Aunque sea políticamente incorrecto y pueda ser tildado —una vez más— de antisocial, me siento obligado a decir lo que nadie se anima: la primavera es la peor estación de todas.

Tengo pleno conocimiento de la existencia de un complot a nivel nacional, que vaya a saber defendiendo que intereses, pretende hacernos creer que su llegada debe ser celebrada. Dicho complot comienza inmediatamente después de finalizado el verano, en el preciso momento en que el canal de noticias Crónica, publica por primera vez sobre una de sus placas rojas la cuenta regresiva que informará con exactitud, la cantidad de días que falten para el inicio de esta sobrevalorada estación. Continúa con las bandas y los cantantes que se encargan de componer pegajosas canciones que serán transmitidas en radios y programas de TV durante los tres meses siguientes. (Puedo citar como ejemplos de diferentes épocas a Palito Ortega, The Sacados y la recientemente y fugaz ídola de los chicos Clarilú). También son parte del complot los medios de comunicación que llegan a los centros de reunión durante las primeras horas de la mañana para transmitir en vivo la llegada de los jóvenes, los espontáneos romances y otras aburridísimas notas de color junto con los disturbios de última hora y la basura abandonada en el lugar.

En vano intenté resistirme durante mi adolescencia a formar parte de este complot, ya que la desesperada necesidad de socializar con mis pares, me condicionaba a participar de las celebraciones. Para hacerlo debía tomarme un colectivo repleto en Lanús, viajar durante una hora cual sardina hasta llegar al destino seleccionado por la mayoría de mis compañeros y una vez allí, acampar y disponerme junto a los demás a jugar a la pelota, tomar mate, jugar a las cartas, algo de alcohol, cigarrillos legales e ilegales y algunos —los más afortunados— besar a las chicas más bonitas. Otros como yo, debíamos conformarnos con mirar, besar alguna de las feas o simplemente seguir jugando a la pelota para evitar besos indeseados. Finalmente , cuando la tarde amenazaba con llegar a su fin, producto del cansancio, el sol, el alcohol y quizás, alguna que otra sustancia prohibida, indefectiblemente comenzaba alguna pequeña discusión que se expandía rápidamente por todo el lugar convirtiéndose en una feroz batalla campal que obligaba a los que a diario practicábamos el bien, a escapar para mantenernos a salvo poniendo fin a ese espantoso día.

De los cinco años de escuela secundaria, solamente en uno logré convencer mediante un lobby que comenzó a fines de julio, algunos compañeros casi tan antisociales como yo, de ver una película en el cine y comer alguna pizza en lugar de asistir a los festejos tradicionales. Allí fuimos Mariano, Pitillo, el gordo Viera, Julito y yo, dispuestos a pasar una jornada tranquila y diferente sin imaginar que la lluvia torrencial que caería sobre la ciudad durante todo el día, obligaría a suspender las salidas programadas al aire libre, quedando como primer alternativa, la misma que con anterioridad habíamos elegido nosotros. Vimos Mentiras Verdaderas con Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis, en un cine repleto de jóvenes descontrolados que gritaban y aplaudían ante cualquier escena de acción y aullaban con el torpe y sensual baile en el caño de la protagonista. Al salir de la sala, una banda de chinos pretendió darnos una paliza como consecuencia de las bromas que Piti les había dedicado durante la función, amparado en el supuesto anonimato que le daba la oscuridad y como cualquier otro 21 de septiembre terminamos huyendo cobardemente.

A lo largo de mi vida nunca fumé, no tomé alcohol, ni toque la guitarra. Por lo que no tenía ninguna razón para volver a los festejos primaverales una vez que ya me había retirado definitivamente de ellos. A menos que me pusiera de novio y que para disfrutar de los múltiples beneficios (?) de ese flamante y apasionado amor, no me quedara otra opción que confirmar mi asistencia al pic nic anual, con la salvedad de que en esta oportunidad, me tocaría pasar el día con sus compañeros y no con los míos. El lugar elegido fue el mismo. Las costumbres y los juegos también. La única diferencia considerable con años anteriores, fue que en esa ocasión yo también apreté durante todo el día pero no pude evitar, al final de la jornada, escapar a toda velocidad de la batalla final.

Actualmente no tengo ningún compromiso que me obligue a celebrar la llegada de esta espantosa estación. Estoy casado, tengo dos hijos y hace bastante tiempo que acepte mi condición de rechazado social. Sin embargo, sigo odiándola a muerte.

Soy asmático. Alérgico asmático. Hace años un doctor me explicó que mi asma disparaba la alergia o que la alergia disparaba el asma, no lo recuerdo bien pero en la forma que sea, la constante circulación de polen en el aire me provoca una especie de rinitis permanente durante la cual, un liquido viscoso chorrea de mi nariz a cada instante, convirtiéndome en un repulsivo ser durante tres meses seguidos y por las noches, en mitad de algún hermoso sueño, debo despertarme agonizando para alcanzar el paf que me acompaña desde la infancia y con su ayuda, lograr que algo de oxigeno ingrese a mis pulmones, evitando así la muerte por primaveritis.

Finalmente detesto la primavera porque con su llegada, luego de seis meses de largos tapados, poleras de cuello alto hasta el mentón, capas y capas de prendas cubriendo hasta el último centímetro de piel femenina, nos encontramos con exagerados escotes, diminutas musculosas, cinturas tatuadas con indescifrables pero sexys tribales y faldas que parecen acortarse con cada año y que provocan inesperadas reacciones en el género masculino. Los hombres demoramos aproximadamente tres meses en inmunizarnos de la excesiva exposición de piel femenina. Llegamos justo a tiempo para, durante el verano, en la playa, permanecer cual monje zen frente a la desnudez femenina que nos rodea pero que no puede quebrar nuestra voluntad entrenada en los meses primaverales. A menos que sea algo demasiado bueno como para ser ignorado.

Mientras tanto, mientras la estación de las flores reina en el país, los hombres sufrimos. Debemos reprimir nuestros instintos, justificar repentinos movimientos de cuello hacia el costado mientras conducimos, alegando haber escuchado un extraño sonido en el motor cuando en realidad fue algún hombro u ombligo el que a la pasada nos impulsó a mirar inconscientemente, sin tener en cuenta las posibles consecuencias. No es raro que el hombre no quiera salir de su casa durante la primavera. Que no quiera hacer las compras o llevar a los niños al parque porque la tentación lo puede encontrar en cualquier lugar.

Es por eso que odio esta estación y estoy esperando que termine de una vez por todas. Porque estoy cansado de estornudar, de sonarme la nariz, de despertarme asfixiado durante la noche y fundamentalmente, de recibir los violentos codazos de mí esposa cada vez que salimos a la calle.