para ser un lider no hace falta gritar o mantener distancia con los jugadores. Tampoco puedo hablar de este grupo de futbolistas que se formó y afianzó en la busqueda de un objetivo en común, al igual que lo hicieron los chicos de la generación dorada de basquet y de que si los dirigentes pudieran potenciar esto, quizás alcanzaríamos logros similares a los que ellos obtuvieron. Tampoco puedo describir la desilusión que me provoca que Humbertito Grondona siga estando a cargo de las selecciones juveniles.

El mundial llegó a su fin y con él también se terminan estas pequeñas crónicas personales en las que intenté transmitir lo que este evento significa para mi y la manera en que elijo vivirlo. Este mundial ha sido maravilloso. No solo por la cantidad de goles, los emocionantes partidos y la hermosa y humillante eliminación de Brasil, sino porque el calendario, el fixture y el régimen de visitas jugaron a mi favor y me permitieron ver el primer y el último partido de Argentina junto a Ivan, mi hijo mayor.

Sabíamos que veríamos la final juntos, lo que no podíamos adivinar era que Argentina estaría en ella. Nos ilusionamos, sufrimos, gritamos el gol de Higuaín en posición adelantada como si ya fueramos campeones y al final, nos amargamos. Ni bien la pelota tocó la red, Iván comenzó a llorar y Luca, el de tres, vino a consolarlo. Yo tuve que contener mis lágrimas para no potenciar las suyas e intente decirle alguna de esas frases idiotas que los adultos decimos para aliviar el dolor, aunque sepamos que no surten efecto.

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Si Iván hubiera visto el mundial en otro lado, también hubiera llorado, pero lo hubiera hecho rodeado de mujeres que no comprenderían su llanto y lo incitarían a dejar de llorar, creyendo que así le están haciendo un favor. Yo, en cambio, entiendo perfectamente su dolor y se que sus lágrimas son las mismas que yo derramé en Italia 90, cuando tenía diez años.

Allí, mi enemigo fue Brehme y mi verdugo se llamó Codesal. En Brasil, los suyos fueron Götze y Rizzoli. El denominador común: Alemania. Igual que hace cuatro años, cuando nos eliminaron de Sudáfrica con cuatro goles. Ese partido también lo vi con Iván, pero ese día no lloró. Este domingo si lo hizo, porque después de haber esperado casi la mitad de su vida para vivir un nuevo mundial, entiende perfectamente lo lejos que queda Rusia 2018.

Cuando ese mundial comience, Iván tendrá catorce años, Luca tendrá 7 y habrá comenzado la primaria y el bebe que está en la panza de mi esposa, tendrá tres y paseará delante del televisor mientras nosotros, abrazados, vibraremos ante la posibilidad de vengarnos de esos alemanes que ya traumaron a dos generaciones de mi familia.image

Será cuestión entonces de distraernos con pasatiempos como el futbol local, la Copa América y los juegos olímpicos, mientras transcurren los 1422 días que nos separan de nuestra dulce venganza.